Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 27 de 52

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Con la música a otra parte

25. La escapada

Leo

La gira no estaba resultando como otras veces. No podía dejar de pensar que me hubiese gustado estar en Málaga junto a ella y que, si no nos separaran tantos kilómetros, en esos momentos me encontraría intentando empezar algo y no habiéndonos distanciado cuando lo que teníamos apenas comenzaba.

—Qué asquito das, pareces un alma en pena —espetó Héctor. No perdía oportunidad para soltarme alguna pulla.

—Qué quieres que te diga, me encantaría estar con ella —respondí con sinceridad.

—No hace falta que lo jures. No quiero que esto suene mal, pero ya te advertí de que Victoria acababa de salir de una relación y de que no me gustaría que te hicieran daño. La última vez lo pasaste fatal y…

—Eso es un «ya te lo dije» en toda regla. ¿Y qué pasa, que ahora mi jefe de seguridad también va a protegerme de esto? —bromeé.

—No seas imbécil. Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí, y te lo agradezco, pero sé bien lo que estoy haciendo —sentencié con más seguridad de la que sentía.

—Si tú lo dices… —respondió Héctor, poco convencido—. ¿Y por qué no vas a verla?

—¿Porque estoy en medio de una gira? —dije con ironía.

—Ya, pero puedes escaparte al menos unas horas, ¿no? No estamos tan lejos en coche.

—¿Pretendes que haga más kilómetros de los que ya hacemos para pasar un par de horas con ella?

—Eso es exactamente lo que digo. A mí, que no soy romántico, me parece que eres un sieso, amigo.

No me apetecía nada estar en el coche más horas de las que ya llevábamos, pero no podía negar que la idea de volver a ver a Victoria, aunque fuera un par de horas, me atraía demasiado.

—Tengo tantas ganas de verla que tu idea no me parece tan descabellada

—confesé.

—Eso imaginé —dijo sonriendo.

No lo pensamos demasiado y nos pusimos pronto en marcha. Héctor me acompañó para que no tuviera que conducir yo todo el trayecto. No estábamos especialmente lejos, pero era un palizón hacerlo solo.

—¿Le has dicho que ibas a verla? —preguntó mi amigo.

—No, quiero que sea una sorpresa.

—A ver si la sorpresa te la vas a llevar tú.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, con mucha más ansiedad de la que pretendía.

—Nada de lo que estás pensando. Respira y tranquilízate, a ver si se te bajan las gónadas de la garganta. A lo que me refería era a que tal vez haya hecho planes y no la localices cuando llegues.

No había pensado en eso, pero tenía lógica. Aunque en esos momentos era absurdo llamarla porque casi habíamos llegado. Sin embargo, me pasé el resto del camino pensando en las palabras de mi amigo.

Contuve la respiración cuando la llamé y me dijo que estaba de cumpleaños y luego acompañada, pero para mi tranquilidad pude volver a respirar cuando me aseguró que su intención era regresar a su casa.

Decidimos acercarnos nosotros a buscarla. No obstante, poco antes de llegar, Héctor frenó el coche de golpe.

—¡¿Qué haces?! —me quejé.

—¿Esa de ahí no es Jimena? —preguntó.

—Desde aquí no puedo asegurarlo. Pero me extraña que ella vaya vestida así, igual te estás confundiendo.

—Yo nunca me confundo —aseguró.

Y, antes de que pudiera volver a hablar, Héctor se había bajado del coche.

—Te llamo. —Fue la escueta aclaración de mi amigo.

Yo también salí del vehículo y me cambié de asiento para conducir hasta donde se encontraba Victoria. Observé a mi amigo alejarse detrás de aquella mujer que en nada se parecía a la estirada de Jimena. Cuando los perdí de vista, sacudía la cabeza. Seguía sin estar convencido, pero Héctor ya era mayorcito para saber lo que hacía.

Unos minutos más tarde paré frente al local que me había indicado Victoria y le envié un mensaje para decirle que ya había llegado.

Al distinguirla entre la multitud de gente que había en la puerta de aquel garito noté algo que no tuve claro si me gustaba o no. Sabía que no debía enamorarme de Victoria, ella no buscaba una relación y tampoco estaba en su mejor momento, pero al volver a verla fui consciente de cómo se me aceleraba el corazón y de cuánto la había echado de menos.

No aparté los ojos de ella hasta que entró en el coche y al girarse hacia mí se produjo un instante incómodo, ese en el que no sabes cómo saludar a la otra persona, si bien yo no iba a permitir que eso sucediera. Había hecho un montón de kilómetros para verla y no pensaba irme de allí sin besarla.

Me acerqué y pasé con suavidad mi mano por su nuca, para atraerla hacia mí y a la vez dejarle el espacio necesario para que se echara atrás, pues no estaba seguro de si ella quería saludarme de la misma manera. Sin embargo, fue Victoria quien recorrió la distancia que nos separaba y quien pegó sus labios a los míos. Solté un gruñido al notar su lengua en mi boca y cuando se subió a horcajadas encima de mí me pareció que ir a verla había sido la mejor idea que había tenido en años. Luego recordé que fue Héctor

quien lo sugirió y pensé que le daría algún día extra de vacaciones para agradecérselo.

La agarré del culo y la pegué contra mí haciendo que los dos contuviéramos la respiración. Cuando ella despegó sus labios, un instante, de los míos conseguí recobrar un ápice de cordura.

—Será mejor que nos vayamos de aquí, si no queremos que nos denuncien por escándalo público —murmuré con voz ronca.

No podía ni imaginarme todo lo que dirían los periódicos de mí si me pillaran en una situación como aquella.

Victoria me dio un beso rápido y volvió a su asiento, haciendo que sintiera que me faltaba algo.

—Sí, tienes razón, aunque yo vivo en casa de mis padres y ahí no podemos ir.

—Tenía que haber previsto esto y reservar en algún hotel, pero mi intención era pasar un rato contigo y ahora no puedo ir paseándome por todos los hoteles de la ciudad. Además, no podré estar mucho tiempo.

Mañana he de levantarme temprano. En cuanto me llame Héctor tendremos que marcharnos.

—¿Héctor ha venido también?

—Sí, de esa manera no he hecho yo solo tantos kilómetros.

—¿Y dónde está?

—Ha preferido dejarnos un poco de intimidad. —No entendí el motivo por el cual no le dije que Héctor se había bajado del coche porque le pareció ver a su hermana. Quizá porque ni yo mismo estaba convencido de que se tratara de la estirada de Jimena, pues no me la imaginaba vestida igual que aquella chica. Tal vez mi amigo se estaba obsesionado con ella.

—Ah, pues si no tenemos un plan mejor te llevaré a uno de mis lugares favoritos. ¿Te apetece?

—Por supuesto. —Todo lo que fuera hacer planes con ella me parecía maravilloso.

—Entonces arranca, que te guío.

Antes de hacerlo me incliné hacia ella y le di un beso rápido, o por lo menos esa fue mi primera intención. En cuanto nuestras bocas se juntaron, fue de todo menos rápido.

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