Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 15 de 52

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Con la música a otra parte

13. Insomnio

Victoria

Desconocía si fueron imaginaciones mías, pero el instante vivido esa noche durante la cena con Leo fue de lo más extraño. No es que me planteara empezar nada con nadie, ya tenía bastante cacao mental con Luis como para lidiar también con el inicio de una relación. Aunque lo que tal vez no descartaría sería mantener una aventura con alguien, y quizá Leo fuera la persona ideal para eso. Sin compromisos y sin expectativas. Nada más barajar esa posibilidad me reprendí a mí misma, ¡en qué demonios estaba pensando! Solo fue un minúsculo acercamiento y, pese a que para mí quizá significase un pequeño paso, la otra persona implicada era uno de los cantantes más famosos del planeta; debía de estar tan acostumbrado a coquetear y a acostarse con mujeres que imaginad lo que esa mirada o momento extraño habría significado para él.

Incluso recordé haber leído en algún sitio que cuando lo dejó con su antigua novia (una modelo espectacular, todo hay que decirlo) se le vio entrando en su casa con una mujer distinta cada noche. Sacudí la cabeza intentando sacar de ahí un pensamiento tan absurdo. No estaba preparada para salir con nadie. Pero ¿y para una o dos noches locas? Total, Luis me había dejado y él sí que parecía estar teniendo algún escarceo, por lo menos uno, con aquella rubia. Me había percatado de que, cada vez que pensaba en él y ella, la pena que sentía al principio se estaba convirtiendo en ira. Quizá fuera precisamente esa rabia lo que me hacía ser más audaz en mis planteamientos.

Por todo eso no descarté la posibilidad de tener una aventura pasajera.

El único inconveniente era encontrar a alguien que quisiera mantenerla

conmigo.

Justo en ese momento llamaron a mi puerta y sonreí al imaginar que, tal vez, el hombre adecuado se encontraba al otro lado de ella.

Abrí y no pude evitar sonreír al encontrarme a Héctor apoyado en el quicio. Desde luego era un espectáculo para la vista.

—Vaya, y yo que pensaba que el hombre idóneo para tener una aventura conmigo llamaba a mi puerta... —Casi me di a mí misma una colleja.

¿Cómo se me ocurría soltar algo así? Debía recordar más a menudo que no hablaba con mi hermano y que a Héctor prácticamente no lo conocía—.

Perdona, de vez en cuando sería genial ponerme un puntito en la boca.

—No te preocupes, ya me he dado cuenta de que no eres de las que filtran lo que piensan, y en este mundo de locos puedo asegurarte que tu espontaneidad resulta liberadora.

—Gracias —susurré—. Anda, pasa, no te quedes en la puerta.

En nuestra habitación no había sofá, por lo que continuamos hablando de pie. No le propuse sentarnos en las sillas porque, a pesar de ser Héctor el que había llamado a mi puerta, me daba la sensación de que tenía prisa.

—No hay por qué darlas. No obstante, debo confesarte que tus palabras me extrañan. No acabo de comprender que quieras mantener una aventura con alguien, pareces bastante afectada por tu ruptura.

—¿Y tú cómo sabes que se trata de una ruptura? —pregunté poniendo los brazos en jarras.

—No hay que ser muy listo para llegar a esa deducción.

—Sí, bueno, no es fácil, por lo menos para mí. Aunque él parece estar recuperando el tiempo perdido —me justifiqué.

—A no ser que sea una relación de mierda, el tiempo junto a otra persona nunca se pierde. Siempre aprendes algo. Y no creo que tengas que acostarte con otro porque tu ex lo esté haciendo.

—Bueno, no se trata exactamente de eso. Verás, cuando llevas tantos años con una persona, digamos que hay algo que se pierde por el camino.

No quiero generalizar, pero a mí me ha pasado. No sé cómo explicártelo sin que suene mal.

—No eres de las que se andan por las ramas, así que cuéntamelo como te salga.

—Necesito un buen polvo —solté sin pensarlo—. De esos que se hacen con todas las ganas y en los que el deseo está presente en cada caricia. De los que da la sensación de querer comerte a la otra persona. De los que te hacen retorcer los dedos de los pies por el placer y cuando terminas te dejan temblando y queriendo más.

—Creo que me he puesto cachondo —bromeó.

—Hace tanto que no tengo algo así que ya casi no me acuerdo de cómo es, y lo echo de menos. Aunque debo reconocer que no he sido consciente de ello hasta que mi ex me dejó —lloriqueé.

—Sí, definitivamente necesitas una noche de sexo guarro —afirmó él, y yo me sorprendí por estar hablando de algo así con alguien que era casi un desconocido. O quizá lo estaba haciendo precisamente por eso.

—Te lo he dicho nada más entrar. Quiero que entiendas que jamás me lo planteé mientras estuve con Luis, el sexo no estaba mal, pero ahora me doy cuenta de que le faltaba algo; bueno, lo que nos faltaba era deseo.

—No tienes que darme explicaciones. No soy nadie para juzgarte, jamás se me ocurriría. Además de que no estás pensando nada malo, ahora eres una mujer libre.

—Sí, lo soy. —Cierta pena se filtró en mi voz porque, a pesar de lo que le estaba contando a Héctor, había otras partes de la relación con Luis que extrañaba. Así que el siguiente comentario lo hice para quitar hierro al asunto y para que las cosas entre Héctor y yo quedaran claras, eso también

—. Y no te ofendas, pero no me atraes lo suficiente como para que sea contigo.

—Vaya, muchas gracias. —Se llevó una mano al pecho haciéndose el ofendido.

—La verdad es que no lo entiendo, porque eres guapísimo. —Eso era un hecho.

—Ahí lo has arreglado un poco —respondió dedicándome una sonrisa tan arrebatadora que casi solté un jadeo.

Sí, definitivamente necesitaba una aventura.

—¿Y tú, para qué has venido a mi habitación a estas horas? —pregunté con curiosidad.

No pudo responderme porque volvieron a llamar a la puerta. Pensé que mi hermana había regresado de su paseo, me dijo que necesitaba que le diera el aire para que se le pasara la migraña. Aunque me aseguró que se llevaba la tarjeta para abrir…

Héctor, que se encontraba más cerca de la puerta, llegó a ella en dos zancadas y al abrir todos nos quedamos un poco cortados. Al otro lado no estaba mi hermana, sino Leo.

—Perdón, no pretendía… Yo… —A Leo parecían no salirle las palabras.

—Quizá aún tengas suerte esta noche —bromeó Héctor guiñándome un ojo, y yo noté cómo me subían los colores—. Hola, Leo. Solo he venido para preguntarle a Victoria si sabía dónde iba su hermana. La he visto con una mochila y me ha parecido un tanto raro.

—¿Con una mochila? —pregunté extrañada—. Ha ido a que le diera el aire para ver si se le pasaba el dolor de cabeza, pero no me he fijado en que hubiera cogido nada.

—Es que no se la ha llevado de aquí, se la ha pedido al chico que estaba en la recepción.

—Qué raro.

—Sí, pero no te preocupes, que seguiré investigando. Ah, otra cosa, Leo: dice Victoria que necesita un buen polvo.

Por poco me caigo redonda al suelo. Una cosa era ser sincera y otra que el muy cabrón dijera algo así. A mí no me importaba contarle esas cosas a Héctor, pero con Leo era diferente. No entendía bien el motivo por el que la primera vez que quedamos me pareció un pedante egocéntrico, pues a medida que lo conocía mejor fui cambiando de opinión. Lo que sí tenía claro era que, para una o dos noches locas, él era el candidato perfecto. No porque me sintiera atraída por él, que también, sino porque lo último que buscaría una persona como Leo sería algún tipo de compromiso con alguien como yo.

—¿Perdona? —preguntó Leo, incrédulo.

—Nada —me apresuré a contestar—. Barajo dos hipótesis: una es que Héctor sea imbécil y la otra es que se haya golpeado la cabeza. —Miré en su dirección y le saqué la lengua.

Lo único que hizo él fue soltar una carcajada y dirigirse a la puerta.

—Buenas noches —se despidió mientras cerraba.

Leo y yo nos observamos unos instantes sin saber qué hacer o qué decir.

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