Con la música a otra parte

Tamara Marin · Capítulo 28 de 52

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Con la música a otra parte

26. La playa

Victoria

Era noche cerrada y no había mucha gente por la calle. Eso ayudó a que no reconocieran a Leo, que era mi mayor miedo cuando le propuse ir a la playa de la Malagueta.

—No te imaginas el tiempo que hace que no piso una playa de noche.

Voy a ver si Héctor tiene algo en el maletero para que podamos sentarnos sin llenarnos de arena.

—Nos ha salido delicado el chico —bromeé.

—Quizá tengas razón, pero es que no me entusiasma que la arena se meta por depende de qué partes de mi cuerpo. —Acompañó esas palabras de una sonrisa tan arrebatadora que las piernas me temblaron—. Aquí hay una manta, aunque prefiero no saber la utilidad que Héctor le habrá dado.

Me quité los zapatos para entrar en la playa y, como siempre, el roce de la arena en mis pies consiguió que me invadiera la paz. ¿Qué tiene el mar que me proporciona tanta calma?

Nos acomodamos cerca de la orilla intentando buscar la máxima privacidad posible. Aunque solo había un par de parejas que no nos hicieron ni puñetero caso, incluso dudaba mucho que se hubiesen percatado de nuestra presencia.

—Me gusta este sitio —reconoció observando a su alrededor y fijando la vista en el agua—. El mar siempre me hace darme cuenta de la grandeza que nos rodea. Me resulta difícil encontrar otro lugar donde sentir tanto sosiego —explicó Leo, casi leyéndome el pensamiento.

La mayoría de las veces, cuando estaba con él olvidaba que era una persona famosa, además de por su manera de ser, por todas las cosas que

teníamos en común.

—Y dime, Victoria, ¿qué has hecho estos días?

—¿Aparte de morirme de sueño por estar hablando con cierto cantante hasta las tantas de la noche…? —lo acusé.

—¡Qué persona tan desconsiderada! Deberías plantarle cara y decirle que te deje en paz, que necesitas descansar.

—La verdad es que me gusta hablar con él —ronroneé acortando la distancia que nos separaba.

—¿Y hay algo más que te guste hacer con esa persona? —preguntó Leo con voz ronca.

—Besarlo, me encanta cómo besa. Claro que tiene mucha práctica, se comenta que es un mujeriego.

—Eres una persona inteligente, no te creas todo lo que se dice de él.

—No, si ahora va a resultar ser un santo… —ironicé.

—Ni mucho menos —susurró mientras se reclinaba sobre mí y hacía que los dos acabáramos tumbados en la manta—. Pero tampoco soy como me pintan por ahí —dijo antes de besarme.

No podría decir el tiempo que estuvimos allí. Intentamos controlar la situación, aunque cada vez los besos eran más feroces y las manos imposibles de parar. A cada minuto que pasaba nos resultaba más difícil.

Los dos nos teníamos ganas y contenernos nos estaba costando más de lo que habíamos pensado.

—Será mejor que paremos o acabaremos haciéndolo en una playa pública —aclaré, y no supe de dónde saqué la fuerza de voluntad para separarme de él.

—No me parece tan mala idea —confesó soltando un suspiro.

—Puedo asegurarte que a ninguno de los dos nos haría la menor gracia aparecer en las revistas de esta guisa. Si en lugar de famoso fueras una

persona anónima sería otro cantar. No es la primera vez que lo hago aquí, pero de eso hace ya unos cuantos años.

—¡Qué feo, Victoria, que no me trates como a los demás! Nunca me ha gustado sentirme excluido.

—Lo siento, haberlo pensado antes de convertirte en una estrella.

Los dos suspiramos casi a la vez. Teníamos que coger aire e intentar serenarnos un poco.

—Así que es aquí donde sueles traer a tus ligues...

—No he tenido muchos ligues —confesé.

—Deja que lo dude.

—No te miento, empecé joven con Luis. —Noté el cambio en la postura de Leo al oír ese nombre.

—Es verdad, Luis. Casi consigo olvidarme de él. Casi.

Justo en ese instante sonó su móvil y yo lo agradecí, no me apetecía nada hablar de mi ex.

Leo apenas intercambió un par de comentarios y colgó.

—Era Héctor, tengo que pasar a recogerlo. Se nos ha hecho tarde.

Fuimos hasta el coche en silencio y antes de que yo pudiera hablar se me adelantó él.

—Me ha encantado pasar este ratito contigo, aunque se me haya hecho demasiado corto.

—A mí también. Te doy permiso para que vengas a verme siempre que quieras —bromeé. O quizá no tanto.

—Muchas gracias, pero en unos días empieza la gira internacional y estaré fuera del país unos meses. Me resultará imposible volver a escaparme encontrándome tan lejos.

—Unos meses… —Sabía que eso pasaría. Que tendría que marcharse lejos y recorrer unos cuantos países, pero oírselo decir fue como un jarro de agua fría.

—Sí. Victoria, no he querido hablar de nada porque creo que no estás en tu mejor momento y porque entiendo que empezar algo separándonos tanto tiempo sería pedirte demasiado.

¿Pedirme demasiado a mí? Tenía la certeza de que lo que intentaba era buscar una excusa para que quedara claro que entre nosotros no había nada y de esa manera poder hacer lo que quisiera con tranquilidad. Aunque tampoco se trataba de que por continuar manteniendo el contacto tuviera que darme ningún tipo de explicación, claro.

Me dio la sensación de que últimamente los hombres que pasaban por mi vida necesitaban tiempo o espacio. O las dos cosas.

—No te preocupes, haz lo que tengas que hacer. —Intenté sonar lo más despreocupada posible, aunque no lo conseguí.

—Victoria… —murmuró Leo poniéndose frente a mí—, me gustaría pedirte que pudiéramos reanudar esto desde donde lo hemos dejado esta noche cuando vuelva de la gira, pero creo que sería muy egoísta por mi parte.

—De acuerdo. —Fue todo lo que respondí justo antes de entrar en el coche.

Sabía que estaba comportándome de manera irracional e inmadura, pero me sentía herida.

No solo porque Leo pusiera fin a lo que fuera que teníamos, era algo que sabía que acabaría pasando, sino porque parecía que no era lo suficientemente buena para ninguno de los hombres con los que estaba, y ahí sí era donde entraba en juego la dramática que vivía en mí.

Lo guie hasta la puerta de casa de mis padres y esas palabras fueron las únicas que intercambiamos durante el trayecto. No obstante, al parar el coche, Leo se giró hacia mí.

—Sé lo que he dicho en la playa, y lo siento porque voy a contradecirme, pero, si no te importa, seré un poquito egoísta y me gustaría

continuar llamándote. Si empiezas algo con alguien o simplemente no te apetece que lo siga haciendo, solo tienes que decírmelo. ¿Te parece bien?

—¿Y tú? También puede ser que seas tú quien empiece algo con alguien. —Me mordí la lengua para no asegurarle que eso sería mucho más probable.

—Las giras internacionales son demoledoras. Cuando llega la noche no puedo pensar en otra cosa que no sea en dormir. Además, cambiamos de ciudad cada pocos días, es difícil conocer a una mujer en esas circunstancias.

Había visto algunos reportajes de cantantes famosos y no se ajustaban para nada a lo que Leo me estaba explicando. Me daba rabia que me tratara como si fuera imbécil.

Al finalizar cada concierto, las fans harían cola en la puerta de su camerino para saludarlo y para lo que él quisiera, y, aunque estaba convencida de que Leo no era una persona de tener sexo esporádico, no podía creerme que pasara todos los meses que durara la gira sin acostarse con nadie.

—Vale, Leo. Llámame cuando quieras. —Por mucho que pensara que lo mejor era romper del todo con él, no pude evitar claudicar y permitir que me hiciera alguna llamada de vez en cuando.

—O cuando pueda, porque, entre la diferencia horaria y lo agotado que estaré siempre…

—De acuerdo.

Nos dimos un beso de despedida que poco tenía que ver con los de hacía un rato. Algo se había enrarecido entre nosotros y los dos éramos conscientes de ello.

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