Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 48 de 52

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Con la música a otra parte

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Héctor

Uno de los días que estuvimos de gira con las dos hermanas vi a Jimena marcharse de su habitación y la seguí. Ella iba tan inmersa en sus cosas que no se percató de nada.

Aquella estirada no me caía bien, pero estaba casi seguro de que esa mujer era mucho más de lo que aparentaba ser. Solo me faltaba saber quién era exactamente.

Siempre me pareció que las personas tan perfectas, con una vida tan ordenada y estudiada al milímetro, escondían cosas. Y ella no iba a ser una excepción.

Cuando salió del ascensor yo volví a meterme en la escalera de incendios, dejando la puerta ligeramente abierta para poder observar sus movimientos.

Jimena se acercó al chico de recepción y le dijo algo al oído, cosa que acompañó de una enorme y seductora sonrisa. El pobre chaval no tenía nada que hacer ante aquel despliegue de seducción. Ni siquiera yo estaba seguro de haber podido resistirme.

El tío le pasó una mochila que estaba guardada allí y ella se marchó guiñándole un ojo. Al pobre por poco no le dio una apoplejía. Lo observé unos instantes y fue incapaz de cerrar la boca.

El comportamiento de Jimena me sorprendió, pues parecía que se había desprendido de su habitual rigidez.

Se colgó la mochila al hombro y se dirigió al bar. Cuando le sirvieron la copa que había pedido, aproveché para subir a la habitación y hablar con Victoria por si sabía algo de todo aquello.

Unos minutos después, cuando volví a bajar, Jimena apuraba su bebida.

Pagó al camarero y salió del hotel con paso rápido. Yo la seguí. Ya era noche cerrada, lo que me facilitó hacerlo sin ser descubierto.

Nos habíamos alejado unas cuantas manzanas cuando Jimena entró en un bar. Un lugar por el que ni yo mismo me hubiera decantado. Era un tugurio de mala muerte que estaba lleno de borrachos. No la seguí dentro porque el sitio era pequeño y mi presencia no pasaría inadvertida.

Quince minutos después salió de allí una fémina a la que no reconocí.

No llevaba la mochila, pero supuse que era ella porque pocas mujeres entraban en un bar como aquel.

Todos los tíos que estaban dentro la siguieron fuera, y cuando digo todos me refiero a que lo hizo hasta el camarero. Podía oír desde donde me encontraba la cantidad de obscenidades que le decían. Me entraron unas enormes ganas de ir hasta donde estaban y liarme a hostias, pero me contuve; si hacía eso, lo único que conseguiría sería descubrirme.

Ella parecía no ser consciente de nada de lo que pasaba a su alrededor, era como si todo lo que esos hombres le gritaban fuera con otra persona.

Jimena había cambiado su traje de chaqueta rosa, su bolso agarrado en el codo, su moño estirado y unos zapatos de tacón medio por unos tejanos extremadamente ceñidos y rotos, un ridículo top de cuero que apenas cubría nada, unos zapatos de aguja de más de diez centímetros y se soltó el pelo haciendo que este cayera hasta media espalda. Sustituyó el sutil maquillaje que había lucido hasta el momento por uno mucho más agresivo: labios rojos y ojos negros. Solo mirarla incitaba al pecado.

Pestañeé un par de veces porque en aquel bar entró una hermanita de la caridad y salió una dominatrix.

Sacó el móvil del bolsillo trasero de su pantalón y ese movimiento hizo que fijara mi vista allí. Debía reconocer que tenía un culo espectacular.

Después de colgar, caminó durante un buen rato. Yo estaba completamente

obnubilado por el balanceo de sus caderas y por cómo era capaz de caminar con esa sensualidad subida en semejantes tacones.

Llegó a una calle desierta y miró en todas las direcciones. Yo me escondí detrás de un edificio que me permitía vigilarla sin ser visto. Me percaté de que un tío la estaba esperando junto a una moto de gran cilindrada. Si no me equivocaba, se trataba de una Kawasaki Ninja H2.

Jimena le tendió un sobre y el tipo le dio un casco. Después de ponérselo se subió sola en la moto y desapareció de mi vista a una velocidad de vértigo.

Decidí largarme al hotel y esperar su regreso allí, ya que, por la manera en la que se había ido, me resultaría imposible tanto alcanzarla como localizarla.

Sí, estaba claro que no me había equivocado con ella. Jimena escondía muchas cosas y, después de aquella noche, yo estaba dispuesto a descubrir cada una de ellas.

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