Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 38 de 52

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Con la música a otra parte

36. La barbacoa

Victoria

Había pasado una semana desde que tuve «la conversación» con Luis. Al final no resultó tan difícil como pensé, y es que tanto él como yo sabíamos que, por mucho empeño que le pusiéramos, lo nuestro había terminado.

En un principio no le sentó demasiado bien y me acusó de querer vengarme dejándolo tal y como había hecho él. Aunque después de más de dos horas de conversación llegamos a la misma conclusión: nos apreciábamos y nos teníamos cariño, pero los dos sabíamos que eso no era suficiente para continuar siendo pareja.

Nos despedimos de manera amigable, si bien decidimos romper todo contacto hasta que pasara un tiempo. Una cosa era terminar bien y otra ser masoca.

Después de todo aquello, ¿cómo me sentía yo? Pues mejor de lo que esperaba. El ataque de ansiedad que sufrí fue el punto de inflexión para darme cuenta de que ese no era el camino que quería seguir. Por mucho que me aferrara a algo que me pareció bien en el pasado, no quería decir que continuara siendo bueno para mi presente.

Y tampoco resultó tan doloroso como la primera vez. Como decía Aitana, ya había pasado el duelo y lloré todo lo que tenía que llorar. Y lo más importante: durante el tiempo que pasamos separados pude hacerme a la idea de lo que era vivir sin él.

En esos momentos sabía que, por mucho que costara o doliera, Luis ya no formaría parte de mi futuro y tuve claro que había tomado la decisión correcta.

Era curioso, pero haber vuelto con él me había enseñado a decirle adiós.

Ese domingo mis padres habían decidido hacer una barbacoa con todos nosotros aprovechando que empezaba el buen tiempo.

Nada más levantarme me puse ropa cómoda, me tomé un café y salí a comprar con mi madre. Cuando lo tuvimos todo listo me dirigí al jardín para ayudar a mi padre con las brasas.

—Parece que somos los únicos a los que les gusta hacer el fuego —dijo él mientras me pasaba una mano por el hombro.

—A los demás les gusta comer, pero lo que es echar una mano… —Mi padre soltó una carcajada.

—En eso llevas razón. ¿Cómo estás, pequeña? Menudo susto nos diste el otro día.

—Estoy bien, papá. Soy más fuerte de lo que pensaba —expliqué intentando quitarle hierro al asunto y queriendo que dejara de preocuparse por mí.

—De eso no me cabe la menor duda. Pero no debiste aguantar tanto.

Sabes que no soy un hombre al que le guste meterse en los asuntos de sus hijos, y pensáis que por ese motivo no me entero de lo que os pasa, pero no podéis estar más equivocados. Darío anda loco por Aitana y se da cuenta justo en el momento en el que la pobre chica decide alejarse de él. Jimena está tan perdida que no sabe ni quién es. José y Rocío, en fin, ese es otro tema. —¿Otro tema? ¿De qué hablaba mi padre?—. Y tú intentas reparar algo que es lo mejor que te ha pasado en los últimos años. A veces es importante intentar arreglar las cosas, sin embargo, en otras ocasiones eso resulta imposible. ¿Y sabes por qué? Porque, cuando en una relación se acaba el amor, no hay nada que se pueda hacer. Nada. Se puede luchar por muchas cosas, pero jamás se puede obligar a nadie a querer a otra persona, al igual que no se puede dejar de amar a alguien. —La última frase la dijo

mientras José entraba en el jardín y alzó la voz para que este lo oyera, no entendí el motivo. Tendría que preguntar a mi hermano si salía con alguien.

—¿De qué habláis? —pregunto José con cautela colocándose junto a nosotros.

—De amor —respondió mi padre.

—Papá me está dejando claro lo bien que conoce a sus hijos. —Intenté bromear, pero estaba sorprendida, porque era verdad que él jamás se metía en nada y parecía no enterarse de mucho.

No pudimos continuar hablando porque llegaron Darío y Aitana, seguidos por Jimena y Rocío.

Una hora después todos reíamos sentados a la mesa mientras mi madre contaba una anécdota sobre alguno de nosotros.

Darío y Aitana se habían sentado lo más separados posible. En un momento en el que miré a mi amiga le pregunté alzando una ceja, y ella me hizo un gesto con la mano que me daba entender que me lo explicaría más tarde.

Jimena, que estaba sentada junto a mí, se giró y me tocó el hombro para llamar mi atención.

—Este sábado tengo que asistir a una fiesta bastante importante. Iba a acompañarme un modelo, pero no va a poder venir, así que vendrás tú.

No era una pregunta y yo tuve que morderme la lengua para no mandarla a la mierda. Pero por lo visto aún no había terminado conmigo.

—Haz el favor de comprarte algo adecuado, a esa celebración asistirán muchas personas importantes.

—Y no te olvides de comprarte el mismo palo que lleva Jimena y metértelo bien adentro del culo. Seguro que es imprescindible para el tipo de eventos que frecuenta —bromeó José, que había oído la conversación, pero sin apartar los ojos de mi madre para asegurarse de que no se enteraba, de lo contrario iba a caerle la bronca por no dejar tranquila a Jimena.

—Si se comprara el mismo, no podríamos llevarlo las dos. Habla con propiedad, por favor. Y a ver si aprendes una bromita nueva, que la del palo ya cansa.

—Eres insoportable —alegó mi hermano, y seguidamente soltó un resoplido.

—Eso dicen…

—Chicos, ya vale. Mirad lo que he hecho —dijo mi madre intentando poner paz y dejando sobre la mesa uno de los pasteles que mejor le salían.

De esa manera se aseguraba de que durante los próximos minutos ninguno de nosotros hablara.

Giré un momento la cabeza para mirar a mi hermana. En momentos como aquel no tenía claro si deseaba matarla o abrazarla. Había algo en Jimena que me provocaba ternura, tal vez cuando dejaba entrever ese atisbo de vulnerabilidad, aunque la mayoría de las veces no podía evitar querer estrangularla.

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