Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 3 de 52

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Con la música a otra parte

1. Mis hermanos

Victoria

Ese día había quedado con mis hermanos para comer. Debía darme prisa, de lo contrario no llegaría a tiempo. Y, francamente, no me apetecía nada tener que oír el sermón de Darío y de Jimena si me retrasaba.

Cerré el ordenador y me dirigí al baño para darme una ducha rápida.

Que resultó no serlo tanto. Así que cuando salí me puse lo primero que pillé en el armario, que fue un vestido sencillo y cómodo, me hice una coleta, me maquillé un poco y me fui corriendo.

Llegué tres minutos tarde. ¡Tres! Pues no me libré de la charla.

—Victoria, deberías tomarte las cosas más seriamente —alegó mi hermana mirándome con intensidad.

—Jimena, por el amor de Dios, que es una comida de hermanos. Ni que hubiera quedado con el presidente.

—La puntualidad dice mucho de una persona.

Iba a replicarle algo, en cambio decidí callar. Con el tiempo aprendí que con Jimena lo mejor era que creyera que le dabas la razón y no entrar en discusiones absurdas que no acabarían bien.

Desvié la mirada y la fijé en mi hermano José, que resoplaba sin disimulo. Los dos sabíamos que cuando Jimena se ponía en ese plan no había quien la aguantara.

¿Recordáis que, de jovencita, mi hermana pequeña era una alma rebelde, desvergonzada y descarada? Pues nadie entendía qué leches le había pasado para convertirse en una persona tan responsable, aburrida y rígida.

—No creas que se me olvida que tenemos una reunión pendiente —me recordó.

—Jimena, por favor. Esta comida no es de trabajo, así que relájate y disfruta —le pedí.

—Y si puedes déjalo en la entrada —intervino José.

—¿Qué dices? —preguntó Jimena con cautela.

—Allí, donde se colocan los paraguas cuando llueve. —Mi hermano señaló con el dedo un cubo alto de metal que había al lado de la puerta del restaurante.

—¿De qué estás hablando? —se extrañó Jimena. Yo sonreí antes de que respondiera, pues conocía muy bien a nuestro hermano pequeño.

—El palo que llevas metido por el culo —soltó, y a mí se me escapó una carcajada.

José siempre le soltaba ese tipo de pullas. Yo creo que estaba resentido con Jimena porque cuando eran más jóvenes tenían mucha complicidad y se entendían muy bien, pero luego ella empezó a hacerse famosa y a volverse más y más estirada. Quizá empezó antes, nadie estaba seguro de cuando pasó; lo que sí sabíamos era que el cambio fue abismal.

No lo he dicho, pero mi hermana era una influencer. Sí, ya sé que de eso hay un montón últimamente y que para la mayoría no se podía considerar como un empleo, sin embargo, también he dicho que mi hermana se tomaba todo demasiado en serio y su trabajo era muy importante para ella. Yo, desde hacía un par de años, era su community manager ¿Que qué es eso?

Pues la pringada que se comía todos los marrones. Pero no iba a quejarme, porque trabajaba desde casa, podía organizarme bien mi horario y no cobraba mal.

Cuando se corrió la voz de que yo me ocupaba de sus redes sociales, me salieron un par de clientes más, aunque la cuenta más grande era la de mi hermana. Pero, claro, es que ella era una de las influencers de moda más importantes del país. Mis hermanos y yo alucinábamos porque las marcas le pagaban mucho dinero y, además, le regalaban ropa para que les hiciera

publicidad. No acabábamos de entender que nuestra hermana pequeña tuviera tanta influencia como para sacar una prenda de ropa y hacer que se agotara en horas. Y, aunque para algunas personas eso no podía considerarse un trabajo, debo decir que Jimena era disciplinada y muy profesional en todo lo que hacía.

Justo en ese momento Rocío me mandó un mensaje para decirme que no podría ir a comer con nosotros, le habían cambiado el horario a última hora y le tocaba trabajar.

—Rocío no viene —informé a mis hermanos.

—Darío dijo que empezáramos sin él, así que vamos a pedir, que estoy muerta de hambre —dijo Jimena mientras llamaba, con un sutil gesto de cabeza, al camarero.

—Uy, sí, luego te comes media hoja de lechuga y dices que no puedes más. —José era incapaz de permanecer callado cuando de chinchar a nuestra hermana se trataba.

—Tengo que cuidarme, imbécil, mi trabajo depende de ello.

—Yo creo que eso es lo que tú te crees. Si te mostraras un poquito más… humana, seguro que te iría mejor.

—No tienes ni idea.

—A mí la verdad es que me da igual mientras pagues la cuenta de este restaurante pijo al que nos has traído. Joder, Jimena, que aquí nos vamos a morir de hambre y encima vas a pagar como si nos hubiéramos hartado —

lloriqueó José.

El resto de la comida fue un continuo ir y venir de dardos envenenados, yo los veía pasar esperando que no cambiaran de dirección y se volvieran contra mí.

Al final, Darío tampoco se presentó y yo tuve que soportar sola a esos dos durante toda la comida.

Cuando llegué a mi casa estaba agotada por la tensión, parecía mentira que no me hubiese acostumbrado ya.

—¿Cómo ha ido con tus hermanos? —preguntó Luis en cuanto entré.

—Rocío y Darío no han venido, así que imagínate.

—Puff, te compadezco.

Luis se acercó y me dio un casto beso en la mejilla.

Lo miré pensando que debía ponerme las pilas si quería tener preparada la fiesta sorpresa que pretendía hacerle la próxima semana para su cumpleaños.

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