Con la música a otra parte
30. Deja de jugar conmigo
Darío
Esa semana trabajaba de tarde y no había coincidido con Aitana ni un solo día. El último que la vi fue cuando celebramos el cumpleaños de mi padre, e incluso ese día no me prestó la menor atención. Sabía que estaba evitándome, porque ella siempre me esperaba para cenar juntos. Eso, o que empezaba a pasar de mí, cosa que no descartaba.
A la mañana siguiente de meterla en la cama, ella se disculpó por lo que fuera que hubiera hecho. Dijo que no recordaba mucho y yo me quedé mirándola con cara de imbécil porque no podía quitarme de la cabeza su imagen en ropa interior.
Lo peor de todo era que nunca me había percatado de lo pequeños que eran los pijamas con los que se paseaba por casa. ¿Siempre había utilizado los mismos o solo estaba intentando torturarme?
Así que esa mañana, cuando la vi entrar en la cocina medio dormida y con uno de esos infernales pijamas, mi cuerpo reaccionó antes que yo.
—¿Hay café hecho? —preguntó sin siquiera saludar. Llevaba tiempo viviendo con ella y sabía que lo primero que hacía Aitana era tomarse su café.
—En la cafetera. Acabo de hacerlo —aclaré.
—Mmm…, gracias —ronroneó, y, joder, cómo deseé que esas palabras las hubiera dicho en otro contexto, en otro lugar.
Cuando casi había terminado su café, habló.
—Esta noche hay cena con tus hermanos, pero no sé si podré ir.
—Tú nunca faltas a esas cenas. —Y, a pesar de no ser mi intención, la manera de decirlo sonó a acusación.
—Ya… Bueno, quizá tengas razón. Hablaré con Enrique y quedaré otro día con él.
—Parece que te gusta —mascullé.
—¿Qué quieres decir?
—No sé, que has quedado ya varias veces con él. A los otros tíos con los que has salido los has dejado antes de que la cosa se volviera más seria.
—Tal vez esté en otro punto de mi vida.
—No te entiendo.
—Que puede ser que haya decidido pasar página y dejar atrás cosas y personas que no van a llevarme a ningún lado.
—Avanzar siempre está bien —dije con un nudo en la garganta.
—Pues eso…
Alargué la mano para acariciar la suya, pero, en cuanto ella notó el roce, la retiró.
—Aunque otras veces es mejor lo que tenías que algo nuevo. Más vale malo conocido que bueno por conocer —sugerí.
—Permíteme dudarlo. De todas maneras, yo no tenía nada con nadie, era y soy una persona libre, como tú.
—Sí, yo hace mucho que no tengo una relación —aclaré.
—Pero no te han faltado mujeres para calentar tu cama. Y eso es justo lo que pretendo hacer yo.
—No te sigo. —La seguía perfectamente.
—Que ha llegado el momento de que me desmelene un poco. Mira, Darío, vamos a poner las cartas sobre la mesa porque es absurdo hablar así.
Los dos sabemos que llevo media vida suspirando por ti. He tenido que tragar con muchas cosas hasta darme cuenta de que tú no vas a corresponderme nunca. Para ti solo soy la amiga de tu hermana pequeña…
—Yo… —la interrumpí.
—No. Déjame terminar. He llorado mucho. Te he querido tanto que dolía y te he deseado en mi cama tantas veces que no soy capaz ni de contarlas, pero eso se acabó. No puedo hipotecar mi vida por alguien que no siente lo mismo que yo. Y, por supuesto, no te culpo, todo esto no te lo digo para hacerte sentir culpable; eso y que me tengas lástima es lo último que quiero. Solo te lo cuento para que lo sepas y porque a partir de ahora voy a dejar de ser la mojigata que era. Ha llegado mi momento y pienso aprovecharlo.
Dicho esto, dio media vuelta y se marchó, dejándome completamente perplejo y con una extraña sensación de pérdida.
Esa noche, después de oír el énfasis con el que Aitana alababa al nuevo novio de Rocío supe que debía hablar con ella. Era obvio que tenía muy claro lo que quería e iba a llevarlo a cabo. Pero, ¡joder!, yo vivía con ella e iba a tener que ver pasar a una sucesión de tíos por mi casa y por su cama.
Solo de pensarlo me entraba un sudor frío…
Fue al llegar al local de copas cuando vi la oportunidad. Aproveché que se acercó un momento a la barra para ir junto a ella.
—Aitana, quiero hablar contigo.
—Soy toda oídos.
—Aquí no. —La música estaba demasiado alta y me negaba a hablar a gritos. Eso sin contar que quería algo más de intimidad.
La cogí de la mano y la llevé a uno de los pasillos de los baños. La apoyé en una pared que quedaba especialmente escondida y poco iluminada.
—Quería hablar de lo que me has explicado esta mañana. No he tenido oportunidad de replicar, ya que te has marchado antes de que lo hiciera.
—No esperaba que dijeras nada.
—Ya, pero es que tengo algo que decir. ¿Qué pasaría si yo te aclarara que empiezo a sentir cosas por ti?
Esperaba muchas cosas. Muchas. Aunque la sonora carcajada que se le escapó a Aitana no era una de ellas.
—Ay, Darío. Cómo sois los tíos. Toda una vida detrás de ti y justo ahora que te digo que quiero pasar página y estar con otros te das cuenta de que sientes algo por mí, ¿de verdad?
Dicho así sonaba mal, para qué engañarnos.
—No es eso lo que quiero decir…
—¿Sabes?, me da igual lo que tú quieras ahora. Haberlo pensado antes.
Iba a marcharse y no podía hacer nada por retenerla. ¿O tal vez sí?
No lo pensé. La acorralé contra la pared y la besé. En un principio se quedó algo parada, pero después respondió al beso y yo respiré aliviado. No fue un beso suave, fue duro, pasional y perfecto. Jamás imaginé que Aitana besara de esa manera.
Aun así, mucho antes de lo que me hubiese gustado ella se apartó poniéndole fin.
La miré a los ojos algo desconcertado y me quedé paralizado cuando vi que estaba a punto de echarse a llorar. Quise abrazarla. Muy fuerte.
—No vuelvas a hacer eso nunca más. Deja de jugar conmigo. Por favor.
—Las últimas palabras fueron un ruego. Y yo me sentí fatal.
La vi marcharse sabiendo que nunca habíamos estado más alejados que en esos momentos.
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