Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 30 de 52

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Con la música a otra parte

28. Voy a echarte de menos

Victoria

No podía creer que Leo estuviera en la puerta del salón de casa de mis padres.

Me supo mal notarlo tan cortado, al pobre se le veía completamente fuera de lugar. Me hubiera encantado explicarle que, siendo tantos, pocas veces comíamos solos. Casi en todas las celebraciones desde que éramos niños algún amigo nuestro acababa siendo invitado por mi madre, a quien, a pesar de tener un montón de hijos, le encantaba contar con invitados.

Por eso no nos extrañó a ninguno que hiciera lo mismo con Héctor y con Leo.

La comida fue muy parecida a como hubiese sido si no hubieran estado presentes ellos dos. Mi familia no era precisamente de las que se contenía cuando tenía espectadores.

Después de que mi padre soplara las velas y de comernos el pastel que había hecho mi madre y que estaba delicioso, me excusé para poder salir un rato al jardín con Leo y pasar un tiempo a solas antes de que se marchara.

Me supo mal dejar a Héctor dentro, pero a él no pareció molestarle lo más mínimo. No dejaba de incordiar a mi hermana Jimena y me daba la sensación de que estaba en su salsa.

Una vez que estuvimos en el jardín que mis padres tenían en la parte de atrás, nos sentamos en uno de los bancos en los que daba la sombra.

—Victoria, siento haberme presentado sin avisar. Quería darte una sorpresa, pero me ha salido fatal.

—A mí me ha sabido mal por vosotros. Si hubieras venido cualquier otro día, no habría tenido problema en excusarme, pero siendo el

cumpleaños de mi padre…

—Es que no he podido ser más inoportuno —se lamentó.

—Que no pasa nada, de verdad. —Le agarré la mano y se la apreté.

—Tienes una familia estupenda.

—Bueno, si tú lo dices... Está claro que no nos aburrimos.

—No, eso seguro que no. ¿Aitana siempre se apunta a las comidas familiares? —preguntó con curiosidad.

—Mi amiga lleva viniendo aquí desde que éramos unas niñas. Su padre tuvo una enfermedad degenerativa que lo postró en una cama y su madre tenía que trabajar un montón de horas fuera de casa, y al regresar debía encargarse de él. Cuando salíamos del colegio, Aitana pasaba la mayoría de las tardes en mi casa. Y, cuando fuimos adultas y su padre falleció, su madre se fue a vivir al pueblo, por lo que la mía cuenta con ella para todo lo que mi familia hace.

—Y, por lo que he podido comprobar, creo que seguirá formando parte de ella, porque tu hermano Darío está coladito por tu amiga.

—Te has dado cuenta, ¿eh?

—No hace falta ser demasiado observador.

Leo había empezado a acariciarme la palma de la mano, haciendo que un cosquilleo recorriera mi cuerpo.

—Victoria —pronunció mi nombre con la voz ronca—, me muero por besarte desde que he entrado en casa de tus padres.

—¿Y a qué estás esperando?

—No creo que aquí sea…

No lo dejé terminar y fui yo quien lo besé.

No quería pensar en cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera volver a hacerlo y mucho menos asumir que posiblemente esa sería la última vez.

Me negaba a continuar dándole vueltas a todo; sin embargo, no pude evitarlo. Leo iba a marcharse y no lo vería durante los siguientes meses. Si

lleváramos más tiempo juntos o si nuestra relación fuera más seria, quizá la distancia y el tiempo no resultarían un obstáculo, pero en nuestro caso los dos sabíamos que lo era.

Cuando nos separamos un poco y nuestras respiraciones se calmaron, él fue el primero en hablar.

—Voy a echarte de menos.

Nunca una frase que no contuviera la palabra «adiós» me había sonado más a despedida.

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Un par de meses más tarde

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