Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 45 de 52

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Con la música a otra parte

43. ¿Saber qué, señor famosillo?

Victoria

Me asusté cuando mi móvil sonó, no por nada, sino porque era bastante tarde y, después de enterarme de lo de Jimena, las llamadas a deshoras me ponían el vello de punta.

Me tranquilicé al comprobar que se trataba de Aitana.

—Tu hermano me ha pedido que me case con él —soltó a bocajarro, y había tanta ansiedad en su voz que sonreí sin ser consciente.

—Ya era hora, cuñadita. ¿Tenéis fecha?

—No le he contestado, ¿vale? Me he venido corriendo al baño porque iba a sufrir un desmayo.

—¿Me estás diciendo que has dejado a mi hermano en el salón, sin respuesta a una pregunta como esa, para venir a llamarme por teléfono?

—Exacto, pero es que tú no lo entiendes. ¿Y si con el tiempo se da cuenta de que no era real, de que no me quiere? ¿Y si solo está así por el sexo? ¿Y si…?

—Aitana, para ya. Si con el tiempo se da cuenta de eso, cosa que dudo, existe el divorcio. No creo que solo se trate de sexo, me parece que no eres tan buena en la cama como crees. Y deja de preguntarte tantos «¿y si…?».

¿A ti qué te dice el corazón?

—¿Tú eres tonta? Llevo toda la puñetera vida enamorada de él y después del discurso que ha soltado solo me apetece volver al salón, arrancarle esa caja de las manos, decirle que claro que me quiero casar con él y llevármelo a mi cuarto para…

—¡Suficiente!, que estás hablando de mi hermano. Francamente, amiga, no sé a qué demonios estás esperando.

—Gracias, cuñada.

Y dicho esto me colgó el teléfono. A mí se me ensanchó la enorme sonrisa que tenía desde que descolgué.

—¿Buenas noticias? —preguntó Leo acercándose a mí y dándome un beso justo debajo de la oreja.

—Aitana y mi hermano van a casarse —anuncié ampliando aún más la sonrisa.

—Vaya, eso es estupendo —respondió bajando sus labios hacia mi clavícula.

—Sí que lo es, pero si continúas besándome así acabaremos llegando tarde.

—Siempre he pensado que la puntualidad está sobrevalorada —dijo mientras pegaba su boca a la mía.

El beso que empezó siendo bastante comedido fue cambiando por completo de tercio hasta convertirse en algo rudo y primitivo. Nos arrancamos la ropa como si hiciera días que no nos acostábamos y sin separar nuestras bocas caminamos hasta el sofá. Ni siquiera llegamos a la cama.

Leo me desabrochó el sujetador sin delicadeza y gimió cuando mis pechos se vieron libres. Le dedicó un buen rato a cada uno para después descender por mi cuerpo dejando un reguero de besos y calor hasta que llegó donde más lo necesitaba.

Casi lo mato cuando me dejó a punto para darme la vuelta y bajarme al suelo. Yo apoyé las rodillas en la alfombra y él pegó su torso a mi espalda, besándome la espalda mientras acariciaba mis pechos con las manos.

Cuando me penetró por detrás jadeé. El ritmo de sus acometidas era frenético y al notar su mano acariciando mi sexo supe que no íbamos a aguantar mucho.

No lo hicimos, y tal y como imaginaba terminamos llegando tarde.

La semana se nos pasó volando y pude compaginar perfectamente mi trabajo con acompañar a Leo a alguno de sus compromisos. Siempre me mantuve en segundo plano, pero me gustaba estar con él y ver en qué consistía esa parte de su trabajo y lo mucho que la disfrutaba.

Esa noche cenamos en un restaurante que Leo conocía de otras veces que había estado allí.

—Lo he pasado de maravilla esta semana. Ha sido increíble tenerte aquí

—confesó, agarrando mi mano.

—A mí también me ha gustado.

—Quería decirte una cosa y no quiero que esto te asuste ni te cause malestar. Es algo a lo que llevo dándole vueltas bastante tiempo y justo ayer me dieron la repuesta. Voy a comprar la casa que tengo alquilada en Málaga. Me apetece tener un sitio donde pasar las temporadas que no trabajo y mi piso de Madrid es tan impersonal… Nunca lo he sentido mi hogar. Parece más un hotel que frecuento mucho que mi casa. Necesito tener un sitio que considere mío, no sé si me explico…

—Sí, te entiendo. —Prefería esperar a oír todo lo que tuviera que decir y no precipitarme en contestar.

—Con esto no quiero que pienses nada raro y mucho menos presionarte.

Solo que, si te apetece que nos sigamos viendo, será más sencillo, y si en algún momento quieres que dejemos de hacerlo yo tendré una casa en un sitio que siempre he deseado.

—Yo lo que sé es que estoy muy a gusto junto a ti y que quiero pasar todos los momentos que pueda contigo. No sabemos lo que sucederá de aquí a un tiempo, pero hoy por hoy es lo que deseo —alegué finalmente.

—Ya que hemos decidido sincerarnos, lo que yo sé es que me he enamorado de ti, y, aunque no deseo presionarte, no puedo dejar de sentir lo

que siento.

Tragué el nudo de emociones que se había formado en mi garganta. Era consciente de que iba con pies de plomo con Leo, no ayudaba lo que me había pasado con Luis, pero básicamente era porque tenía pavor de ser yo la primera en exponerme y convertirme en alguien vulnerable una vez más.

Era triste, pero no me veía capaz de decirle lo que sentía por no volver a salir dañada.

Por eso, cuando oí sus palabras, un calorcillo muy agradable se extendió por mi cuerpo y esbocé una enorme sonrisa.

—¿Sabes qué, señor famosillo?

—¿Dime? —preguntó con cautela.

—Yo también te quiero.

Qué liberador resultaba poder sincerarme plenamente con él y dejar salir aquellas palabras.

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