Con la música a otra parte
14. En mi habitación
Leo
Al llegar a mi habitación, después de la cena, me pasé un buen rato paseando por ella. No me veía capaz de dormir, a pesar del cansancio.
Quería continuar hablando con Victoria, pero irrumpir a esas horas en su dormitorio me parecía fuera de lugar.
Aun así, pasados unos minutos lo pensé mejor y creí que invitarla a tomar algo, en el bar del hotel, no era demasiado invasivo. Si no le apetecía o no le parecía bien, siempre podría rehusar mi invitación.
Sin darle muchas más vueltas me dirigí a su cuarto. Sin embargo, cuando vi que quien abría la puerta era Héctor, en lugar de ella, me quedé tan cortado que no supe qué decir.
No había hablado con mi amigo y no sabía si se sentía atraído por Victoria. En realidad, yo tampoco podía decirle gran cosa, porque no tenía ni idea de qué me pasaba con ella. Lo que estaba claro era que había despertado mi interés.
Mi jefe de seguridad no tardó en marcharse, pese a que las palabras que pronunció antes de hacerlo me dejaron completamente perplejo. ¿Había dado a entender que Victoria quería echar un buen polvo? Por lo visto sí.
Al cerrar la puerta tras de sí, dejándonos a los dos solos, me sentí algo cohibido y no encontré las palabras adecuadas; menos mal que fue Victoria quien rompió el silencio.
—¿Qué haces aquí, Leo? —Con esa pregunta salí del ensimismamiento en el que me había sumido y me centré en ella.
—No podía dormir y me apetecía continuar hablando contigo. Me preguntaba si querrías acompañarme a tomar algo al bar del hotel. —Intenté
sonar sincero y despreocupado a la vez.
—La verdad es que no me apetece volver a vestirme.
No entendía cómo no me había fijado antes en el pequeño detalle de que Victoria llevaba un pijama no excesivamente sexi, pero con el que sí enseñaba mucha más piel de lo habitual. Habían sido los nervios, seguro.
Tragué saliva.
—No pasa nada, otra vez será —respondí mientras me dirigía a la puerta y me convencía a mí mismo de que cuando salí de mi habitación ya contaba con que ella pudiera decirme que no.
—No, no me refería a que no quiera pasar un rato contigo, solo que no me apetece vestirme para bajar al bar.
—¿Quieres venir a mi habitación? —propuse, y no acabó de gustarme cómo sonó. Me dio la sensación de que esa pregunta iba con dobles intenciones, y no era el caso. Así que intenté aclararlo—. Lo digo porque si tu hermana regresa y le apetece dormir…
Después de decirlo me reprendí mentalmente, no debería justificarme tanto. Ella estaba la mayor parte del día en el cuarto de mi amigo y no pasaba nada, ¿no?
—De acuerdo. No tenía que haberme tomado el café en la cena, ahora me costará mucho dormir.
—No te preocupes, yo tampoco tengo sueño.
Cuando puse una mano en su espalda para invitarla a pasar a mi habitación percibí el calor de su piel a través de la fina tela del pijama. La aparté como si quemara. Ella no pareció percatarse, ya que nada más entrar soltó un prolongado silbido y sabía que no sería capaz de callarse.
—¿Mi hermana y yo tenemos que compartir habitación y tú duermes aquí? —se quejó.
—Puedes venir siempre que quieras. —Esta vez sí sonó a insinuación, y no me importó—. Siéntate donde más te guste. ¿Te apetece algo de beber?
—Un café, pero no voy a arriesgarme. ¿Tienes una cerveza?
—Sí, pero si te apetece cualquier otra cosa puedo pedirla.
—No, una cerveza está bien. Aunque seguramente tú estarás acostumbrado a mujeres que beben cosas mucho más sofisticadas.
—¿Perdón?
—Nada, nada.
Lo dejé pasar porque me moría por preguntarle algo desde hacía bastante y creí que ese era el momento perfecto.
Me acerqué a darle su cerveza y, después de pegarle un buen trago a la mía y sentarme junto a ella, me decidí.
—Victoria, no hace falta que me contestes si consideras que me estoy metiendo donde no me llaman, pero me gustaría saber por qué, el otro día, llorabas de esa manera.
—Tienes razón, no es asunto tuyo. —Intentó suavizar la contestación con una sonrisa, pero había sido tajante.
—Perdona si te he molestado —me excusé.
—¿Siempre eres tan correcto?
—No, a veces no. —Esperaba que pillara a qué me refería. Supe que lo hizo cuando se sonrojó ligeramente.
Con lo que yo no contaba era con que finalmente me diera una explicación.
—Acabo de salir de una relación de bastantes años. Y con «salir» me refiero a que el que era mi pareja me pidió tiempo para largarse a recuperar el que, por lo visto, había perdido junto a mí.
—Vaya…
—Sí, los cuarenta parecen no haberle sentado muy bien.
—No quiero que te lo tomes a mal, pero pedir tiempo en una relación siempre me ha parecido la manera más cobarde que hay de dejar a alguien.
Es decir, pones fin a lo que tenías con una persona, haces tu vida durante un
tiempo y, si finalmente no termina de convencerte, vuelves. No concibo una manera más egoísta e infantil de actuar. Y ya no digamos para la persona a la que dejan, que parece que tiene que detener su vida hasta que finalmente la otra parte acabe de decidir lo que quiere.
—Sí, tienes toda la razón. A mí va a volverme loca —dijo mientras se acariciaba de manera nerviosa la nuca.
—No me extraña. ¿Seguís manteniendo el contacto? —Sabía que lo mejor era no continuar indagando, pues Victoria no parecía sentirse cómoda con el tema. Sin embargo, no pude evitarlo.
—Ayer me envió un wasap y me rompí. De ahí el «momento drama». El llanto vino por una chorrada, aunque imagino que no fue solo por eso, sino por un cúmulo de circunstancias.
—Sí, suele pasar, a veces nos rompemos por la cosa más insignificante.
¿Cuánto tiempo llevabais juntos?
—Casi diez años.
—¡Joder! —No pude evitar exclamar, pues era muchísimo tiempo.
—Lo sé.
Ella bajó la cabeza y yo me arrepentí de haberle preguntado tantas cosas.
—Será mejor que vuelva a mi habitación —susurró, justo antes de darle un buen trago a su cerveza. Cuando dejó el vaso sobre la mesa se levantó.
—No, no te marches así. Hablemos de otra cosa.
Puse mi mano alrededor de su muñeca y ella alzó los ojos para mirarme.
Acorté la distancia que nos separaba mientras Victoria también se acercaba.
Miré su boca y ella se humedeció los labios. Eso me mató. Continué reduciendo la distancia y cuando nuestros labios estaban a punto de rozarse unos golpes en la puerta nos sobresaltaron.
Iba a matar a Héctor.
OceanofPDF.com