Con la música a otra parte
20. Victoria en mi cama
Leo
Había pasado muchas noches con otras mujeres (no tantas como la prensa quería hacer ver, pero sí con unas cuantas) y no acababa de entender cuál era el motivo de que aquella resultara tan diferente. Quizá fuera que Victoria no me veía como a una superestrella y que me trató simplemente como a un hombre. Y algo que para cualquier otra persona podría parecerle una tontería a mí me resultó liberador y muy excitante.
Sabía a ciencia cierta que Victoria decidió acostarse conmigo por mí y no por lo que representaba. De manera que sí, fue una noche que guardaría en mi memoria.
Di por hecho que ella no estaría en mi cama cuando me despertara.
Pensaba que no querría tener que dar explicaciones a su hermana. Sin embargo, me equivoqué, y esa sorpresa me gustó. Mucho.
Me giré y contemplé a Victoria, que se encontraba plácidamente dormida justo a mi lado. Tenía el rostro relajado, el rímel corrido y no había nada en el mundo que me apeteciera más que despertarla y repetir lo que llevábamos haciendo casi toda la noche. En cambio, decidí dejarla descansar y me dirigí a la ducha.
No llevaba allí ni cinco minutos cuando la puerta se abrió. Ella apareció gloriosamente desnuda, con una media sonrisa que dejó claras sus intenciones y que hizo que mi cuerpo reaccionara al instante.
Me disponía a ir a la radio y debía reconocer que estaba agotado. Hacía años que no pasaba una noche así. Además del tiempo que llevaba sin
acostarme con una mujer, es que no lograba recordar la última vez que me había pegado un maratón de sexo como aquel.
—Te veo saciadito, ¿eh? —ironizó Héctor.
—No tengo ni idea de lo que me hablas —respondí intentando desviar el tema, a pesar de que sabía que con Héctor sería prácticamente imposible.
—No, claro que no. Por eso metiste a Victoria anoche en tu habitación y no la has dejado salir hasta esta mañana. Y por la misma razón llevas esa cara y esas ojeras. Por la noche de sueño reparador que habéis pasado juntos.
—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones de lo que hago?
—No te las estoy pidiendo, solo constato un hecho.
—¿Y qué si me he acostado con Victoria? —No pretendía lanzarlo como un desafío, pero fue justamente así como sonó.
—Nada, nada, si a mí me parece perfecto —dijo mi amigo levantando las manos.
—Vamos, Héctor, sé que no lo vas a dejar estar, nos conocemos…
—Exacto, porque te conozco creo que la estás cagando.
—No te pillo. —Debo reconocer que sus palabras me desconcertaron, ya que mi amigo solía inmiscuirse muy poco en mis asuntos privados.
—Me parece maravilloso que metas a Victoria en tu cama y que tengáis sexo desenfrenado hasta que ella vuelva a su casa, pero recuerda que acaba de salir de una relación de diez años y que lo único que busca en estos momentos es pasárselo bien.
—Sí, hasta ahí llego —alegué.
—Yo creo que no. Leo, he visto cómo la miras. Sé que tú no eres como yo y que la mayoría de las veces te cuesta separar el sexo de otros sentimientos…
—No estoy enamorado de Victoria —me defendí.
—No digo eso, pero sé que vas a salir mal parado con todo esto.
—Tengo edad suficiente como para saber dónde me estoy metiendo.
—Lo sé. Y espero estar equivocándome.
No acababa de entender las palabras de Héctor. Solo me había acostado con Victoria una noche y, aunque estuvo genial, no despertó en mí sentimientos con los que no fuera capaz de lidiar. Además, si ella quería, tenía pensado continuar y repetir esa misma noche. No era mi intención dejar de pasar tiempo con ella, por mucho que mi amigo hubiera sido tan rotundo en lo que pensaba al respecto.
Entendía lo que quería decir y sabía que debería ir con pies de plomo, pero estaba seguro de que podría lidiar con ello. O eso esperaba.
Decidí que lo mejor era cambiar de tema.
—Y dime, doctor amor, ¿qué tal con la hermana estirada? —pregunté alzando varias veces las cejas.
—Ese es otro tema que me tiene intrigado, o más bien mosqueado. —Y
del rostro de mi amigo desapareció cualquier vestigio de simpatía.
Reconocía bien esa expresión que parecía convertirlo en una estatua de piedra. Por mucho que dijera que estaba cabreado, yo sabía que no era del todo así, ya que su gesto denotaba más preocupación que otra cosa. Lo que no entendí fue el motivo de dicha inquietud, aunque tampoco le pregunté.
Conocía muy bien a Héctor y sabía que no hablaría de nada hasta no estar preparado.
—Realmente esa chica saca lo peor de ti.
—Está claro, pero además esconde cosas y pienso averiguarlas. Esa mosquita muerta no sabe con quién está jugando.
—No creo que sea su intención jugar contigo, puedo asegurártelo por las miradas que te echa. No le gustas y eso te desconcierta, porque tú sueles atraer a todas las féminas.
—No, no le gusto y tienes razón en que no me pasa muy a menudo, aunque tengo intención de llegar hasta el final con ella.
—Eso suena a amenaza o a algo muy sexual.
—No es ninguna amenaza, es un hecho. Con respecto a lo otro, me exaspera tanto que acaba matando mi libido.
—Eso es mentira y lo sabes. Hay pocas cosas capaces de acabar con esa libido desmedida que gastas. Y debo recordarte que, aunque mi trabajo no es fijarme en todos los detalles como haces tú, también soy capaz de percatarme de según qué situaciones y he visto cómo te la comes con los ojos. Te crispa y te saca de quicio, pero te acostarías con ella.
—No creo que haya ningún tío que no se acostara con Jimena; es preciosa, pero insufrible. ¿Te la imaginas en la cama? ¿Será igual de estirada e insoportable? ¿Se sacará el palo que lleva metido en el culo? ¿Me dejaría que le metiera yo el mío?
—Ahí lo tienes, fantaseas con ella más de lo que estás dispuesto a admitir.
—Leo, yo fantaseo con todas las mujeres y puedo asegurarte que lo he hecho más con Victoria que con su hermana.
De mi garganta salió un gruñido involuntario que Héctor no tardó en echarme en cara.
—Y luego dices que sabes separar el sexo de otros sentimientos. Estás fatal, amigo.
Preferí no contestarle porque sabía que ese sonido me había dejado en evidencia. Así que lo que hice fue adelantarme y entrar en la emisora de radio donde iban a entrevistarme.
Tenía un día muy ocupado, pero, cuando parara un poco, había mucho en lo que debería pensar.
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