Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 31 de 52

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Con la música a otra parte

29. Acabará pasando

Victoria

Esa noche salíamos a cenar a Palocortado, un restaurante que solíamos frecuentar. Iríamos todos mis hermanos y Aitana, por supuesto. También aprovecharíamos para conocer al nuevo novio de mi hermana Rocío. Había perdido la cuenta de a cuántas parejas nos había presentado, y es que no le duraban demasiado.

Estaba terminando de peinarme cuando José entró en mi cuarto.

—¿Por qué no vas a molestar a Rocío y me dejas a mí en paz? —me quejé.

—Rocío no está en casa. Va directamente con Dani. —Me giré a mirarlo porque pareció escupir el nombre del novio de nuestra hermana y eso me puso en alerta.

—¿Lo conoces? No me digas que es como el último, por favor. —El anterior novio de Rocío resultó ser un impresentable, jamás entendí qué había visto mi hermana en él.

—No, no tengo ni idea de quién es —casi gruñó.

—Entiendo que Rocío es la pequeña y que todos tenemos muy desarrollado nuestro instinto de protección hacia ella, pero esta noche intenta no ser desagradable.

—¿Estás lista o me voy solo? —refunfuñó mientras salía de mi cuarto.

Cogí el bolso y lo seguí. No pude evitar mirar el móvil antes de guardarlo dentro, Leo me había llamado un par de veces. Desde que se fue, se acabó lo de hablar todas las noches, puesto que siempre tenía poco tiempo, y la situación entre nosotros cada vez se enfriaba más. Suspiré.

Pensaba que, después de que Luis me dejara tras estar diez años con él, lo

que pasara con Leo no iba a afectarme, pero me equivoqué. Era absurdo porque, aunque el tiempo que estuvimos juntos resultó intenso, no fue demasiado; sin embargo, no lograba evitar que doliera. Se trataba de algo contra lo que no podía hacer nada porque, por mucho que me empeñara en no pensar en él, no lo conseguía.

Mi hermano aparcó bastante cerca del restaurante y, como siempre, llegamos los últimos.

Rocío nos presentó a Dani, que resultó ser un tío guapísimo. En cuanto le di dos besos mis ojos se desviaron hacia Aitana y levanté una ceja, ella me correspondió bizqueando. Por supuesto, no fui capaz de callarme.

—Hay que reconocer el buen gusto que tiene mi hermana —solté, volviendo a centrar mis ojos en Dani.

—Sí, sí, sí —secundó con entusiasmo Aitana, ganándose una mirada asesina por parte de Darío.

—Muchas gracias —respondió el aludido, algo azorado. Pobrecito mío, no tenía ni idea de dónde se había metido.

—¿No podéis ser un poquito más discretas? —nos regañó Jimena.

—Con esa pregunta lo único que entiendo es que tú también lo has pensado, solo que no lo has dicho.

Mi hermana puso los ojos en blanco y yo fui a sentarme al lado de Aitana, pero José se me adelantó. Así que tuve que hacerlo en el único sitio que quedaba libre, entre Dani y Jimena.

Mientras esperaba a que llegaran los platos, me levanté para ir al baño y, justo cuando entraba, me crucé con él.

—¡Hola, Victoria! Estás guapísima.

Él también estaba muy guapo.

—Hola, Luis. ¿Qué tal?

—Bien, he venido a cenar con Andrés y con Toni. Pásate a saludarlos, me han preguntado varias veces por ti.

Hacía mucho que no los veía, así que cuando salí del baño me acerqué a la mesa donde estaban.

—Mirad a quién me he encontrado por ahí —dijo Luis.

—Hostia, Victoria, cuánto tiempo sin verte —exclamó Andrés dándome un abrazo.

Luis puso una silla a la mesa para que pudiera sentarme.

—Tengo que irme —me excusé.

—No pasa nada por cinco minutos —aclaró Luis.

Sin embargo, los cinco minutos se alargaron y tuve que levantarme para avisar a mis hermanos de que estaba en otra mesa. A ninguno pareció hacerle mucha gracia que los dejara para ir con mi ex, pero yo me sentía realmente a gusto. Había olvidado lo bien que lo pasaba con ellos.

Sabéis lo que es la ley de Murphy y en qué consiste, ¿verdad? Pues eso… Justo en ese momento mi teléfono sonó y supe que se trataba de él.

Lo saqué del bolso y me percaté de que Luis vio el nombre de quien llamaba, aunque me dio bastante igual. Podía llamarme quien quisiera. Al fin y al cabo, fue él quien me dejó, ¿no?

—¡Hola! —saludó Leo.

—¿Qué tal?

—Acabo de terminar un concierto y ha sido espectacular, me hubiera encantado que…

—Un segundo, Leo.

Me levanté de la mesa para buscar un poco de intimidad.

—Enseguida vuelvo —dije excusándome.

—No tardes mucho, que ahora viene lo mejor —comentó Andrés, pues estaba explicando una anécdota muy divertida.

—Además de que te echaremos de menos. —Ese fue Luis, y tuve claro que su única intención fue que Leo lo oyera.

Salí del restaurante y caminé por los alrededores. Estaba situado al lado de la catedral y las vistas eran bonitas.

—Hola —saludé—. ¿Qué me decías del concierto?

—Nada importante, que ha estado genial. —Su voz había perdido la euforia de hacía unos instantes—. Victoria, ya te llamaré otro día, es innegable que te he pillado en un mal momento.

—Me he encontrado a Luis en un restaurante y…

—Luis.

—Y me he sentado con…

—No hace falta que me des ninguna explicación. Los dos sabíamos que esto podría suceder.

—¡Pero si no ha pasado nada! —exclamé con indignación.

—Acabará pasando. Él está ahí y yo a un montón de kilómetros de distancia.

—También puedo estar sola, ¿sabes? —aclaré a la defensiva.

—Sí, también —respondió poco convencido—. Victoria, tengo que dejarte, Héctor me está esperando. Cuídate mucho.

—Igualmente.

Y aquello sí sonó a despedida.

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