Cuando llega la luz
Prólogo
Nació a las once y media y desde el primer momento me costó un trabajo enorme separarme de él. Me quedaba embobada contemplándole, fascinada. Era un milagro. Su piel sonrosada y sus ojos entrecerrados concentraban el poder de todos los poderes misteriosos.
Le puse de nombre Julián, que, con el paso de los días, entre unos y otros fueron convirtiendo en Janín. Y nunca les expliqué ni a Santi ni a mi familia el porqué de ese nombre. No habrían comprendido que un hombre que podría ser mi abuelo, recién llegado a mi vida, tuviese más influencia en mí que cualquiera de ellos. Yo tampoco lo comprendía del todo. Las uniones fuertes están reservadas al amor o a la familia, no a un desconocido de ochenta años con quien no has compartido antes nada.
Santi me decía que mi vida en Dianium me había dado la vuelta como a un calcetín. Y era verdad, ahora solo quería criar a Janín, ganar dinero para él, y no me preocupaba si me aburría o no, si esto es lo que deseaba o no. Ni siquiera lo pensaba. Había nacido en mí el afán de proteger lo que tenía. Si de algo me había dado cuenta en Dianium es de lo fácil que es que te roben el alma poco a poco, sin que te enteres. Había dejado de ver la vida desde el lado de los deseos imposibles, incluso de los posibles. Frente a la muerte, lo digo con el corazón en la mano a quien quiera escucharme, los deseos dejan de tener la más mínima importancia.