Con la música a otra parte
18. La cena
Leo
Estaba agotado. La gira siempre resultaba dura y, por si eso fuera poco, a la mañana siguiente tendríamos que madrugar bastante porque nos dirigíamos al próximo destino. Aunque no estaba lejos, lo que peor llevaba era cambiar de hotel cada pocas noches.
Cuando entré en mi habitación y contemplé mi cama, estuve a punto de tirarme en ella y dormir hasta el día siguiente. En cambio, al recordar que esa noche había quedado para cenar con Victoria, me dirigí a la ducha con el ánimo renovado.
Llegué puntual a la puerta de su cuarto y al llamar fue Jimena quien me abrió.
—Hola, Leo. Ya me ha dicho Victoria que habéis quedado para cenar, espero que no te agobie demasiado con el trabajo. —No sé por qué motivo Jimena pensaba que esa cena, con su hermana, era por algún tema laboral.
—En realidad no la he invitado para hablar de eso, simplemente me apetecía cenar con ella —aclaré.
—Ah, está bien. —Sin embargo, por su tono de voz dejó claro que no estaba todo lo bien que quería hacer ver—. ¿Sabes si Héctor saldrá esta noche? —murmuró dándose la vuelta y entrando en su cuarto.
—Héctor, ¿mi jefe de seguridad? —pregunté extrañado.
—No conozco a ningún otro Héctor.
Tenía razón, pero su pregunta me había cogido totalmente por sorpresa.
Hasta donde yo sabía, Jimena no soportaba a mi amigo.
—Por lo que me ha dicho, esta noche piensa descansar.
—Perfecto. —Fue su escueta respuesta. Justo en ese momento Victoria salió del baño e hizo que me olvidara por completo de Jimena y de sus extrañas preguntas.
Estaba tan guapa que me faltó el aire.
—Estás preciosa —farfullé.
—Sí, cuando se arregla es bastante mona —alegó su hermana.
—Yo diría que es mucho más que eso—maticé.
—Bueno, también podéis dejar de hablar como si yo no estuviera presente.
—Pasadlo bien —exclamó Jimena mientras nos dirigíamos a la puerta.
—Gracias —respondimos a la vez.
Llegamos al restaurante en taxi y nos dirigimos directamente al reservado que nos asignaron. Ya no recordaba la última vez que pude elegir la mesa donde iba a comer. Siempre entraba rápido y nunca comía en salones donde hubiera más gente.
El maître nos acomodó en nuestros sitios y yo me recosté en mi asiento mientras miraba a Victoria con una media sonrisa.
—¿Por qué me miras así? —preguntó con curiosidad.
—Estoy esperando a que pidas, ya sé lo poco que te gusta que yo lo haga por ti. —Victoria sonrió ante mi pulla y a mí se me tensó el estómago.
Al contrario de lo que pensaba la mayoría de las personas y de la imagen que la prensa había vendido de mí durante años, yo no era el mujeriego que todos creían. Eso se lo dejaba a Héctor. Yo era más bien lo contrario. Me enamoraba con bastante rapidez y me gustaban las relaciones largas.
Supongo que, como mi vida era un caos, me sentía bien teniendo a alguien con quien hablar y a quien volver.
Por ese motivo no me sorprendió lo que Victoria producía en mi cuerpo.
Sabía que estaba empezando a gustarme de verdad, aunque también era consciente de que debía andarme con pies de plomo. Ella acababa de salir
de una relación muy larga y yo no quería que volvieran a hacerme daño. Mi última pareja me dejó cuando descubrí que hacía meses que estaba con otro, por si eso fuera poco en todos los sitios saltó la noticia de que fui yo quien me estaba viendo con una presentadora de los informativos. Y aún debía dar gracias por que ella no se sentó en un plató de televisión a contar todas nuestras intimidades.
Sabía que muchos otros cantantes hacían firmar a sus parejas contratos de confidencialidad, pero a mí no se me ocurría nada más frío cuando estás empezando una relación con alguien. Como yo me negaba a hacerlo, había aprendido que lo mejor era ignorar aquel tipo de rumores y dejar pasar el tiempo hasta que desviaran la atención hacia otro cotilleo. Aunque también sabía que mi falta de discreción hacía que se me atribuyeran muchos más ligues de los que en realidad tenía. ¡Pero si una vez me emparejaron con una prima porque la abracé y besé su frente! Por lo visto, no necesitaban más.
—Yo querré esto de aquí. Gracias. —Las palabras de Victoria me hicieron salir de mi ensimismamiento.
—Yo lo mismo que ella, y tráenos este vino. ¿Te gusta el vino?
¿Prefieres elegirlo tú? —pregunté.
—Sí, sí me gusta. Pero no entiendo mucho, así que ese estará bien.
Cuando el maître nos dejó solos, me acomodé en mi asiento acercándome todo lo que pude a ella.
—Explícame cosas de tu vida, Victoria —le pedí.
—Puedo asegurarte que no es tan interesante como la tuya. Así que casi sería mejor que me las contaras tú.
—Pero ya sabes que yo siempre habló de mí —dije guiñándole un ojo
—, empiezo a estar cansado de escucharme. Además, puedes encontrar lo que quieras sobre mi vida en cualquier sitio, aunque muchas cosas sean
mentira. Si yo quiero descubrir algo de la tuya, lo tengo más difícil. Solo me queda preguntar.
—¿Qué te parece, ya que esto es una cena y no un monólogo, que hablemos un poco cada uno?
—Me parece perfecto —respondí.
A pesar de que la primera vez que nos vimos no comenzamos demasiado bien, empezaba a pensar que todo lo relacionado con ella era precisamente eso, perfecto.
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