Con la música a otra parte
6. Los problemas de creerse un dios
6. Los problemas de creerse un dios Victoria
Me había costado la vida adecentar mi aspecto para presentarme a la dichosa cena. No por nada, sino porque la resaca me dejó la mayor parte del día casi sin poder moverme. Y, con el esfuerzo que me supuso todo eso, lo que me encontré cuando llegué allí fue a un tío que solo sabía hablar de sí mismo y que pensaba que el mundo giraba en torno a él. Dios mío, qué ganas tenía de regresar a casa y volver a meterme en la cama.
Cuando me preguntó cuál era mi canción favorita, me quedé en blanco.
Vale que mi hermana me había puesto la música de aquel cantante hasta que la aborrecí, pero no recordaba ningún título. Nunca me interesó.
Si íbamos a pasarnos toda la cena hablando de él y de su música, aquello resultaría un monólogo de lo más aburrido porque poco podía aportar yo.
—Sinceramente, no eres la persona que esperaba encontrarme —me soltó después de unos instantes callados, y yo abrí los ojos como platos.
Menudo imbécil maleducado.
—No, supongo que no. Imagino que estás tan acostumbrado a que un puñado de crías levanten tu ego que se te ha olvidado cómo mantener una conversación con una mujer sin ser tú el centro de atención.
Me arrepentí de mis palabras en cuanto salieron de mi boca. Estaba allí para ayudar a mi hermana, no para dar rienda suelta a lo que pensaba de semejante… hombre.
Desconocía cómo iba a reaccionar él, pero desde luego la carcajada que se le escapó a continuación no era lo que yo tenía en mente.
—De verdad que lo siento. Verás, creo que ha habido un malentendido…. —me disculpé.
—No lo sientas. Cuando antes he dicho que no eras lo que me esperada, intentaba hacerte un cumplido, aunque por lo visto no me ha salido como esperaba. Y es que pocas veces tengo la oportunidad de conversar con alguien a quien le soy tan… indiferente.
—No es eso, es que…
—Con todo, me encantará oír a qué tipo de malentendido te refieres.
—Es lo que trataba de explicarte. —«Y si dejaras de interrumpirme lograría hacerlo», pensé para mí—. La que llamó a la radio, y por tanto la ganadora del premio, fue mi hermana Jimena, pero ella no se encontraba muy bien hoy y me ha preguntado si podía venir yo en su lugar. Ha contactado con la radio y con el restaurante para que cambiaran su nombre por el mío y no ha habido ningún problema.
—Ya entiendo… Entonces empecemos desde cero. Hola, mi nombre es Leo. —La sonrisa que se le dibujó al acercarse para dame dos besos fue tan genuina que de manera involuntaria también se plantó en la mía. Si bien se me borró de golpe cuando sus labios se posaron muy cerca de mi boca, incluso puse los ojos en blanco. Ese tío debía de estar tan acostumbrado a que las mujeres le arrojaran bragas al escenario que todo aquello tenía que salirle de manera innata. Pues conmigo lo llevaba claro.
—Yo soy Victoria, pero será mejor que corra el aire entre nosotros.
—¿Tanto miedo te doy? —preguntó socarrón.
—Lo que me da miedo es que tu ego se rompa y algún pedazo golpee mi cara.
Volví a darme cuenta de que me estaba pasando, pero con aquel tío me salía solo. No me gustaba y no tenía ninguna intención de causarle buena impresión. Eso sí, debía hablarle cuanto antes de mi hermana.
Justo en ese instante llegó el camarero.
—Hola, Ricardo. Puedes traernos dos platos de lo de siempre —le pidió.
—¿Vas a comerte dos platos tú solo? —le pregunté alzando una ceja, porque temía lo que iba a responder.
—No, uno es para ti. —Justo lo que pensé.
—Ah, pero es que no es eso lo que yo quiero. Soy lo suficientemente mayorcita y mentalmente independiente como para ser capaz de elegir mis propios platos y, por lo tanto, decidir lo que me apetece comer en cada momento. A mí tráigame uno de esto —le dije al camarero mientras señalaba un plato que elegí al azar.
La verdad era que me daba igual lo que comer, a mí me gustaba todo, pero me reventaba que eligieran por mí. Aunque más rabia me daba aún la media sonrisilla que Leo parecía ser incapaz de borrar de su cara.
—¿A qué te dedicas, Victoria? —preguntó cambiando de tema, cosa que le agradecí.
—Para abreviar te diré que me encargo de las redes sociales de mi hermana y de otras personas. —No entré en detalles de que, además de todo eso, Jimena me tenía por su esclava personal.
—Vaya, qué interesante. Yo soy un desastre; a pesar de ello, hasta ahora las he llevado yo mismo.
—¿En serio? —Me extrañé porque ese tío debía de tener muchísimos seguidores y era imposible que pudiera estar pendiente de tantas cosas como requerían cuentas tan grandes.
—Sí, pero no descarto contratar a alguien, así que háblame de ti y véndeme lo que haces.
No voy a decir que no me gustara la idea de trabajar para uno de los cantantes más famosos del planeta, eso me daría cierto nombre y se me abrirían muchas puertas. Por ello, el resto de la cena se convirtió más en una reunión de negocios que en otra cosa. Agradecí ese cambio de tercio porque él se comportó como un profesional, haciendo las preguntas adecuadas y yo, desde luego, también.
Cuando terminamos, Leo cambió los dos besos por un apretón de manos y a mí me pareció estupendo.
Antes de irse me pidió mi número de teléfono por si, finalmente, se decidía a contar con mis servicios. Por supuesto, se lo di.
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