Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 23 de 52

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Con la música a otra parte

21. La llamada

Victoria

Era la tercera noche que pasaba en la cama de Leo. Al día siguiente nuestra semana acompañándolo en la gira tocaría a su fin y yo tendría que regresar a casa de mis padres mientras él recorría un montón de ciudades.

Intentamos apurar todo el tiempo que teníamos libre para estar juntos, aunque ninguno de los dos habló de la despedida que tendría lugar en unas cuantas horas.

No acababa de entender el motivo por el cual eso me entristecía. Al final, tuve mi aventura y había sido maravillosa. ¿Por qué no lograba quedarme con eso? Sabía que, en cuanto me despidiera de Leo, él buscaría a cualquier otra mujer que calentara su cama. Sin embargo, a mí iba a costarme sacarme de la cabeza los días vividos junto a él. Y no solo por el sexo, que fue el mejor de mi vida, sino por la intimidad y todos los buenos instantes que habíamos compartido.

Mientras me levantaba de su cama y me metía en el baño, decidí que nada podría hacer, que aquello no era más que sexo y que yo sabía dónde me metía desde un principio. Tampoco era que quisiera empezar una relación con Leo, eso sería casi imposible y ni él había insinuado nada ni yo estaba preparada.

Justo cuando acabé de lavarme los dientes oí el sonido de mi móvil. Salí intentando no hacer ruido, pero el timbrazo constante de mi teléfono ya había despertado a Leo.

—Buenos días —dijo desperezándose. Yo no pude evitar perderme en ese maravilloso cuerpo—. Victoria, te llaman —me recordó sonriendo.

Di un bote y aparté mis ojos de él para centrarlos en mi móvil. Cuando vi de quién se trataba, dudé en responder.

—¿No vas a cogerlo? —se extrañó Leo.

Ante la insistencia de la llamada, decidí descolgar.

—Hola, Luis.

Leo se levantó de la cama y se encerró en el lavabo. Se lo agradecí, porque la situación ya me resultaba bastante violenta como para tener que mantener esa conversación delante de él.

—Victoria, quería hablar contigo porque finalmente me han dado el puesto por el que tanto he luchado. —Luis llevaba mucho tiempo esperando aquella noticia y se notaba que estaba eufórico.

—Me alegro mucho por ti —respondí con sinceridad.

—Podríamos celebrarlo juntos. ¿Qué te parece si cenamos esta noche los dos solos?

—Luis, esta noche estoy fuera, aunque tampoco me parece buena idea que quedemos. —En realidad me parecía una idea horrible. Si ya estaba hecha un lío sin haberlo visto, no quería ni imaginar lo que pasaría si quedaba con él.

—Victoria, continuamos siendo amigos y solo tú sabes todo el esfuerzo que me ha costado conseguirlo —alegó en un intento de convencerme.

—Lo sé, pero es que tú has decidido dejarme y ahora mismo creo que lo mejor sería que no nos viéramos.

—Si es eso lo que quieres, de acuerdo, pero no lo entiendo. No comprendo qué hay de malo en que nos sentemos a cenar como dos personas adultas.

—Está claro que no hay nada malo, lo que digo es que necesito mirar por mí y hoy por hoy no quiero verte, no va a hacerme ningún bien. —Me sentí orgullosa de mí misma por mantenerme firme en eso. De lo que no

estaba tan segura era de si lo hubiera hecho de igual manera si, en lugar de estar lejos, me encontrara en casa de mis padres.

—Victoria, yo también te echo de menos cada día —susurró.

—La diferencia es que yo no tomé la decisión de dejarte. —No pude evitar decirlo con cierta inquina.

—Empiezo a dudar que fuera la elección correcta.

Justo en ese instante, Leo salió del baño y creí que lo mejor era despedirse de Luis.

—Luis, tengo que dejarte.

—Por cierto, Victoria, ¿dónde estás?

—No creo que eso sea de tu incumbencia —solté con rabia. ¿Cómo se atrevía a pedirme explicaciones?

—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó con la sorpresa reflejada en su voz.

—Eso tampoco te importa. —Titubeé un poco al contestar y Luis se percató enseguida.

—Te conozco bien y sé cuándo intentas evadir una pregunta. ¿Es por eso por lo que no quieres quedar conmigo, porque estás con otro?

Me entraron unas ganas infinitas de gritarle: «¡Tú me dejaste, puedo hacer lo que me dé la real gana!». Pero sonaba demasiado despechado, así que opté por otra respuesta.

—Adiós, Luis.

Y le colgué el teléfono sin esperar contestación. Entendí que Jimena lo hiciera tan a menudo, sentaba de maravilla.

—Victoria, tengo que irme, puedes quedarte aquí el tiempo que quieras

—murmuró Leo. A mí me dio la sensación de que le debía una explicación, pero al pensarlo mejor entendí que ni él me la había pedido ni yo tenía por qué darla.

Se acercó y me dio un suave beso en los labios antes de marcharse.

Cuando la puerta se cerró tras él, yo me senté en la cama para intentar poner en orden todos los pensamientos que se amontonaban en mi cabeza.

Luis iba a volverme loca; ese «ahora no, pero sí» conseguiría desquiciarme. En Leo era mejor no pensar y no darle más vueltas. Al día siguiente yo estaría en mi casa y él de gira. No había más.

Me tiré hacia atrás en la cama y solté un grito de pura frustración. Por mucho que intentara poner mis asuntos en orden, no lograba sacar nada en claro. Así que me levanté y me metí en la ducha.

Esa misma noche, mientras estábamos tumbados y saciados en la cama de Leo, él me pidió algo que no esperaba.

—Victoria, me gustaría no perder el contacto contigo. Sé que los próximos meses serán difíciles y que no podremos vernos, pero me encantaría llamarte y que pudiéramos hablar, si a ti no te importa, claro.

—No, por supuesto que no me importa.

¿Por qué me daba la sensación de que mi vida se complicaba cada vez más?

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