Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 24 de 52

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Con la música a otra parte

22. Conversación telefónica

Victoria

Hacía dos días que había regresado, la vuelta a la rutina me estaba costando más de lo que creí en un principio. Desde luego no ayudaba que Luis se hubiera presentado en casa de mis padres para hablar conmigo.

Mi madre estuvo a punto de cerrarle la puerta en las narices, y es que, por muy bien que se llevara con él cuando estuvimos juntos, no le perdonaba que me hubiese dejado y menos aún que me hiciera daño.

Yo salí y nuestra conversación fue breve. No podía creer que se presentara allí después de lo que le dije la última vez que hablamos.

—Ya lo sé, Victoria. Soy consciente de que no estoy haciendo las cosas bien, pero es que no sé hacerlas de otra manera. Lo que tengo claro es que te echo mucho de menos.

—Luis, no puedes venir aquí y decirme eso después de haberme dejado.

¿Tan difícil es de entender?

—Dame tiempo, Victoria. Por favor, no rehagas tu vida aún —suplicó.

—¿Es que no ves que ese es el puñetero problema? ¿Cómo puedes presentarte en casa de mis padres y pedirme tal cosa? El simple hecho de que lo menciones es egoísta y cruel, solo porque te dé miedo que yo rehaga mi vida y que no sea tu plan B. Por si acaso la gran idea de recuperar el tiempo perdido no te sale bien.

—No se trata de eso…

—Sí, es totalmente así y lo sabes. Deja de marearme, Luis.

—Lo siento mucho, Victoria. Sé que es difícil de creer, pero lo último que deseo es hacerte daño —se lamentó. Y, a pesar de que un nudo me atenazaba la garganta, no flojeé.

—Pues, para no querer, lo estás haciendo realmente mal.

—De verdad que lo lamento.

No quería continuar hablando, porque toda esa situación estaba haciendo que me entristeciera y que me asaltaran unas enormes ganas de llorar. Y me negaba a que la visita de Luis me afectara de aquella manera. Así que me despedí de él prácticamente echándolo y volví a mi cuarto para continuar trabajando, si bien fui incapaz de concentrarme.

A pesar de tener cuarenta años, Luis era un inmaduro que no sabía lo que quería y que pretendía tenerme de comodín por lo que pudiera pasar.

Resoplé porque a mí lo que me gustaría sería desaparecer e irme a una playa paradisíaca y desierta. A pesar de que sabía que con eso lo único que hacía era huir y no enfrentarme a nada, me hubiera venido de muerte.

Otro tema en el que no podía parar de pensar era en que Leo no me había llamado ni sabía nada de él desde que nos despedimos en la puerta de mi casa hacía ya dos días. No se trataba de que esperara que muriera de anhelo por mí, pero lo de mantener el contacto fue idea suya; ¿por qué me pedía permiso para llamarme si no iba a hacerlo?

Por primera vez en muchos días había logrado darme una ducha más o menos larga sin que nadie me interrumpiera. Cené con mis padres y con José, ya que a Rocío le tocaba guardia, y me fui a la cama prontito, pues tenía un libro en el que no había podido dejar de pensar en todo el día de lo enganchada que me tenía. Justo cuando lo terminé y una enorme sonrisa se dibujó en mi cara —era de ese tipo de novelas que te dejan un buen sabor de boca—, sonó mi teléfono. Al mirarlo y ver de quién se trataba, me dio la sensación de que me había leído el pensamiento.

—Hola, Victoria.

—Hola, Leo. ¿Qué tal la gira?

—Agotadora, ya sabes. —Parecía más serio y distante—. He dudado mucho si llamarte o no. Quizá lo único que haga al querer continuar manteniendo el contacto contigo sea complicar las cosas.

—¿Qué te parece si no adelantamos acontecimientos y vamos sobre la marcha? Si con los días vemos que no nos sentimos cómodos o cualquier otra cosa, lo decimos y listo.

—Sí, supongo que podemos hacerlo así. ¿Qué tal te va por casa de tus padres?

—Pues igual que siempre. Mi hermano José insiste en que vuelva a salir con él y con sus amigos de fiesta, y a mí solo de pensar en tener una resaca como la de la última vez me dan ganas de llorar.

—Yo te vi estupenda la noche siguiente.

—Sí, porque me había tomado un par de ibuprofenos y porque mi hermana Jimena me da tanto miedo que soy capaz de ir a cenar con un cantante engreído y ególatra con tal de no oírla luego —bromeé.

—Es obvio que los adjetivos utilizados para describir a dicho cantante no le hacen justicia. Yo utilizaría, mejor, «increíblemente atractivo», además de «agradable y simpático».

—¿Algo más?

—Uff, se me ocurren un buen puñado.

—Egocéntrico —murmuré.

Continuamos bromeando hasta que unos instantes de silencio se instauraron entre nosotros y la conversación tomó otro rumbo con la siguiente pregunta de Leo:

—¿Qué llevas puesto?

Jamás en mi vida pensé que fuera capaz de hablar así con nadie ni de que una conversación telefónica pudiera ponerme tanto. Y nunca hubiera imaginado que el sexo telefónico llegara a ser tan increíble.

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