Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 26 de 52

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Con la música a otra parte

24. Vámonos a casa

Darío

Esa noche Aitana y yo íbamos a asistir al cumpleaños de mi hermana y, como hacíamos siempre que visitábamos a mi familia, decidimos ir juntos.

Estuve un rato, sentado en el sofá del salón, esperando a que ella terminara en el baño.

Analicé la conversación que habíamos mantenido esa misma mañana, en la que le pedí que le comprara algo a Rocío de parte de los dos —siempre lo habíamos hecho así—. Sin embargo, esa vez me dijo que, si quería regalarle algo, que me encargara yo, que ella estaba demasiado ocupada. No habría tenido mayor importancia si no hubiese sido por el tono que empleó al hablarme.

Acababa de darle un sorbo a la cerveza que estaba bebiendo y a punto estuve de escupir todo el contenido cuando Aitana se colocó frente a mí. Si el otro día, con aquel vestido negro, me parecía que estaba preciosa, esa noche se había superado.

Quise decirle muchas cosas, pero, como venía siendo habitual en mí, me callé.

—¿Nos vamos? —pidió ella.

Dejé que pasara ella primero y me perdí en el olor tan característico que Aitana desprendía, incluso cuando no llevaba perfume. Ella siempre me había olido a sol, a mar y a hogar. Aspiré con fuerza y cerré los ojos dejando que esa esencia invadiera mis fosas nasales e intentando retenerla todo lo que pude.

—¿Qué haces, Darío?

Aitana se había girado y me había pillado oliéndola. Lo peor de todo debía de ser la cara de imbécil que tendría.

—Nada. Vámonos —acerté a decir.

Cuando llegamos al bar donde Rocío iba a celebrar su cumpleaños y vi a José mirar y caminar hacia Aitana, tuve ganas de cogerla de la mano e irme con ella de allí, pero estaba claro que no podía hacer eso. Así que aguanté como pude el escrutinio y el sobeteo de mi querido hermano a Aitana. No logré quitarme de la cabeza si siempre se había comportado así con ella y dónde cojones estaba yo cuando aquello pasaba.

Resistí la cena como buenamente pude y los acompañé al local, pero, cuando José y Aitana se pasaron bebiendo y empezaron a acercarse de manera más íntima, decidí que había llegado el momento de marcharme.

Primero fui hasta donde se encontraba Rocío para despedirme.

—Hermanita, me marcho, estoy agotado.

—Si es por eso me parece bien, por lo que no quiero que lo hagas es por ellos. —Señaló con la cabeza a José y a Aitana—. Lo único que él está haciendo es intentar ponerte celoso.

—¿Celoso de qué? —solté como si me hubiese dicho algo del todo fuera de lugar. Como si no me estuviera consumiendo por dentro el verlos tontear de esa manera.

—No intentes disimular conmigo, he visto cómo la miras.

—Rocío, es Aitana. Nos conocemos de toda la vida.

—Eso ya lo sé; sin embargo, te jode ver a José con ella. No puedes negarlo.

No, no podía, pero tampoco iba a reconocerlo delante de mi hermana pequeña. Si dijera algo así, al día siguiente tendría que asistir a una reunión con todos mis hermanos en la que debería dar unas explicaciones para las que no estaba preparado.

—Buenas noches, hermanita. Acaba de disfrutar de tu día.

—Buenas noches, cabezota —me recriminó mientras me abrazaba.

Rocío siempre había despertado mi lado más tierno y protector.

Seguramente por lo rota que llegó a casa, por el esfuerzo que vi que hacía cada día por recomponerse, por lo perdida que estaba y por la fuerza que siempre mostró.

Respondí a su abrazo con fuerza y la besé en el pelo. Después me dirigí a la barra, que era donde estaban Aitana y mi hermano.

Carraspeé para que José sacara su cara del cuello de ella. De pronto, tuve unas enormes ganas de encontrarme en cualquier otro sitio.

—Me voy a casa —anuncié.

—¿Ya, hermanito? Cada día que pasa eres más soso.

Estaba hasta las narices de que todos me dijeran esas cosas, aunque sabía que no era el momento de empezar una discusión.

—Espera, que me voy contigo. —Las palabras de Aitana nos sorprendieron a los dos.

—Pero si estamos en lo mejor de la noche… —protestó José.

—No lo dudo; aun así, soy incapaz de beber nada más. —Estaba seguro de ello porque Aitana tenía la voz pastosa y arrastraba las palabras.

—No me dejes solito —le pidió mi hermano poniendo su mejor cara de niño bueno, gesto que le funcionaba casi siempre y que me entraron ganas de borrar de un guantazo.

Aitana se rio y yo me giré a mirarla. El sonido de su risa erizó mi piel.

—Como si fueras a estar mucho tiempo solo. Anda, ve a ver a tu hermana Rocío y dile que te presente a alguna de sus amigas.

—No, mejor no —respondió José con sequedad—. No te preocupes, algo se me ocurrirá. Y lo dicho, si alguna noche te sientes sola, solo tienes que llamarme.

¿Pero qué cojones…? No me dio tiempo a pensar en nada más porque Aitana entrelazó sus dedos con los míos, como habíamos hecho en muchas

otras ocasiones. Lo que no entendía era el motivo por el cual esta vez sentí esa caricia de manera tan diferente.

—Vámonos a casa —pidió, y nunca tres palabras me habían sonado tan bien.

Desde luego no tenía ni la más remota idea de lo que se me venía encima.

Tuvimos que esperar diez minutos para coger un taxi y, cuando llegó, a Aitana parecía que le había subido todo el alcohol de golpe. Ya no tenía la voz pastosa, en esos momentos costaba entenderla de lo que se atrabancaba.

Cuando por fin entramos en el taxi, ella se recostó en mi hombro y suspiré porque pensaba que se quedaría dormida. ¡Ingenuo de mí!

Aitana giró la cabeza. Estaba tan bebida que sabía que no era consciente de lo que hacía, pero eso no evitó que, al notar sus labios en mi cuello, contuviera la respiración.

—Aitana, ¿qué haces? —susurré con la voz muy ronca.

Ella no contestó, pero emitió una especie de jadeo que hizo que tuviera que acomodarme el pantalón.

Intenté retirarla con suavidad, sin embargo, volvía a la carga sin que yo pudiera evitarlo. Y, cuando noté su lengua recorrer mi cuello, me quedé tan paralizado que fui incapaz de apartarla. Eso hizo que se envalentonara y cuando mordió el lóbulo de mi oreja quien jadeó fui yo.

Menos mal que el local no estaba lejos de nuestra casa, porque, si hubiese tenido que pasar un minuto más en aquel coche, no habría descartado tirarme de él, aunque fuera en marcha.

Pagué al taxista y ayudé a Aitana a entrar en el portal de casa. Al llegar al ascensor la apoyé en la barandilla y me aparté de ella unos instantes, necesitaba dejar de tocar su cuerpo.

Fue un error.

Aitana, al verse libre de mí, empezó a bajarse el tirante del vestido y yo me quedé inmovilizado por completo. Cuando dejó al descubierto un impresionante sujetador de encaje de color negro, supe que tenía que reaccionar. Esa prenda era demasiado sexi y no solo eso, sino que las transparencias hacían que se vieran, sin ninguna dificultad, sus pezones erectos. Tragué saliva y supe que jamás sería capaz de borrar aquella imagen de mi cabeza.

—Aitana, ¿serías tan amable de dejar de desnudarte? —farfullé intentando tragarme el nudo que se había formado en mi garganta.

—No. —Y su firme negativa me pilló por sorpresa—. A ti… qué…

qué… más te da. Podría quedarme desnuda… de… delante de tiii… y no teee importaría…

¡La hostia! Si Aitana se desnudaba, yo tendría que salir corriendo de allí.

Me acerqué a ella y la saqué del ascensor deseando meterla en su cama y que se durmiera hasta el día siguiente, cuando recuperaría la cordura y volvería a ser la Aitana de siempre.

Al entrar en nuestro piso se fue trastabillando con todo y decidí cogerla en brazos antes de que se hiciera daño. Al estar tan cerca, ella volvió a colocar sus labios en mi cuello, estuve a punto de soltarla. Si supiera lo que esa caricia me hacía sentir…

La tumbé en la cama en cuanto llegamos a su cuarto y parecía que por fin el cansancio había podido con ella. Le quité los zapatos y me di la vuelta para marcharme, pero, al mirarla, vi su vestido enrollado en su cintura y pensé en lo incómodo que sería pasar la noche así.

Volví a colocarme junto a ella y le bajé el vestido hasta quitárselo.

Cualquiera que me viera se hubiera reído de mí, porque hice todo lo posible para que mis manos no tocasen su piel.

Por supuesto, las braguitas que Aitana escogió eran iguales que el sujetador, con el mismo encaje y transparencias, y a mí me dio la sensación

de que la habitación se quedaba sin oxígeno.

Tenía que largarme de allí, sin embargo, lo que hice fue acercarme a ella y apartarle un mechón de pelo que había caído en su cara. Cuando Aitana pronunció mi nombre en una especie de gemido, salí de su habitación como si me persiguiera el mismo diablo.

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