Con la música a otra parte
17. La amiga de mi hermana
Darío
¡Menudo día! La fábrica donde llevaba trabajando desde hacía tiempo había decidido hacer turnos rotativos y a mí me estaban matando.
El peor era el de noche. Me provocaba problemas de estómago porque cuando llegaba a casa estaba muerto de hambre y después de hartarme me iba a dormir, lo cual hacía que mis digestiones fueran horribles.
Ese día volvía del turno de tarde y solo me apetecía comer algo y sentarme un rato en el sofá con Aitana. Nos quedaban los últimos capítulos de una serie que estábamos viendo desde hacía meses y esperaba que pudiéramos terminarla esa noche.
Resultó todo un acierto irme a vivir con ella. La convivencia con Aitana era perfecta y me encantaba tener compañía cuando llegaba a casa. Siempre fue una persona con la que encajé muy bien, así que cuando surgió la oportunidad no me lo pensé. Yo no podía alquilar nada solo y ella tampoco, lo demás vino rodado.
Cuando abrí la puerta me extrañó encontrarme el piso en penumbra.
Normalmente Aitana me esperaba en el salón, pero con las luces encendidas.
Oí ruidos extraños y me tensé. A ver si le había pasado algo… Al darle al interruptor de la luz lo entendí todo y me sentí la persona más estúpida del planeta.
—Diooos…, lo siento…, no pretendía… —Ni siquiera me salían las palabras.
Solo era capaz de mirar a Aitana mientras se recomponía el pelo y la ropa, y me asombré de las enormes ganas que me entraron de largarme de
allí.
—Hola, soy Enrique. Tú debes de ser el compañero de piso de Aitana —
se presentó, poniéndose en pie y colocándose bien la camisa.
—Sí, soy Darío. Encantado —contesté a la vez que estrechaba su mano
—. Bueno, os dejo, me voy a mi cuarto.
Caminé hacia mi habitación con la intención de dejarles un poco de intimidad en el salón.
Me notaba extraño; no sabría explicar qué me pasaba, pero en lugar de irme a mi habitación me hubiera encantado sacar a ese imbécil de allí.
Llegué a la conclusión de que mi reacción era debido a que había alterado mis planes y que esa noche no podría ver nada con Aitana, lo cual me molestó sobremanera. Sin embargo, había algo más. No me había gustado que el tal Enrique tocara a Aitana, pero ¿por qué, si entre ella y yo no había nada más que una amistad?
Sacudí la cabeza pensando que mi reacción habría sido la misma si hubiera visto a cualquiera de mis hermanas en una situación tan íntima.
Ese día apenas pude dormir.
Cuando a la noche siguiente salí del trabajo, dudé en llamar a Aitana y avisarla por si acaso estuviese acompañada y no tener que volver a vivir la embarazosa situación de la noche anterior. No lo hice; en cambio, entré armando mucho ruido para darles tiempo a separarse, si es que aquel imbécil volvía a estar por allí.
—Hola, Darío —me saludó Aitana, y yo suspiré aliviado al darme cuenta de que estaba sola.
—Hola. Por lo que veo hoy no tienes compañía. —No comprendí el retintín con el que sonaron mis palabras.
—No. Enrique y yo hemos quedado para cenar, pero no te preocupes, que lo haremos fuera y no volveremos a casa.
—No me importa que vengas aquí. Es tu casa. —Prefería que estuvieran en la nuestra a que fueran a casa de él, y eso tampoco lo entendía.
—Ya, ya sé que a ti no te importa nada de lo que yo haga, solo te estaba informando para que te quedes tranquilo y sepas que no volverá a repetirse el momento tan incómodo de anoche.
—No entiendo a qué viene que digas que no me importa lo que haces.
Aitana, somos amigos y me preocupo por ti, ya lo sabes.
—Sí, Darío, lo sé. —Su voz sonó con cierto deje de pena y no supe qué más decirle—. Voy a cambiarme, Enrique está a punto de llegar.
Aitana desapareció por el pasillo y yo me calenté la comida para cenar solo.
Veinte minutos después, oí el repiqueo de unos tacones en el parqué.
—Me voy, Enrique me espera abajo. Buenas noches, Darío.
Aitana se dio la vuelta y se marchó, y yo fui incapaz de decir una sola palabra. Incluso el tenedor se me quedó a medio camino de la boca.
Parpadeé unos instantes para ver si podía quitar la última imagen de ella de mis retinas.
Imposible.
Jamás, en todo el tiempo que hacía que la conocía, la había visto tan preciosa como ese día. Llevaba un impresionante vestido negro y unos tacones altísimos, iba maquillada y llevaba el pelo suelto. Me paré a meditar unos instantes. ¿Podría ser que ese mismo vestido fuera el que llevó en el último cumpleaños de Victoria? ¿Cómo no me había fijado antes en lo bien que le sentaba? ¿Y por qué la veía más bonita que nunca? Que, a ver, ella siempre fue una mujer muy guapa, pero parecía que desde la noche anterior algo cambió en ella. ¿O había sido yo?
Aitana llevaba años sintiendo cierta atracción por mí. Yo lo sabía desde que ella era una mocosa y corría por mi casa jugando con mi hermana Victoria, pero, si yo aparecía en escena, se paraba frente a mí y sus mejillas adquirían un color rojo intenso. Aunque tuve claro que aquello solo se trataba de un capricho de juventud y desde hacía años no había vuelto a mostrar ningún signo de que yo le atrajera de alguna manera. El problema era que yo jamás la miré de otra forma que como a la amiga de mi hermana pequeña. Entonces, ¿por qué mi cuerpo había reaccionado de aquella manera cuando la vi vestida así? ¿Y por qué no me hacía ni puñetera gracia que se hubiera puesto ese vestido para quedar con otro?
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