Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 44 de 52

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Con la música a otra parte

42. El comodín de la llamada

Darío

Estaba tan nervioso que la puñetera cajita con el anillo dentro me pesaba en los pantalones como si fuera de hierro forjado.

Cuando oí la puerta cerrarse, un sudor frío me recorrió la espalda. O me relajaba o me iba a dar algo.

—Aitana, ¿puedes sentarte? Me gustaría hablar contigo. —Nada más pronunciar aquellas palabras supe que fueron las más desafortunadas que podía haber elegido.

Ella se puso en tensión en cuanto las oyó.

—Sé que tú y yo no tenemos nada, pero, si quieres decirme que esto se ha terminado, prefería estar de pie. Ya sabía que se iba a acabar tarde o temprano… Supongo que solo se trataba de sexo… —Aitana empezó a farfullar y yo no pude evitar interrumpirla.

—¿¡Qué!? ¿Eso es lo que ha significado para ti? ¿Solo sexo? —Aquello no estaba yendo como yo imaginaba.

—Mira, Darío, voy a ser sincera contigo. Estoy tan confundida que no sé lo que quiero.

No deseaba que sus palabras me hicieran flaquear, pero ¿qué pasaría si Aitana me decía que no quería casarse conmigo? Mis hermanos parecían estar muy seguros de que diría que sí, en cambio yo cada vez tenía más dudas.

Soy una persona a la que le cuesta mucho tomar decisiones, le doy demasiadas vueltas a todo y analizo los pros y los contras cuarenta veces, no obstante, cuando finalmente las tomo ya no hay vuelta atrás. Solo esperaba explicarme lo suficientemente bien como para que ella lo entendiera.

—Aitana, siento mucho haberte hecho pasar por todo esto…

—¿Qué quieres decir? —preguntó a la defensiva.

—Déjame acabar o no seré capaz de hacerlo. Lo que quiero decir es que siento mucho que te hayas pasado tanto tiempo queriéndome sin ser correspondida. He sido un imbécil y no me he dado cuenta de la maravillosa mujer que tenía frente a mí. En mi defensa diré que desde el momento en que nos pusimos a compartir piso mis sentimientos por ti cambiaron, aunque ni yo mismo fuera consciente de ello. Salía lo más rápido posible del trabajo para poder cenar contigo. Jamás acepté irme a tomar algo con mis compañeros porque lo que más deseaba era llegar a casa, que cenáramos juntos y que nos acurrucáramos en el sofá a ver cualquier cosa.

Creo que fue ahí cuando empecé a quererte, aunque aún no lo sabía. —

Quise acercarme a ella y limpiarle las dos lágrimas que caían por sus mejillas, sin embargo, no lo hice porque me dio miedo que me apartara—.

Después todo se precipitó y empecé a mirarte de otra manera. Tú crees que fue debido a tu distanciamiento, pero yo sé que fue porque empecé a darme cuenta de lo que sentía y, al dejarlo salir, te deseé como no lo había hecho nunca con ninguna otra mujer. Y cuando nos acostamos la primera vez tuve claro que no había marcha atrás. Quiero que sepas que no es por el sexo, que también —intenté bromear—; es que ese es el momento en el que dejo caer todas mis barreras y supe que te quería conmigo el resto de mi vida.

Por eso quiero hacerte una pregunta. —Saqué la cajita del bolsillo de mi pantalón, clavé una rodilla en el suelo y recé a cualquier dios para que ella dijera que sí—. Aitana, ¿quieres casarte conmigo?

Ella me miró, parpadeó un par de veces haciendo que las lágrimas cayeran con más velocidad por sus mejillas y cuando por fin habló no dijo exactamente lo que yo tenía en mente.

—Lo siento, pero tengo que hacer una llamada.

Aitana salió disparada al baño y yo me quedé allí, de rodillas, sintiéndome el hombre más idiota del mundo. ¿Una llamada? ¿En serio?

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