Con la música a otra parte
44. Felicidad
Aitana
Cuando regresé al salón, Darío continuaba en la misma posición en la que lo había dejado cuando salí corriendo al baño para llamar a Victoria.
Mientras me acercaba a él y lo observaba, de rodillas, en la casa que habíamos compartido durante el último año, no pude evitar que las lágrimas cayeran, ya sin control, por mis mejillas.
Había amado a ese hombre desde que podía recordar lo que era querer.
Rememoré todos los momentos vividos en su casa, con su familia. Como el día de su cumpleaños, cuando su padre me preguntó si no iba a felicitarlo y tuve que acercarme a él, muerta de vergüenza, y darle dos besos que hicieron que se me enrojeciera hasta la raíz del pelo. O en aquella otra ocasión en la que Victoria y yo nos quedamos dormidas, una tarde, en el sofá de su casa y su padre insistió en que estaríamos mucho más cómodas en una cama, así Darío llevó a Victoria a la cama de esta y a mí me llevó a la suya. Sí, me refiero a la de Darío. Cuando me cogió en brazos me desperté, aunque me hice la dormida y quise detener el tiempo y poder quedarme allí, acurrucada a él para siempre. Al depositarme en su cama ya no pude volver a conciliar el sueño, pues su olor, que estaba impregnado en su almohada, se metió tan dentro de mí que solo fui capaz de agarrarme a ella y abrazarla como si de él se tratara.
Pero también recordé a todas las mujeres que pasaron por su vida, la cantidad de lágrimas que derramé y las que tuve que tragarme.
Por eso cuando llegué junto a él y vi la confusión y la duda en sus ojos me entraron ganas de reír. Nunca sería consciente de lo mucho que lo amaba. Podía saber que lo quería, eso sí; ya me había encargado yo, durante
años y años, de dejárselo claro. Con todo, jamás entendería la intensidad de ese amor, porque lo había querido con la inocencia que se quiere cuando te estás despidiendo de la infancia, con la intensidad de la adolescencia y con la madurez de la edad adulta.
No, no tenía ni idea.
Lo único que necesitaba era asegurarme de que él me correspondía.
Pensé en aquella etapa en la que lo pasé fatal por su culpa, y no pude evitar hacérselo pagar de alguna manera.
—¿Así que quieres casarte conmigo? —pregunté con seriedad.
—Sí, eso es exactamente lo que te he pedido y por lo que sigo esperando respuesta.
—¿Sabes?, eres demasiado impaciente, no pasa nada porque sigas esperando un poquito más —susurré mientras me arrodillaba frente a él y unía mis labios a los suyos.
Sabía que estaba desconcertado y que lo que él necesitaba en esos momentos era una repuesta, pero me encantaba ser yo quien lo dejara descolocado a él.
Lo arrastré hasta mi cuarto y, cuando empecé a desvestirlo con desesperación, él me agarró de las muñecas y me fue quitando la ropa como si desenvolviera un regalo.
Por primera vez desde que Darío y yo nos acostábamos juntos, no fue un polvo desenfrenado y desesperado. Fue tranquilo y pausado.
Supe que era la primera vez que hacíamos el amor.
Cuando terminamos y nos tumbamos abrazados en mi cama, las palabras que pronunció Darío me hicieron sentir un escalofrío y una inmensa felicidad se apoderó de mí.
—Te quiero, Aitana. —Esas eran las palabras que llevaba esperando media vida.
—Yo te quise casi desde la primera vez que te vi —confesé, aunque él ya lo sabía.
—De verdad que siento no haberte correspondido antes, pero prometo compensártelo durante el resto de mi vida. Bueno, eso si en algún momento decides contestar a mi pregunta.
—Sí, quiero. Por supuesto que quiero.
No lograba comprender cómo podía albergar alguna duda, aunque por el grito que dio al oír mi respuesta estaba claro que así era.
Después de eso me besó con ganas y cuando fue bajando por mi cuerpo y besando cada parte de piel que encontraba por el camino sonreí porque sabía bien lo que vendría.
La felicidad que sentía era tan grande que, en el momento en que llegué al orgasmo y grité su nombre, rompí a llorar de pura dicha.
Nunca podría saber la manera en la que él me quería, pero sí en la que yo lo hacía. Porque, cuando pasas tantos años anhelando algo y por fin lo consigues, lo aprecias mucho más.
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Tres semanas más tarde
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