Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 7 de 52

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Con la música a otra parte

5. La cena

Leo

Iba de camino a casa de mi representante, ya que teníamos que ultimar los detalles de la maldita cena de esa noche.

—¿Eso ha sido un gruñido? —preguntó Héctor.

—Joder, no me apetece una mierda asistir a la dichosa cena.

—Vamos, cualquiera que te oiga… Nunca viene mal que le suban a uno el ego —se burló.

—Héctor, ya sabes cómo suelen ser este tipo de encuentros. Crías que te miran como si cagaras purpurina y que son incapaces de pronunciar una frase completa, y cuando lo hacen solo es para decirme lo guapo y maravilloso que les parezco.

—Sí, vaya, debe de ser un asco —continuó ironizando mi amigo.

—Llevas conmigo los años suficientes como para saber de lo que te hablo.

—Solo bromeaba. Cuando quieras largarte, me haces una señal y yo acudo en tu rescate.

—Sí, eso funcionará con la cena, pero te recuerdo que tenemos que llevárnosla durante una semana de gira. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante idea?

—A eso se le llama técnicas de marketing, querido amigo.

—Menuda mierda, lo llamo yo.

—No te falta razón. Pero piensa que ahí resultará más fácil porque con todo el follón de la gira los momentos a solas con ella serán escasos.

—Sí, supongo —respondí, sin estar del todo convencido—. Y volviendo a la cena de esta noche: ¿no crees que será demasiado que mi jefe de

seguridad nos acompañe?

—Si quieres te espero en la puerta; cuando veas que te agobias, me haces una perdida y entro a buscarte. Como siempre.

—Sí, está claro que habrá que hacerlo así. Ya sabes que estas cenas, si no las cortamos de alguna manera, se eternizan.

—Quieren pasar todo el tiempo posible junto al gran Leo. —Ante el comentario de Héctor, volví a gruñir y él soltó una carcajada.

Los años que llevábamos trabajando juntos habían hecho que Héctor y yo nos convirtiéramos en amigos. Y, a pesar de que él era un estupendo profesional, la mayoría de las veces que me acompañaba era más porque me gustaba estar con él que porque verdaderamente lo necesitara.

Esa noche me puse un tejano y una camiseta, no quería arreglarme demasiado porque necesitaba sentirme yo mismo. A pesar de todo lo que le había dicho a Héctor, me encantaba interactuar con mis fans; no obstante, la mayoría de las veces me sentía un inepto que no terminaba de comprenderlas. No entendía que se quedaran mudas ante alguien como yo, que era la persona más normal del mundo. No sabía cómo comportarme cuando me halagaban de aquella forma, incluso me costaba aceptar que la persona de las que ellas hablaban fuera yo. Me daba la sensación de que tenían un concepto de mí muy distorsionado.

Y es que, incluso con la cantidad de años que llevaba en esto de la música, continuaba sintiéndome fuera de lugar cuando alguien me miraba como si le resultara inalcanzable.

Suspiré, cogí una chaqueta de piel y me encaminé hacia el salón, donde Héctor me esperaba.

—¿Sabemos algo sobre la mujer con la que cenaré esta noche? —

pregunté, sin demasiada curiosidad.

Mi representante me explicó los términos en los que iba a llevarse a cabo la cena y la semana que pasaría conmigo de gira, pero no me dijo ni

una sola palabra sobre la mujer a la que le había tocado el maravilloso premio.

—He llamado a la radio, pero no me lo han cogido. De todos modos, en el restaurante tienen los datos, así que tú tranquilo, que ellos se encargan y yo también, por supuesto —aclaró, y yo solté un taco por lo bajo—. Míralo por el lado positivo, será una sorpresa.

Le di un puñetazo a Héctor en el brazo, aunque creo que me hice más daño a mí que a él.

Lo primero que hice al llegar al restaurante fue pedir una botella de vino, y no me tomaba un vaso de algo más fuerte porque no me gustaba ese tipo de alcohol.

Me extrañó que pasados diez minutos de la hora acordada no se presentara nadie, lo normal era que me llevaran esperando un buen rato cuando yo llegaba.

De pronto levanté la cabeza y, al verla, suspiré profundamente. Menuda noche tenía por delante.

—¡No puedo creer que seas tú! —gritó una cría mientras corría hacia mí y se tiraba encima.

—Hola —saludé mirando a mi alrededor, porque, con lo que había gritado, todo el restaurante nos observaba.

Me fijé bien en la chica que tenía enfrente y me preparé para lo que se me venía encima. No estaba seguro de que fuera mayor de edad, aún tenía los últimos vestigios en su rostro típicos de la adolescencia. Siempre me costaba creer que una persona tan joven pudiera sentirse atraída por alguien como yo. A mí solamente me inspiraba ternura y la única conversación que

se me ocurría era preguntarle por sus estudios y regañarla si los había dejado de lado.

Estaba a punto de invitarla a sentarse a mi mesa cuando divisé a Héctor, que venía acompañado de una preciosa mujer. No entendía cómo lo hacía mi amigo, pero, siendo yo el cantante famoso, él ligaba mucho más.

Se paró frente a mí, puso la mano en la espalda de la mujer para que se adelantara un paso y la miró con intensidad, aunque ella pareció no percatarse.

—Leo, ella es Victoria, tu acompañante de esta noche —dijo Héctor con cierto retintín. El muy condenado sabía que la mujer que lo acompañaba era muy guapa.

Miré con desconcierto a la chica que tenía junto a mí, pues pensaba que era quien compartiría conmigo la cena de esa noche. Volví a suspirar aliviado porque Victoria parecía mucho más comedida que ella.

Antes de despedirme de aquella adolescente, le firmé un autógrafo. Acto seguido, invité a Victoria a sentarse.

—Si quieres, puedo quedarme —se ofreció Héctor.

—No, gracias, ya puedes marcharte a casa —le pedí.

Mi amigo soltó una carcajada y a mí se me escapó una sonrisa. Los dos sabíamos que no iba a necesitar que acudiera en mi rescate.

—De acuerdo. Buenas noches, Victoria.

—Buenas noches, Héctor. Encantada de conocerte.

—Lo mismo digo —susurró mi amigo, guiñándole un ojo, para después darse la vuelta y marcharse.

Victoria se movió algo incómoda en la silla y esperé, pues me daba la sensación de que quería decir algo. No me equivoqué.

—Siento haber llegado tarde, pero…

—No te preocupes, ahora ya estás aquí —dije con seguridad.

Aunque no lo pareciera, me costaba entablar conversación con las personas que no conocía, así que opté por empezar a hablar del tema más fácil.

—Y dime, Victoria, ¿cuál fue el primer concierto mío al que fuiste?

Noté cómo meditaba lo que iba a contestar.

—Hace bastantes años, aquí en Málaga.

Su ambigua respuesta me sorprendió, dado que normalmente me daban un millón de datos más.

—¿Y cuál es tu canción favorita? —continué hablando de lo único que se me ocurría para romper el hielo.

—Me resulta imposible elegir una. —Sonreí ante su respuesta—.

Aunque, si tuviera que escoger, Quiero morir en tu veneno me gusta bastante.

—Si esa canción no es mía… —respondí sorprendido.

—Lo sé. Pero es que no has especificado que tuviera que ser tuya.

Victoria sonrió y yo me perdí en su boca. El labio inferior era grueso y lo llevaba pintado de un color rojo intenso que me recordaba a las cerezas maduras. Me encanta esa fruta.

Carraspeé para quitarme de la cabeza la imagen de su boca. Y volví a centrarme en ella.

Debía reconocer que me tenía completamente desconcertado, no estaba acostumbrado a que las personas fueran tan indiferentes y francas conmigo.

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