Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 6 de 52

Páginas del PDF

Con la música a otra parte

4. El favor

Victoria

«¡Joder! Que alguien me arranque la cabeza, por favor». Intenté abrir los ojos y me costó tal esfuerzo que estuve pensando durante unos segundos lo que supondría mover cualquier otra parte de mi anatomía. No obstante, antes de que fuera capaz de hacerlo la puerta de mi cuarto se abrió y por ella apareció mi hermano.

—Juan, será mejor que salgas de ahí y te vayas a mi cuarto antes de que mi madre o mi padre te vean.

—Sí, voy —respondió una voz justo detrás de mí.

Me giré de golpe y me arrepentí en el acto porque la habitación empezó a dar vueltas sin control.

Juan, el amigo de mi hermano, se levantó de mi cama (¡de mi cama!) y pude comprobar que solo iba vestido con unos boxers. Quise que la tierra me tragara. ¿¡Qué leches había hecho esa noche!? Tampoco tenía claro si quería saberlo. Aun así, decidí que lo mejor sería preguntarlo.

—Juan, ¿ha pasado algo entre nosotros? —susurré, porque el sonido de mi propia voz rebotaba en mi cabeza y parecía que fuera a explotarme.

—No puedo creer que no te acuerdes —me echó en cara, y, aunque no podía verme, estaba segura de que mi rostro perdió el poco color que conservaba.

—Juan, ya vale —le advirtió mi hermano.

—Era broma. No ha pasado nada entre nosotros —contestó. Yo respiré

—. Pero anoche insististe tanto en que durmiera contigo y no con tu hermano, que decidimos que antes de que despertaras a tus padres me metía en tu cama. Caíste inconsciente en cuanto pusiste la cabeza en la almohada.

Solté un gruñido y mi hermano, que en ese momento se convirtió en mi ángel salvador, me acercó un ibuprofeno con un vaso de agua. Me lo tomé casi sin incorporarme.

No recuerdo ni siquiera si me despedí de ellos porque volví a quedarme dormida. Desconozco cuánto tiempo pasaría, pero estaba convencida de que bastante porque, cuando un estridente sonido me despertó, el intenso dolor de cabeza que sentía había remitido considerablemente.

Estiré el brazo y alcancé mi móvil. Tenía la seguridad de que haberlo dejado ahí también fue idea de mi hermano.

—¿Sí? —murmuré medio dormida.

—Victoria, tienes que ayudarme. —El pánico estaba presente en la voz de Jimena y yo me incorporé en el acto.

—Claro, ¿qué necesitas? —dije arrepintiéndome de haberme levantado tan rápido, pues me mareé ligeramente. ¿Cuántas copas me bebí la noche anterior? Era mejor no saberlo.

—Hoy es la cena con Leo, pero yo no podré asistir. —Casi se me cayó el teléfono de las manos. No podía imaginar qué le había ocurrido para que no pudiera asistir a esa cena, con lo importante que sabía que era para ella.

—¿Qué te ha pasado? —pregunté angustiada.

—He debido de coger algún virus estomacal y me encuentro fatal. Llevo todo el día pegada al baño y como tú comprenderás, aunque lograra recuperarme un poco, no puedo presentarme ante él con estas pintas. La piel se me ha quedado sin brillo. —¡La madre que la matriculó!

—Pues yo no estoy mucho mejor, tengo una resaca… —intenté excusarme.

—Pero a ti eso te da igual, ni siquiera ves guapo a Leo. Tienes que acudir a esa cena y hablarle de mí. Para eso te pago.

Había infinidad de cosas que decir sobre lo que acababa de soltar mi querida hermana. Lo primero, que, aunque no era una fan loca de Leo, al

igual que ella tenía ojos en la cara y el tío estaba como quería. Lo segundo, que para lo único que deseaba que acudiera a remplazarla era para hablarle de ella, y lo tercero, que, a pesar de que no me pagaba mal, no lo hacía para ese tipo de cosas, la verdad.

¿Respondí algo de esto?, por supuesto que no.

—De acuerdo, iré.

—Perfecto. Arréglate, por favor, ya sabes que la imagen es primordial y la primera impresión es muy importante. E intenta ser simpática y causarle buena impresión.

No me dio tiempo a decir nada; como siempre, colgó antes de que pudiera responderle.

Sabía que no tenía por qué aguantarle aquel tipo de cosas, pero ella era así. A veces echaba de menos a la Jimena loca y rebelde de cuando éramos más jóvenes.

OceanofPDF.com