Con la música a otra parte
19. Nada más importaba
Victoria
Me enderecé en la silla, me acerqué un poco más a él y me puse a hablar.
—Cuando Luis me dejó, no me quedó de otra que regresar a casa de mis padres y lo llevo regular. Hace mucho que salí de allí por patas y se me está haciendo cuesta arriba. —No sé por qué elegí, precisamente, ese tema para empezar a hablar de mí. Lo normal hubiera sido comenzar por el principio y hablarle de mi infancia, pero yo soy así y lo hice por el final.
—¿No tienes buena relación con ellos?
—Sí, la verdad es que tengo mucha suerte y nos llevamos muy bien.
—¿Entonces?
—Estaba acostumbrada a la independencia que me proporcionaba vivir en mi propia casa, y en la de mis padres siguen viviendo dos de mis hermanos.
—¿Sois cuatro?
—En realidad somos cinco: Jimena, a quien ya conoces. Rocío y José, que continúan viviendo en casa de mis padres. Darío, que comparte piso con Aitana, que es mi mejor amiga y que está coladita por él, pero eso ya te lo explicaré en otro momento. Y yo.
—Creo que al final esto sí se va a convertir en un monólogo —bromeó Leo mientras sonreía. Yo hubiese preferido que no lo hiciera, porque esa sonrisa era demoledora para mi sistema nervioso—. No debiste aburrirte en tu infancia.
—Lo peor fue la adolescencia, puedo asegurártelo. Encima de lo difícil de nuestras edades, fue justo entonces cuando pasamos de ser cuatro a ser
cinco. Eso también te lo explicaré en otro momento. Mis padres estaban desesperados.
—Te estás dejando muchas cosas por contarme…
—La siguiente vez que quedemos, te las cuento —dije guiñándole un ojo y dando por hecho que habría una próxima vez.
Le relaté algunas anécdotas de mi infancia y de la relación que tenía con mis hermanos y con mis padres. Al terminar, volvimos al tema de lo regular que llevaba mi regreso a casa.
—Te entiendo perfectamente; cuando te acostumbras a tu libertad debe de ser difícil regresar.
—A mí, desde luego, se me está haciendo muy arduo. Ya no solo por la independencia, sino también por la intimidad. De todos modos, por mucho que me queje, no puedo costearme yo sola el alquiler de un piso, por lo que es mi única opción. Y doy gracias a mis padres por conservar mi habitación.
—Sí, eso ha sido un detalle por su parte.
Noté cómo Leo carraspeaba y se removía en su asiento.
—Victoria, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Sí, después de oírla ya me pienso si te contesto o no.
—Por supuesto, no respondas si no quieres. Si Luis te propusiera volver,
¿lo harías? —¡La leche! Menuda preguntita.
Medité durante unos segundos lo que iba a responder y opté por ser lo más sincera posible, no tenía ningún sentido mentir.
—No lo sé. Está claro que diez años no se borran de un plumazo, por mucho que queramos. La realidad es que no me lo he planteado. Sé que Luis me echa de menos, pero no creo que su intención sea volver conmigo.
—No te he preguntado lo que él quiere, me gustaría saber qué quieres tú.
—Si me lo hubieses preguntado hace unas semanas, te habría contestado que sí sin dudarlo. Ahora no estoy tan segura.
Luis y yo habíamos compartido muchas cosas y, tal y como decía Aitana, necesitaba un tiempo para asimilar que ya no formaba parte de mi vida. Con todo, no me había planteado qué haría si él me pedía volver, y tampoco se trataba de algo a lo que quisiera darle demasiadas vueltas simplemente porque no había sucedido
Continuamos hablando durante mucho tiempo, tanto que al final el maître vino a avisarnos de que estaban cerrando. Nos levantamos disculpándonos y volvimos a nuestro hotel. A la mañana siguiente teníamos que madrugar mucho y los dos pensamos que lo mejor sería regresar y dejar una copa pendiente para otra ocasión.
Leo me acompañó hasta mi habitación y al alzar la cabeza para despedirme de él me percaté de que la situación me había puesto mucho más nerviosa de lo que estaba dispuesta a reconocer. Y es que no tenía ni idea de cómo hacerlo: ¿dos besos?, ¿un abrazo?, ¿un beso en condiciones?, ¿una palmadita en el hombro?
No tuve que pensarlo más porque fue Leo quien cogió mi nuca con suavidad y me acercó a él, tan despacio que tuve tiempo más que suficiente para apartarme si lo deseaba. Aunque no era el caso.
Al tocarse nuestros labios me dio la impresión de que nada más importaba, de que eso era justo lo que necesitaba, de que ese sería el inicio de una noche inolvidable.
—¿Vamos a mi habitación? —propuso Leo con voz ronca, separando unos milímetros sus labios de los míos.
No me hizo falta contestar, simplemente nos encaminamos hacia ella.
En cuanto Leo cerró la puerta, nuestros labios volvieron a unirse y él me pegó a la pared haciendo que notara cada parte de su cuerpo.
Nos desvestimos a trompicones intentando separar nuestras bocas lo menos posible. Parecía que los dos teníamos demasiadas ganas, y la urgencia de nuestros movimientos era una buena prueba de ello.
Cuando solo nos quedaba puesta la ropa interior, caminamos hacia la cama, pero no llegamos, porque el beso se volvió más intenso y nos paramos junto a la mesa del escritorio. Leo me agarró las nalgas con las dos manos y me alzó para que pudiera sentarme en ella, y yo enrollé mis piernas en su cintura. Sin embargo, él se zafó de mi agarre y fue bajando poco a poco por mi cuerpo, besando rincones que no estaba segura de si alguien los había besado antes, haciendo que me calentara cada vez más. Cuando yo creía que no podría soportarlo, él volvía a empezar. Finalmente, al posar su boca en la zona donde más lo anhelaba, me encontraba tan a punto que no tardé mucho en dejarme ir.
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