Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 4 de 52

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Con la música a otra parte

2. «Quiero hablar contigo», las palabras malditas

Victoria

Acababa de salir de la pastelería donde había ultimado los detalles de la tarta de cumpleaños de Luis. Ya me quedaban muy poquitos cabos sueltos.

Sonreí para mis adentros, menuda sorpresa iba a darle.

Luis y yo llevábamos juntos casi diez años. Nos conocimos en el primer trabajo que yo tuve y alquilamos un piso cuando apenas hacía un año que salíamos. No tenía claro si me podían más las ganas de vivir con él o las de irme de mi casa y dejar a mi numerosa familia en aquel bullicioso hogar.

Él era siete años mayor que yo y estaba a punto de despedirse de la treintena para meterse de lleno en el cuatro. Solía burlarme de él por eso.

Llegué a casa corriendo porque, con todos los recados que debía hacer, se me había hecho tarde.

—Lo siento, Luis, pero llego tardísimo. Si me has esperado para cenar…

—comenté mientras me quitaba la chaqueta y la colgaba en la percha de la entrada, pero me callé de golpe en cuanto lo vi sentado en el sofá con cara de haberse comido un limón.

—¿Qué ha pasado? —pregunté con preocupación.

—Victoria, siéntate aquí, quiero hablar contigo —susurró mirándose las manos.

Esas palabras nunca presagian nada bueno y yo lo sabía, por eso estuve a punto de dar media vuelta y salir corriendo de allí. Aun así, y haciendo gala de un aplomo que no sentía, me acerqué a él y me senté en el sofá.

—No me gustaría marearte ni andarme con rodeos. Quiero que lo dejemos por un tiempo. —Estaba claro que no me apetecía que diera mil

vueltas para decirme eso, pero, joder, fue tan al grano que me faltó poco para sufrir un ataque de ansiedad—. De verdad que lo lamento, pero desde hace unos meses siento que me ahogo y necesito respirar. No sé si es por ti, por mí, o se trata de la famosa crisis de los cuarenta; lo único que tengo claro es que no puedo continuar así. No quiero ponerte las cosas difíciles, es lo último que deseo. Ya sabes que te quiero mucho, pero me da la sensación de que me falta algo.

Pensé que lo que le faltaba era una buena hostia con la mano abierta, pero no pude moverme y mucho menos responderle. Lo único que fui capaz de hacer fue llorar. No un llanto estridente ni desconsolado —eso vendría después—, solo unas pocas lágrimas recorriendo mis mejillas.

—De verdad que lo lamento —se excusó mientras se levantaba y se dirigía a buscar la maleta en la que yo no había reparado hasta ese momento.

Se marchó sin decir nada más y cuando cerró la puerta me dio la sensación de que con él se iban todos mis planes de futuro. ¿Cómo podía haber cambiado tanto mi vida de un instante a otro?

Esa noche lloré muchísimo, no pude moverme ni siquiera para irme a la cama. Me hice un ovillo en el sofá y allí me desahogué durante horas.

A la mañana siguiente me metí en la ducha, más que nada por ver si me despejaba un poco y se me quitaba el incipiente dolor de cabeza con el que me había levantado. No resultó.

Me preparé un café mientras decidía a qué hermano llamar para explicarle lo que me había pasado.

Darío se mostraría resolutivo con todos los problemas prácticos, pero no estaba segura de si era eso lo que necesitaba. Rocío no sabría sobrellevar la situación, todo lo que tenía que ver con sentimientos la sobrepasaba. José me invitaría a beber y a salir para olvidar las penas y Jimena me prohibiría

continuar llorando, alegando que se me hincharían los ojos o alguna mierda parecida.

Sacudí la cabeza y llamé a Darío. Al fin y al cabo, era una tontería suponer que solo acudiría uno de ellos.

No me equivoqué. Una hora después los cuatro estaban en mi casa.

—Hay que hablar con el casero y decirle que vas a marcharte, no puedes asumir tú sola el coste del alquiler de este piso. —Por supuesto, ese era Darío.

Lloré con más intensidad al darme cuenta de que tenía razón y de que debería abandonar mi independencia y regresar a casa de mis padres.

¡Mierda! Aún no había asimilado que Luis me había dejado y, por si eso fuera poco, mi vida no paraba de cambiar.

—No te preocupes, hermanita, lo vamos a pasar genial. Rocío no me sigue el rollo, pero contigo seguro que nos divertiremos un montón por las noches. —Un sollozo ahogado salió de mi garganta ante las palabras de José. Estaba yo para pasarlo bien. Lo único que me apetecía era meterme en la cama y no salir de allí en los próximos años.

—Lo que tienes que hacer es arreglarte y que nadie se dé cuenta de que ese imbécil te está haciendo llorar de esta manera. —Jimena y su sensibilidad extrema.

—Dejadla en paz, la estáis agobiando. ¿No veis que vais demasiado deprisa?

Todos miramos a Rocío con sorpresa, era extraño que ella hiciera algún comentario al respecto. Normalmente no participaba en aquel tipo de conversaciones. Podías mantener una charla muy interesante con ella, pero cuando había más de tres personas, aunque fuéramos nosotros, se mostraba cauta a la hora de dar su opinión.

Lástima que nadie le hiciera caso, porque continuaron un rato más diciéndome lo que debía hacer y lo que no, volviéndome loca, hasta que

todos regresaron a sus casas y yo pude respirar un poco de paz.

Lo que sí les agradecí fue que me llevaran la comida de mi restaurante favorito; no me había percatado del hambre que tenía hasta que noté el inconfundible aroma del salmón con arroz que tanto me gustaba.

Cuando lo calenté y lo probé, caí en la cuenta de que no comía nada desde que Luis se había marchado de casa, el día anterior.

Lavé mi plato y me fui directa al sofá, necesitaba recobrar la calma que mis hermanos parecían haberme robado. Dicha tranquilidad solo la sentí hasta que fui consciente de que en unos días se acabaría de forma definitiva, pues en casa de mis padres pocas veces se respiraba calma. Solo de pensarlo las lágrimas volvieron a acudir a mis ojos.

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Unas semanas después

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