Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 29 de 52

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Con la música a otra parte

27. La familia

Leo

Aunque ya me había despedido de Victoria hacía dos noches, en la puerta de su casa, y de que sabía que aquello no era buena idea, no quería marcharme tan lejos sintiendo que algo se había enrarecido entre los dos.

Por ello, me pasé toda la mañana haciendo malabarismos con mi agenda y dejándome un hueco libre para escaparme a verla. A pesar de que le había dicho que no podríamos volver a encontrarnos, quería hacerlo antes de irme a la gira internacional, donde sí sería imposible recorrer la distancia que nos separaba.

No sabía si avisarla con tiempo o volver a darle una sorpresa.

Finalmente decidí sorprenderla. La noche anterior, cuando hablamos por teléfono, me dijo que tenía que trabajar, por lo que imaginaba que pasaría el día en su casa.

No reservé habitación en ningún hotel, solo pretendía estar unas pocas horas y me parecía demasiado frío proponerle pasarlas allí.

Lie otra vez a Héctor para que me acompañara. Estaba tan emocionado por volver a verla que no podía contener la sonrisa que se me escapaba continuamente.

—Pareces un adolescente —me chinchó mi amigo.

—Lo que tú digas, no pienso dejar que tus pullas cambien mi buen humor.

—Para tratarse solo de una aventura, en esta ocasión tampoco has reservado habitación en un hotel. ¿Ha cambiado algo y no me he enterado?

—A Héctor no se le escapaba una.

—Me ha parecido violento pasar unas horas con ella y encerrarla en un hotel.

—Ya…

—Sé que tú harías las cosas de otra manera —le eché en cara.

—Por supuesto. Yo la encerraría en ese hotel y no la dejaría salir de allí hasta que fuera la hora de marcharme.

—Lo tengo claro; en cambio, a mí me apetece verla y estar un rato con ella. Nada más —me defendí.

—Eso me temía. —Su respuesta sonó a acusación.

Cuando, unas horas después, llegamos a casa de los padres de Victoria, la llamé un par de veces, pero al comprobar que el móvil salía apagado me desinflé un poco. ¿Y si había hecho todos esos kilómetros y no podía verla?

—Quita esa cara de pez mustio y toca el timbre —me ordenó Héctor.

—¿De casa de sus padres?

—¿Qué tienes, quince años? Llamas, le dices que eres un amigo y listo.

Vamos, que no es tan difícil.

Hice lo que Héctor me dijo y di gracias a que la casa de los padres de Victoria estuviera lejos del centro. Porque salir del coche, llamar a una puerta y esperar a que me abrieran en un lugar concurrido hubiera sido impensable.

Me abrió una mujer menuda con unos ojos del mismo color que los de Victoria. Supe que se trataba de su madre.

—Buenos días. Venía a ver a Victoria —murmuré un poco cohibido.

—Hola, muchacho. Pero no te quedes en la puerta, pasa. —La mujer me agarró del brazo y me metió dentro.

—Perdone, pero es que he venido con un amigo…

—Perfecto. Pues dile que entre también.

Salí a buscar a Héctor. Y este se rio a carcajadas al ver mi apuro. Me había presentado en casa de los padres de Victoria y no sabía si a ella iba a

gustarle aquello.

Cuando regresé a la puerta con Héctor, la mujer continuaba allí.

—Pasad al salón, estamos todos allí.

Un escalofrío me recorrió. ¿Qué quería decir con «todos»? Lo descubrí en cuanto entramos. Alrededor de la mesa de aquella estancia había sentadas siete personas y con su madre eran ocho; por lo visto acabábamos de interrumpir una reunión familiar.

—Leo, ¿qué haces aquí? —preguntó Victoria con asombro, y esa misma pregunta me hacía yo, una y otra vez.

—No seas maleducada, niña —la reprendió su madre.

—Perdón, mamá. Ellos son Leo y Héctor, unos amigos. —Victoria hizo las presentaciones y así conocimos al resto de sus hermanos, a su amiga Aitana y a sus padres.

—Pero, Victoria, invita a tus amigos a comer, que hay comida de sobra

—insistió su madre.

—Muchas gracias, señora, pero no querríamos… —intenté disculparme.

—Habla por ti, amigo. Con el olor tan maravilloso que desprenden esos platos, no quiero ni imaginar lo buenísima que estará la comida que ha preparado, señora. —Y así era como mi amigo se metía a las mujeres en el bolsillo. Ya tenía a la madre de Victoria haciéndole ojitos.

—Ay, muchacho, llámame Carmen. —Lo dicho, la tenía en el bote.

—A mí puedes continuar llamándome señor —bromeó el padre. O tal vez no.

Héctor hizo una especie de saludo militar al padre. Se acercó a la mujer y le dio un beso en la mejilla, lo que hizo que se sonrojara (no pude evitar poner los ojos en blanco). Después cogió una de las sillas que había libres y se hizo un hueco entre Jimena y Darío.

Cuando se lo proponía tenía más morro que nadie. Yo continué allí, de pie, sin saber qué hacer. Menos mal que Victoria vino a buscarme.

—Siento mucho haberme presentado así, no sabía que teníais reunión familiar —me excusé.

—No te preocupes. Es el cumpleaños de mi padre. —Encima nos habíamos colado en un cumpleaños—. Respira, Leo, que no pasa nada. —Y

la sonrisa que acompañó a esa frase me ayudó a relajarme.

Victoria puso una silla entre la de José y la de ella y yo me senté allí.

Aunque al principio estuve muy cortado, poco a poco logré relajarme y sonreír ante las conversaciones y las bromas que se gastaban unos a otros.

No obstante, seguía dándome la sensación de que nos habíamos colado donde no debíamos.

Cuando observé a mi amigo, que estaba sentado justo frente a mí, no pude evitar sentir cierta envidia. Se le veía tan relajado…. Todo lo contrario a Jimena, que parecía más tensa que nunca, y eso era mucho decir.

—Hermanita, no has soltado palabra en toda la comida. El palo que llevas metido por el culo te ha llegado a la boca —bromeó José, y Héctor disimuló la risa tosiendo.

—José, deja tranquila a tu hermana y tengamos la fiesta en paz.

—No te preocupes, mamá. Hace tiempo que lo dejé por imposible. Si alguna vez madura y decide comportarse como un hombre, quizá me tome en serio alguno de sus comentarios. Que un niño inmaduro y con la inteligencia emocional de una ameba me insulte no me afecta lo más mínimo —sentenció Jimena, y esa vez fue Rocío quien rio.

—Aitana, ¿qué tal te fue anoche con tu cita? —preguntó Carmen en un intento de desviar la conversación.

—¡¿Qué cita?! —quiso saber Darío girando el cuello de golpe hacia ella.

—Bien, Carmen. Era un chico muy dulce, gracias por presentármelo —

respondió Aitana con una agradable sonrisa e ignorando por completo a Darío.

—Esperad un momento. Mamá, ¿le has presentado un tío a Aitana para que salga con él? —Darío parecía perplejo.

—Madre mía, hijo, ni que fuera algo extraño. No es la primera vez que lo hago. —En cuanto oyó aquello, me compadecí de él. El pobre se había quedado lívido—. Aitana es una mujer preciosa y mis amigas tienen unos cuantos hijos solteros, así que puede ir probando hasta que encuentre el que más le guste. —Aunque no lo creí posible, Darío aún perdió más color.

Jimena se levantó de golpe, haciendo que su silla se cayera hacia atrás, y yo entrecerré los ojos para mirar a mi amigo. Por la cara que este puso de no haber roto un plato en su vida, supe que esa reacción desmedida había sido culpa suya.

—¿Te pasa algo, hija? —preguntó el padre entrecerrando los ojos.

—Nada, papá, solo que necesito ir al baño.

Jimena se encaminó hacia el lavabo y Héctor la siguió con la mirada ensanchando la sonrisa. Aunque se le borró de golpe cuando el padre clavó los ojos en mi amigo como si se hubiese percatado perfectamente de lo ocurrido.

—Hermanita, a ver si al cagar te deshaces del palo —gritó José, que no vio venir la colleja de Carmen—. ¡Ay, mamá!

—Deja a tu hermana en paz.

—Mamá, debes reconocer que es una estirada.

—También podría decir muchas cosas de ti y sin embargo me las callo.

—¿Quién quiere repetir? —intervino el padre con la intención de desviar la conversación.

El resto del tiempo pasó más o menos en la misma tónica. Yo contemplaba a unos y a otros sin evitar sonreír y ellos no dejaban de chincharse.

Al haberme criado sin hermanos, ese alboroto, las pullas y la complicidad que había entre todos me tenían fascinado.

A pesar de lo incómodo que me sentí al llegar, acabé pasándolo genial.

La familia de Victoria nos acogió y nos trató fenomenal. Y, aunque me hubiera encantado pasar ese tiempo a solas con ella, no me arrepentí de haber ido.

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