Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 36 de 52

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Con la música a otra parte

34. La decisión

Victoria

Me había equivocado, de sabios era reconocerlo. Sin embargo, eso no hacía que la cagada fuera menor.

Después de los primeros días junto a Luis supe que algo no iba bien, pero decidí concedernos más tiempo y no ser yo la que tomara decisiones precipitadas. Debíamos volver a encajar y era difícil hacerlo tan deprisa. No obstante, cuando pasaron unas semanas me percaté de que todo volvía a ser como antes de que me dejara. Y eso, que a simple vista puede parecer bueno, no lo era.

Porque, a pesar de que todo resultaba igual, quien había cambiado era yo. No se trataba de que fuera a echarle en cara cada dos por tres que después de diez años me pidió tiempo para hacer lo que quisiera, pero algo en mí se había roto y no sabía de qué manera arreglarlo. No me apetecía pasar tantas horas junto a él como antes y mucho menos volver a irnos a vivir juntos.

En esos momentos la que necesitaba tiempo e ir poco a poco era yo.

Algo que por lo visto Luis no entendía.

Lo peor de todo no era eso, sino que no lograba olvidar a Leo, y eso sí que era absurdo, porque prácticamente no nos conocíamos y un hombre como él ya estaría prendado de cualquier otra mujer.

Esa noche Luis y yo estábamos cenando en uno de nuestros restaurantes favoritos y, por primera vez desde que habíamos vuelto, lo hacíamos solos.

—No tenemos veinte años para estar montándonoslo en el coche.

Necesitamos un sitio donde vivir —volvió a presionarme, y me entraron ganas de decirle que se lo hubiese pensado antes de dejar el precioso piso

que teníamos. En cambio, decidí callarme porque una vez más pensé que cuando tomé la decisión de volver con él lo hice con la intención de no echarle nada en cara.

—No he dicho que no nos vayamos a vivir juntos, solo te estoy diciendo que deberíamos tomárnoslo con calma.

—Llevamos juntos diez años, y es una buena oportunidad.

Su tío alquilaba un piso en el centro que estaba muy bien y que nos dejaba por buen precio, el problema era que había que darle una respuesta cuanto antes.

—Ni quiero ni puedo tomar una decisión así en dos días.

—Joder, Victoria, parece que acabemos de empezar a salir. Con lo poco que te piensas otras cosas y a esta le vas a dar mil vueltas.

Empezaba a notar una presión en el pecho. No encontraba las palabras adecuadas para decirle que no me quería ir a vivir con él, por lo menos no tan rápido. Bueno, podía decírselo así, pero no me apetecía que se lo tomara a mal y que termináramos enfadados.

—Habrá más oportunidades de alquilar algo, vamos a esperar unos meses.

—¡¿Unos meses?! Yo no voy a aguantar unos meses.

La presión en el pecho se intensificó y noté que me costaba respirar.

—Mira, le voy a decir a mi tío que me lo guarde, yo me iré a vivir y tú podrás pasar allí algunas noches, hasta que te decidas a mudarte del todo.

No puedo continuar viviendo en casa de mis padres.

Y ahí estaba la razón por la que tenía tanta prisa por alquilar el piso. No era porque quisiera volver a vivir conmigo, simplemente quería salir de casa de sus padres y, aunque en cierta manera lo entendía, tenía claro que no podíamos tomar una decisión como aquella por ese motivo.

—Conmigo no cuentes para pagar la mitad del alquiler hasta que no esté viviendo en él. —En ese punto me mantuve firme. Quería ahorrar algo de

dinero. Cuando Luis me dejó, me di cuenta de que no podía irme a vivir a ningún piso de alquiler porque no tenía ni para pagar la fianza. Y no lograría hacerlo si debía pagar la mitad del alquiler.

—Pero yo no puedo hacerme cargo solo de un alquiler como ese.

—Lo que nos lleva al punto de partida; esperarnos unos meses —insistí.

—Vamos, Victoria, estás siendo muy terca. ¿Todo esto es para castigarme por haberte dejado?

—No, todo esto es porque no quiero que sigas presionándome, porque quiero ir despacio, porque el que está siendo obstinado eres tú.

De pronto noté que me ahogaba y que un fuerte dolor presionaba mi pecho. ¡Joder, iba a darme un infarto! —Como podéis comprobar, hay veces que a dramática no me gana nadie.

Luis se levantó de la mesa y se colocó a mi lado.

—Victoria, te has puesto blanca. ¿Estás bien?

No, no estaba bien. Me faltaba el aire y me daba la sensación de que me ahogaba, y la fuerte presión que sentía en el pecho no hacía más que aumentar.

—Llama a mis hermanos, que me muero. —Lo dicho, una «dramas».

Una hora más tarde salía del hospital en compañía de todos mis hermanos, de mis padres y de Luis.

—Hermanita, la que has liado por un ataque de ansiedad —bromeó José.

—Qué rato más malo, por favor. —Lo había pasado francamente mal.

Mis padres se despidieron y mi hermana Jimena los acompañó a casa.

Me sorprendió verla allí porque ella era una mujer muy ocupada, aunque imaginaba el susto que debí de darles a todos.

—Aitana, ¿vas para casa? —preguntó mi hermano Darío.

—No, he quedado —respondió ella, y yo la miré con suspicacia. No me había dicho nada.

—¿Acercas tú a Rocío? —dijo José dirigiéndose a Darío.

—No hace falta que nadie me acerque a ningún sitio, puedo ir caminando —protestó la aludida—. Además, yo también he quedado; en realidad, estaba con alguien cuando me habéis llamado.

—¿Con Dani? —preguntó Aitana alzando una ceja.

—No, con otro.

—Rocío no es de las que pierde el tiempo —farfulló José con algo de inquina. Vale que a nuestra hermana le gustaba saltar de cama en cama, pero él era el menos indicado para echarle nada en cara.

—No, ya sabes que no —alegó ella retándolo con la mirada.

—Si ya no estás con él podrías darme su teléfono, me pareció monísimo

—pidió Aitana, y Darío resopló de forma poco discreta.

—Claro, porque además de guapo tiene otras cualidades que te encantarán —respondió Rocío con picardía.

—Bueno, yo me voy —informó Darío mientras daba media vuelta.

—Te acompaño —masculló José.

Aitana y Rocío se fueron juntas y yo me quedé al lado de Luis, que no había abierto la boca desde que llegamos al hospital.

—Luis, ¿estás bien?

—Siento haberte presionado para que viviéramos juntos. Me he asustado cuando te he visto así. ¿Cómo te encuentras?

—Llevo un globazo con lo que me han dado que estoy fenomenal. Pero será mejor que vayamos a tomar algo y hablemos —le pedí.

Había tomado una decisión y era una tontería seguir postergándola.

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