Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 2 de 52

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Con la música a otra parte

Prólogo

Victoria

—¡Como no os deis prisa, no llegamos! —grité desde la puerta de la calle.

Parecía mentira que fuesen mis hermanas las que estaban deseando asistir a ese concierto.

—Os prometo que me quedo en casa, no tengo ningunas ganas de ver a ese tío cantando canciones que ni siquiera me gustan y menos aún cargar con todas vosotras —insistí, sin que nadie me hiciera el menor caso.

Llamaron a la puerta haciendo que me sobresaltara, y eso que sabía que ella estaba a punto de llegar. Apoyé la mano en el pomo y abrí.

—Hola, Victoria. No vuelvas a pedirme algo así, porque te diré que no.

—Mi amiga Aitana había accedido a venir con nosotras.

—Lo que espero es no tener que volver a acompañarlas yo tampoco. No te imaginas lo mucho que te lo agradezco —dije al abrazarla.

—De nada, aunque ya sabes que tarde o temprano me lo cobraré. No descartes tener que invitarme a cenar al sitio ese que nos gusta tanto.

—Dalo por hecho. Esto sería insoportable si tuviera que ir yo sola.

—Victoria, no te engañes. Va a ser insoportable de todos modos —

respondió entrando en casa y observando alrededor.

—No fisgonees, que no está. Darío ha salido con su nueva novia —

expliqué cruzándome de brazos.

—No estaba buscando a nadie —se defendió.

—Por supuesto que no —ironicé, porque sabía que no era cierto.

—No es que me importe demasiado, pero como no se espabilen llegaremos tarde —alegó mi amiga, cambiando de tema.

Esa noche, Leo, el cantante de moda, daba un concierto en Málaga y mis hermanas pequeñas se morían de ganas de asistir, pero al ser menores de edad a mi madre se le había ocurrido la maravillosa idea de que yo las vigilara. Creo que fue por no oírlas más, ya que a pesadas no las ganaba nadie, y porque ella no tenía ninguna intención de ir, eso también.

Así que yo había recurrido a mi amiga Aitana para que fuese conmigo y no tener que estar toda la noche oyendo los gritos histéricos de las tres locas a las que nos tocaba acompañar. Y, sí, he dicho «tres», pues a mis dos hermanas se había sumado la amiga del alma de Jimena.

—¡Si en dos minutos no estáis aquí, me voy con Aitana a tomar algo! —

grité sin esperar respuesta.

Por fin esas tres bajaron y cuando las vi puse los ojos en blanco.

—¿De verdad pensáis ir así en el bus? —Aitana verbalizó lo que yo misma pensaba—. ¿No os da vergüenza?

—¿Y eso qué leches es? —respondió resuelta Jimena, mi hermana pequeña.

No, desde luego que ella no tenía ni idea de lo que era eso. En mi casa éramos cinco hermanos, tres chicas y dos chicos, y parecía que la sensatez se fue perdiendo a medida que nacíamos. Darío, mi hermano mayor, era el más estudioso y centrado de todos. Después venía yo, que, sin pretender echarme flores, también era una chica bastante cabal. José, el tercero, directamente estaba poco centrado, y Jimena carecía por completo de raciocinio y menos aún de vergüenza. La excepción podría ser Rocío, la pequeña —aunque no compartía genética con nosotros, pero eso era otro tema—. Porque, a pesar de que ya empezaba a mostrar signos de que algo de cordura se había quedado por el camino, no era comparable a la locura de Jimena.

Y todo esto venía porque Rocío, Jimena y su amiga Carmen llevaban la cara y los brazos pintados con el nombre del cantante, una enorme pancarta

donde podía leerse: «Leo, te queremos» y camisetas a juego. Todo muy discreto, sí.

—Os pondréis en la otra punta del autobús, no pienso ir cerca de vosotras con esas pintas —declaré con seriedad.

—Que sí, lo que tú quieras, pero vámonos ya o llegaremos tarde.

—«¿Será…? Me dice eso después de llevar casi un cuarto de hora esperándolas en la puerta», pensé.

Cuando llegamos, supe que la noche iba a ser muy muy larga. Un montón de adolescentes cantaban a voz en grito las canciones de Leo mientras hacían una interminable cola para entrar. Miré a Aitana y resoplé.

—Esta me la apunto, me debes una y muy grande.

—Lo sé, lo sé.

Estuvimos toda la noche pendientes de las tres insensatas. No sé cómo terminaron consiguiéndolo, pero acabamos en primera fila (con todo lo que eso conlleva, porque no había recibido tantos codazos, empujones y pisotones en toda mi vida). Mi hermana Jimena incluso lanzó su sujetador al escenario. Yo no sabía dónde meterme.

El camino de vuelta se lo pasaron alucinando con lo que habían vivido y yo me moría de ganas de meterme en la cama. Tenía un dolor de cabeza…

Aitana fue la primera en bajarse. Era extraño que no se quedara a dormir en mi casa, pues siempre que salíamos juntas lo hacía, si bien ese día prefirió marcharse a la suya. La entendía; si yo pudiera, también me alejaría cuanto antes de aquellas tres.

Después bajamos todas del autobús y acompañamos a Carmen, que vivía cerca de nosotros. Tuve que llamarles la atención un par de veces por los gritos que daban y porque no había manera de que se despidieran. Yo solo tenía veintiún años, pero cuando salía con ellas me daba la sensación de que era mucho más mayor.

En cuanto abrimos la puerta de casa vimos que nuestra madre nos esperaba despierta.

—¿Qué tal ha ido, chicas? —preguntó con una enorme sonrisa, y a mí me dieron ganas de decirle que si tanto le interesaba podría haber ido ella, pero me callé.

Mis hermanas se sentaron a su alrededor para hacerle un resumen detallado de lo que había sido la noche. Yo me encaminé hacia mi cuarto.

—Buenas noches, me voy con la música a otra parte —dije alzando la mano a modo de despedida.

—Uy, pero qué chisposa eres —se burló Jimena. Yo le hice una peineta y me fui de allí.

—Buenas noches, cariño —contestó mi madre, porque las otras dos estaban demasiado ocupadas hablando a la vez.

Esa noche creo que me dormí en cuanto puse la oreja en la almohada.

Había sido el primer concierto al que asistí en mis veintiún años de vida y ni siquiera me gustaba el cantante, y menos aún su música.

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Doce años después

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