Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 39 de 52

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Con la música a otra parte

37. Cambios

Victoria

Me había comprado un vestido que me costó un dineral. Esperaba que, por lo menos, fuera del agrado de mi queridísima hermana. Me consolaba pensar que podía utilizarlo en otros eventos parecidos, porque me negaba a haberme gastado tanto dinero solo para un día.

Ya estaba casi lista cuando la puerta de mi cuarto se abrió. Por ella asomó la cabeza José, quien soltó un prolongado silbido al verme.

—Hermanita, estás espectacular —me halagó mientras entraba.

—Gracias. Quizá cuando vuelva tengas que amputarme los pies; odio los zapatos de tacón, es uno de los métodos de tortura de este siglo que la sociedad ha impuesto a las mujeres.

—¡Pues ponte bambas!

—¿Te imaginas lo que diría Jimena si me presento en la fiesta con unas deportivas? —dije acabándome de colocar bien el vestido.

—Yo solo por ver su cara me las pondría.

—No seas tan duro con ella —le pedí.

—Es Jimena, está acostumbrada.

—Sí, pero todos tenemos un límite.

—He de reconocer que me encantará estar presente cuando ella rebase el suyo.

Justo en ese instante Rocío pasó hacia su habitación y se paró en la puerta de la mía. Llevaba la misma ropa con la que se marchó el día anterior.

—¿Y tú de dónde vienes? —pregunté.

—He estado por ahí. —Fue su ambigua respuesta.

—Ya lo veo, pero llevas por ahí casi un día entero.

—Sí, eso creo —contestó con una pícara sonrisa en la cara.

—Rocío tiende a desaparecer durante bastante tiempo, empiezo a pensar que evita estar en esta casa —zanjó mi hermano, y yo lo observé por la acidez que desprendían sus palabras.

—Si hay alguien aquí que evita algo, ese sin duda eres tú, hermanito. —

La última palabra sonó más a insulto que a apelativo cariñoso. Y el bote que pegó José al oírla me hizo ponerme en guardia.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunté mientras miraba a uno y a otra.

—Nada. Me voy a dormir, que estoy destrozada —concluyó Rocío, socarrona, a la vez que se marchaba a su cuarto.

Un suave gruñido salió de la garganta de mi hermano y yo entrecerré los ojos.

—José, ¿qué ocurre?

—Ya te ha dicho Rocío que nada. Pásatelo genial e incordia todo lo que puedas a la estirada de nuestra hermana.

Dicho esto, salió de mi cuarto y yo me quedé con la sensación de que me estaba perdiendo algo importante.

Jimena estaba más insoportable de lo que venía siendo habitual en ella y eso era mucho decir, por lo que las ganas de marcharme de allí cada vez eran mayores.

—Tienes que hacerme una foto con ella, sería maravilloso colgarla en mis redes —me pidió sin borrar la sonrisa falsa que llevaba plantada en la cara desde que llegamos.

Había perdido la cuenta de la cantidad de fotos que le hice. Estaba enfocando para pulsar el botón cuando una mano en mi hombro me

sobresaltó.

—Si pones un filtro más en esa foto, tu hermana parecerá una quinceañera.

—¡Héctor! No sabía que estarías aquí.

—Hola, preciosa. —Me moví por un impulso y me lancé a sus brazos para darle un enorme abrazo—. Esto sí es un buen recibimiento.

—¿Cómo estás?

—Pues muy bien, aquí controlando que… —No pudo terminar la frase porque a su lado se colocó Leo y yo contuve la respiración.

Había intentado no hacerme ilusiones con él, pues sabía muy bien lo diferentes que eran nuestras vidas y lo complicado que sería todo, pero que me hubiese construido un maravilloso escudo no quería decir que, bajo este, el corazón no se me acelerara al verlo como si acabara de hacer paracaidismo.

—Hola, Victoria. —Su voz rasgada llegó a cada poro de mi piel, haciendo que se erizara solo con su sonido.

—Hola, Leo —susurré.

—Os dejo, voy a incordiar un ratito a Jimena —apuntó Héctor.

Y su marcha hizo que me sintiera más expuesta. Sabía que no había actuado bien con Leo, que debería haber hecho las cosas de otra manera con él, pero los kilómetros que nos separaban lo hicieron difícil.

—¿Qué tal te ha ido la gira? —pregunté, por hablar de algo.

—Bien, vine hace unos días y me ha dado tiempo de descansar un poco.

¿Y tú qué tal estás?

—Estoy bien. ¿Vas a quedarte en Málaga o te marchas ya? —Era una pregunta muy poco adecuada, pero fui incapaz de no hacerla.

—He terminado la gira y podría decirse que tengo algo parecido a unas vacaciones, así que mi pensamiento es pasar algunas semanas por aquí. De hecho, he alquilado la casa de siempre.

—Si te apetece, podemos quedar un día y tomarnos un café. Me da la sensación de que tenemos una conversación pendiente. —Mi voz fue perdiendo fuerza a medida que hablaba. Por mucho que me apeteciera quedar con Leo, él estaba en todo su derecho de mandarme a paseo después de cómo yo había puesto fin a lo que fuera que teníamos.

—Me encantará tomar ese café contigo, pero no me debes nada. Quedó todo muy claro. Sabía que lo tuyo con Luis estaba muy reciente y que yéndome durante tanto tiempo no me lo pondría fácil. Sé retirarme cuando corresponde.

—La cuestión es que Luis y yo… —Me callé de golpe porque una impresionante mujer agarró del brazo a Leo y le susurró algo al oído.

—Victoria, tengo que irme. Te llamo para ese café. Termina de pasar una buena noche.

Lo único que fui capaz de hacer fue asentir con la cabeza. Igual pensaba que un hombre como Leo iba a permanecer mucho tiempo solo.

Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta y pensé que ese era el precio que debía pagar por haber hecho la elección incorrecta.

Porque, sí, la decisión de volver con Luis había sido un error, aunque ya no podía hacer nada por remediarlo.

Iba a dirigirme hacia Jimena, pero la vi tan enfrascada discutiendo con Héctor que preferí dejarlos solos.

Me aparté de la multitud y me senté en uno de los bancos más aislados que había en el jardín. En los últimos meses mi vida había dado unos cambios vertiginosos. Luis me dejó después de diez años juntos, tuve una aventura con un famoso cantante, aventura que posiblemente hubiera podido llegar a algo más si no hubiera decidido volver con mi ex y después dejarlo de nuevo.

Para mí, que era una persona a la que no le gustaban los cambios, no estaba nada mal.

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