Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 17 de 52

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Con la música a otra parte

15. Ya me iba

Victoria

Leo estaba a punto de besarme y yo iba a responder a ese beso con muchas ganas. No sabía qué me pasaba ni cuál era el motivo por el que notaba como si una fuerza tirara de mí y me resultara imposible apartarme para no besarlo. Quizá me encontraba demasiado desentrenada en lo que a hombres se refería, hacía mucho tiempo que no sentía esa anticipación ni esas cosquillas recorriendo mi cuerpo, pero estaba segura de que lo básico no lo había olvidado. Y, aunque él y yo no habíamos empezado con buen pie, tenía claro que una cosa no quitaba a la otra y que, por muy mal que me cayera cuando lo conocí, no podía negar la atracción que Leo despertaba en mí. Lo que no imaginé era que él también la sintiera por mí. Tal vez solo era la mujer que tenía a mano en esos momentos, pero iba a aprovechar la ocasión. ¿No le había dicho hacía un momento a Héctor que necesitaba un buen polvo?, pues ahí tenía mi oportunidad. Era un hecho que si había alguien bueno en la cama debía de ser Leo, simplemente porque practicaba mucho más que la media.

Cuando nuestros labios estaban a punto de tocarse, llamaron a la puerta dando al traste con mi noche de pasión desenfrenada.

Leo se movió con lentitud y abrió soltando un gruñido.

—Bueno, pues la simpática acaba de meterse en la cama. Esa mujer esconde cosas… —Héctor se calló al percatarse de mi presencia—. ¡Joder!

Perdón, no sabía…

—No pasa nada, yo ya me iba —aclaré mientras me encaminaba hacia la salida—. Buenas noches —susurré al marcharme, y cerré la puerta antes de obtener una respuesta.

Al entrar en mi habitación la encontré a oscuras y mi hermana parecía dormir ya, por lo que no tuve ocasión de preguntarle dónde había estado.

Como sabía que me iba a costar conciliar el sueño, me metí en el baño para intentar serenarme unos minutos.

¿De verdad se trataba de una buena idea lo que había estado a punto de pasar entre Leo y yo? ¿No era demasiado pronto para tener una aventura con alguien? ¿Estaba preparada después de mi ruptura con Luis?

Como si lo hubiera invocado, justo en ese instante sonó mi móvil y al leer el mensaje me quedé paralizada.

Luis:

Buenas noches, Vic. Te echo de menos.

Y fue como si me hubieran derramado un cubo de agua fría por encima.

Que se acordara de mí para desearme las buenas noches, el diminutivo de mi nombre que solo él usaba y la última demoledora frase. ¿Por qué me hacía aquello? Fue él quien me dejó. No se daba cuenta de que esos mensajes solo me causaban dolor. Estuve a punto de pedirle que dejara de mandármelos, sin embargo, opté por ignorarlo. No quería empezar una conversación con él de la que saldría peor de lo que estaba.

Luis fue mi pareja durante los últimos diez años, antes de él solo tuve un par de relaciones de poca importancia, pues empezamos jóvenes. No había sido solo mi novio, es que pasamos por tantas cosas juntos… Tantos momentos buenos y malos.

Era la primera persona en la que pensaba cuando me sucedía algo y me estaba costando horrores no coger el teléfono y explicarle cualquier cosa que me pasaba, por insignificante que fuera.

La situación me mataba porque no tenía claro a qué enfrentarme. No entendía si su intención era volver conmigo o pasar página, y yo necesitaba

saberlo porque no podía continuar con mi vida sin comprender si esa decisión sería algo definitivo o podía albergar algún tipo de esperanza.

La única certeza con la que contaba era que estaba hecha un lío.

Salí del baño y me metí en la cama. Como ya esperaba, di un montón de vueltas sin lograr conciliar el sueño.

—Para de una vez, Victoria —me pidió Jimena desde su cama, y advertí su voz pastosa, como si estuviera bebida, algo impensable en mi hermana.

—Jimena, ¿has bebido?

—Claro que no. Duérmete —me ordenó, dando por zanjada nuestra conversación.

A veces me preguntaba dónde estaba la Jimena que me volvía loca cuando éramos jóvenes, aquella que no iba siempre de diva ni se mostraba distante ni fría. Parecía como si hubiera alzado un muro alrededor de ella por el que ni se podía entrar ni ella dejaba salir un ápice de sensibilidad.

No fue un cambio paulatino, como cabía esperar; era normal que no se comportara en esos momentos como lo hacía con veinte años, pero mis hermanos y yo coincidíamos en que algo debía haberle pasado para que cambiara de manera tan radical de la noche a la mañana.

Sin embargo, por mucho que insistimos —y lo hicimos hasta la saciedad: juntos, por separado, de dos en dos…—, no hubo manera de que nos explicara si le había sucedido algo que la hiciera volverse así. Lo único que alegó una y otra vez fue que ya era hora de que madurara.

Ninguno la creímos.

No recuerdo a qué hora me dormí, pero cuando me sonó el despertador a la mañana siguiente tuve ganas de lanzarlo contra la pared.

Jimena me dejó una nota informándome de que salía a correr. Y yo me fui directa a la ducha para ver si lograba despejarme un poco.

Cuando me tomé el segundo café, Jimena ya había regresado y al salir de nuestra habitación la dejé con toda la ropa que había llevado encima de su cama, porque no sabía qué ponerse esa noche. Yo ni siquiera había pensado en ello.

Llamé a la puerta de Héctor y al abrirme me faltó el aire, a punto estuve de que el portátil se me cayera de las manos.

—Ya sabes que no me siento atraída por ti, pero también eres consciente de la falta que me hace una buena sesión de sexo. Vamos, vístete, que una no es de piedra.

Héctor soltó una carcajada y se adentró en su cuarto con una simple toalla enrollada en la cintura.

—Eres tú quien ha irrumpido en mis aposentos. —Ahí debía darle la razón. Cada uno iba como quería en su cuarto.

—No sé si tienes pensado salir, pero he venido a apropiarme de tu habitación. Jimena ha monopolizado la mía.

—Tu hermana me tiene muy intrigado, y puedo asegurarte que eso no me pasa con frecuencia.

—Pues no sé qué puede tener para despertar eso en ti. —Jimena era, posiblemente, la persona menos intrigante que conocía.

—Yo tampoco —respondió mientras entraba en el baño.

Unos minutos más tarde, Leo se presentó en el cuarto de Héctor. Tenían que ir a algún sitio.

—¿Dónde está Héctor? —preguntó al no verlo en la habitación.

—En el baño —contesté mientras colocaba todas mis cosas encima de la mesa.

Justo en ese momento Héctor salió gloriosamente mojado y con la misma toalla que llevaba antes.

—Pensaba que te estabas volviendo loca y habías empezado a hablar sola —dijo dirigiéndose a mí.

—No creas, no me queda mucho —respondí, sin ser capaz de quitarle los ojos de encima.

—¿No puedes taparte un poco? —sugirió, o más bien ordenó, Leo.

—No sabía que te incomodaba mi desnudez —bromeó Héctor a la vez que daba una vuelta sobre sí mismo, y a mí me faltó poco para desencajar la mandíbula. En cambio, a Leo no pareció hacerle ni pizca de gracia.

—Anda, vístete, que tenemos que irnos.

Héctor cogió la ropa del armario y volvió a meterse en el baño. Yo me giré para ponerme a trabajar. Hasta que las palabras de Leo hicieron imposible que me concentrara en nada.

—¿Te apetece cenar esta noche conmigo?

¿Me apetecía? Sí, claro que sí. ¿Era una buena idea? No, desde luego que no. Con el cacao mental que tenía, lo último que necesitaba era complicarlo más acostándome con él.

—Sí, me apetece. —¿Era eso lo que tendría que haber contestado? Por supuesto que no.

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