Con la música a otra parte
38. A mí se me ha ocurrido esto
Darío
La relación con Aitana iba a volverme loco. Después de que aquella mañana habláramos y me dejara claro que lo que había pasado esa noche entre los dos no cambiaba para nada nuestra relación, nos habíamos vuelto a acostar muchas más veces. Daba la sensación de que no podíamos mantener las manos apartadas el uno del otro. Sin embargo, por mucho que yo le dijera que quería empezar una relación con ella, Aitana esquivaba el tema y yo comenzaba a mosquearme, ya que no sabía si era porque no me creía o porque no quería tener nada más serio conmigo, y ninguna de las dos cosas me entusiasmaban lo más mínimo.
Así que pensé que de perdidos al río y organicé una reunión de urgencia con mis hermanos, a ver si entre todos podíamos llegar a una solución.
Estaba tan nervioso que fui el primero en llegar; menos mal que a los pocos minutos apareció Victoria.
—Algo grave has hecho para convocarnos a todos aquí —me reprochó poniéndose frente a mí con los brazos en jarras.
—En realidad, solo necesito vuestra ayuda —murmuré, y mi voz sonó tan abatida que mi hermana se sentó rápidamente a mi lado.
El resto de mis hermanos llegaron bastante puntuales, lo cual me hizo entender que mi llamada les había preocupado. Lo entendía, porque no era precisamente de los que recurrían a ellos para resolver nada. De hecho, era la primera vez que lo hacía. Al ser el mayor, estaba acostumbrado a ayudar al resto, pero no a que ellos lo hicieran por mí.
Esperé a que todos tuvieran su bebida delante. Cuando el camarero se retiró, me dispuse a explicarles el motivo por el que los había reunido.
—Vale, allá voy. Os he hecho venir porque me he enamorado de Aitana y ella parece no estar por la labor de corresponderme.
La carcajada general que soltaron todos mis hermanos, TODOS, me dejó completamente descolocado.
—Hermanito, eres imbécil. Aitana lleva toda la vida loca por ti. Está claro que algo debes estar haciendo mal. ¿Necesitas algún consejillo? —
bromeó José, y a mí no me hizo ni pizca de gracia.
—Por una vez en la vida, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con José. ¿Hay algo que no estás haciendo bien? —comentó Jimena.
—Yo creo que el problema principal es que ella no te cree —concluyó Victoria, y yo la miré con interés, pues era su mejor amiga.
—Estoy de acuerdo con Victoria —corroboró Rocío.
—Debes hacer algo para que a Aitana le quede claro que hablas en serio.
Tienes que entender que no le has hecho caso nunca y que, justo cuando decide pasar de ti, tú muestras interés por ella.
—Y vosotros tenéis que entender que no es algo que yo haya elegido.
Imagino que hace mucho que la quiero, solo que no he sido consciente de ello. Y es que en lo único que pienso desde que vivimos juntos es en pasar tiempo con ella, sin embargo, no me di cuenta de nada de eso hasta que noté que se alejaba.
—Qué típico de los tíos, no daros cuenta de lo que tenéis hasta que lo perdéis —dijo Jimena.
—Creo que eso es típico de la especie humana en general —rebatió José.
—Vale, no nos desviemos del tema y pensemos qué podría hacer Darío para que Aitana lo creyera —intentó poner orden Rocío.
—Yo le regalaría flores —propuso José.
—Tú eres imbécil si crees que con un ramo de flores va a creerlo —
alegó Jimena.
—¿Se te ocurre algo mejor, listilla?
—¿Y un viaje los dos solos?, quizá si pasáis tiempo alejados del mundo…
—¿Un viaje es tu mejor idea? Menuda mierda —atacó José.
—Pues es bastante más buena que un puñetero ramo de flores.
Sabía que José y Jimena iban a enzarzarse en una discusión, así que decidí hablar.
—A mí se me ha ocurrido algo —intervine.
—Vamos a ver de qué se trata —dijo Victoria poco convencida y poniendo los ojos en blanco.
—De esto —respondí mientras sacaba y abría una cajita de terciopelo negro donde había una sencilla alianza.
—¡La hostia puta! —Y todos nos giramos, porque esa expresión había salido de la boca de la estirada y correcta Jimena.
—Me parece a mí, hermanito, que con eso no le cabrá la menor duda —
sentenció Victoria con los ojos ligeramente húmedos.
—Eso espero, porque esta es mi última baza —murmuré mirando lo mucho que me temblaba la mano que sostenía la cajita.
—Sí, joder, pero qué baza. Vas a por todas —bromeó José palmeando mi espalda.
—Sí, esa es mi intención. —Y por primera vez en muchos días sonreí.
OceanofPDF.com