Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 86 de 96

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Cuando llega la luz

6. Saludo al sol

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Saludo al sol

Julián

No me gustó nada que hubiesen forzado la puerta de entrada de la casita. Según contó Sandra al llegar a la mansión, era un forzado suave, casi imperceptible a no ser porque la puerta se abría sola. No había notado que faltara nada. No se llevaron ni el ordenador ni la televisión, ni siquiera habían tocado el joyero de su hermana, ni una pulsera de cristales enganchada en una cortina. Era extraño porque si ya se habían llevado al niño qué más podían querer.

Santi y Sandra estaban agitados, bostezaban de nerviosismo más que de sueño ante la idea de que Martín tal vez les dejara ver a su hijo. Les recomendé sangre fría y que no se precipitaran. Ellos insistieron en dejarme en la residencia de camino a su cita.

 

Por fin podía tomarme la medicación, con mano temblorosa por supuesto. Me pesaba el vaso de agua. Me encontraba cansado. El corazón me iba demasiado lento y esperaba que no se me revolviera el estómago, porque se trataba de diez pastillas cayendo sobre un lecho casi vacío. Tenía que mantenerme bien, no por mí, sino por el niño. Santi había abandonado los canutos por el pequeño y Sandra no había echado ni una lágrima, se las tragaba todas por su hijo. Descansé diez minutos y fui de los primeros en llegar a cenar. No tenía ganas de hablar, así que procuré que no me tocara al lado de Geralda y James. Me agotaban mucho las preguntas bienintencionadas de ella. Esa mujer vivía en otro mundo, un mundo donde solo contaba mantenerse atractiva y ágil de la mañana a la noche, recordar su vida aristocrática y preocuparse por pobres hombres como yo. No podía decirle «todo esto es una mierda», como diría Sandra, y «existe gente terrible que sería capaz de arrancarte la cabeza por robarte ese collar de perlas». Le diría «has tenido mucha suerte por no haberte dado cuenta de quiénes eran Elfe y el Carnicero». Le diría «estás muy guapa con ese vestido ajustado y deberías exhibirlo en algún hotel de cinco estrellas o en algún yate o en un restaurante de lujo». Le diría «no pierdas el tiempo conmigo, estoy en la guerra».

Pero no pude escapar. Obligó a la persona que cenaba a mi lado a cambiarse de lugar. Del jardín solo se divisaban malamente las hojas del níspero, abrillantadas por una llovizna lenta. Por la manía de ahorrar en iluminación no podía disfrutar uno del pequeño privilegio de cenar viendo las plantas. Cuando se es tan mayor como yo, se vuelve a lo básico, a disfrutar de los rayos de sol, de las flores, del color de la tierra, de la pureza del aire y de alguna gente.

—Llevas una vida de crápula —dijo Geralda poniendo su enjoyada mano en mi brazo.

Y me pidió que la ayudase a buscar una pulsera de brillantes que debía de habérsele caído en alguna parte. Eso le traía de cabeza y creía, sin querer faltar el respeto a nadie, que quizá la había sustraído alguna empleada de la limpieza, por lo que pensaba dar parte a la dirección de la residencia. No era solo por su valor, sino porque se trataba de un regalo de Elfe.

—¿Y tú qué? —preguntó—. ¿Te quedarás esta noche aquí o saldrás disparado como últimamente?

Me quedaba. Estaba cansado de tanta fiesta, «la gente joven no tiene freno», dije.

En los postres entró James haciendo ruido con las botas. Cruzó el comedor despacio luciendo un cinturón con una turquesa en el centro. Algunos, los más despiertos, se volvieron a mirarle. Cuando llegó a nuestra altura nos cogió a cada uno de un hombro. «Hoy me toca cenar con los chicos de la partida», dijo. Me giré hacia su mano y vi en el dedo anular un pedrusco montado en oro blanco que contrastaba con su estilo country-rock y con mi camisa de rayas gastadas. No pregunté, él parecía orgulloso de llevarlo, por lo que no debía de ser falso. Se me acababa de revelar como un auténtico gigoló. Pilar y Geralda se lo rifaban. Una lo mantenía en la residencia y la otra le regalaba joyas. Podría ser envidiable.

Me tomé un sorbo de vino, me limpié boca y barbilla concienzudamente con la servilleta y me marché hacia mis aposentos.

Sentí un enorme alivio al quitarme las lentillas. Tenía los ojos rojos, secos, con una arenilla que me arañaba cuando los restregaba, ni siquiera era capaz de encontrar el colirio. Cuando por fin di con él en la repisa de cristal me eché tanto que parecía que lloraba a mares, algo que de verdad no podía hacer. Hacía siglos que no podía llorar, como si llorar fuese cosa de jóvenes, de esperanza y frustración, como si en algún momento la vida me hubiese excluido del llanto. Me coloqué las gafas de culo de vaso, a través de cuyos cristales veía tan borroso como a través de la ventana empañada por la lluvia. Debería ducharme, pero no tenía fuerza; tampoco me hacía mucha falta, lo de sudar también es cosa de juventud, de hormonas, de grasa bajo la piel, de ansia de vivir. Así que me cambié de calzoncillos y me puse el pijama. Tampoco los lavé, los dejé en un rincón. Puse la televisión, pero los ojos me escocían tanto que tuve que quitarla. Cuántas comodidades: una cama, pijama, televisión. Me pregunté si se habrían acordado de cambiarle el pañal a la desgreñada. Era cuestión de desatarle las manos y que ella misma se lo cambiara. Si tuviera móvil, llamaría, pero como no lo tenía cerré los ojos y fui adormeciéndome. Y cuando estaba al límite de ser tragado por el colchón, apagué la luz y me quité las gafas.

 

Ese fue el último acto que recordaba cuando, no sé qué hora sería, oí que se abría la puerta y pisadas en el cuarto. En lugar de encender la luz y preguntar quién andaba por ahí permanecí quieto, casi rígido, boca arriba con los ojos cerrados. Un engaño imposible, ellos sabían perfectamente que me había despertado, es algo que se nota en la respiración y en el espíritu de una persona. No es fácil hacerse el muerto. Una mano encendió la lamparita de la mesilla y aun así no abrí los ojos. Su luz amarillenta me atravesaba los párpados como un relampagueante campo de trigo. Sería Martín. Frida le habría dicho dónde estaba. En realidad era tan fácil localizarme que era de tontos que no se les hubiese ocurrido antes.

Sin embargo, la voz no era de Martín.

—Levántate, han venido a verte unos amigos.

Abrí los ojos. Era Geralda. La prueba definitiva de que estaba soñando. Nadie había entrado en la habitación y nadie me había hablado. Me di media vuelta.

—No seas perezoso. Tenemos que ir a un sitio —dijo, y me retiró la colcha de encima de una sacudida.

Sentí frío, y precisamente por eso soñaba que me destapaban. Entonces se encendieron los fluorescentes del techo, cuya despiadada luz me cayó sobre los ojos. Geralda se movía como un fantasma luminoso ante mí.

—No estás soñando, no seas pesado. Levántate. Tenemos que irnos.

Me parecía ridículo contestar a las preguntas de los sueños y permanecí mirándola.

—Toma —dijo, alcanzándome las deportivas—. Nos esperan.

Me levanté y sentí el frío de las baldosas en los pies. Tanteé con ellos el suelo en busca de las zapatillas. Y sobre la mesilla, las gafas. Todo era demasiado lógico para ser una pesadilla. Fui al baño subiéndome el pantalón del pijama y me bebí un vaso de agua. Oriné.

—¿Quiénes nos esperan? —dije por fin.

Mi voz retumbó en la habitación y rompió la luminosidad que envolvía a Geralda. Era real y yo estaba despierto.

—Pero ¿qué haces tú aquí? —dije recuperando el control de la realidad.

—Tengo que llevarte a un sitio donde te espera un amigo.

—¿Qué amigo?

—Es una sorpresa.

Descorrí la cortina. La oscuridad chorreaba igual que una tela sin escurrir. Fui a la mesilla y miré la hora en el reloj de pulsera, me lo puse. Solo me lo quitaba para dormir, fue un regalo de Raquel y Esther por mi cincuenta cumpleaños y mi conexión con esta realidad que me ha tocado vivir. Eran las tres.

Entró James tal como lo había visto en la cena, pero con una cazadora vaquera.

Me miró con la cabeza gacha, pesaroso, sabía que no estaba bien lo que hacía.

—Coge las fotos pegadas debajo de la mesa y dámelas. ¿Qué crees que significan? —dijo Geralda. ¿Geralda y James metidos en la Hermandad? ¿Era eso posible? ¿O James se dejaba llevar sin saber bien lo que hacía?

Me limité a entregarle las fotos. No tenía tiempo de quedarme pasmado ante esta nueva personalidad de Geralda. Estaba más preocupado por ese sitio al que querían llevarme. No tuve más remedio que ceder porque quizá podría haberme zafado de Geralda, pero no de Geralda y James juntos. Me dirigí a él, que con la cazadora parecía más ancho.

—James, ¿sabes de qué va todo esto?

Negó con la cabeza y dijo «No te preocupes». ¿Qué quiere decir no te preocupes: no pienses, déjate llevar, confía ciegamente en los demás, deja que otros decidan por ti? Estaba situado cerca de la puerta por si se me ocurría salir corriendo.

—Voy a vestirme —dije para ganar tiempo.

—Con las deportivas es suficiente —dijo Geralda con sus finos labios rojos. Una hebra gris se le salía del moño dándole un impresionante aspecto de bruja de Disney.

Terminé de atarme las deportivas.

—Con el pijama voy a helarme. Tengo que ponerme el chubasquero.

Geralda asintió. Me lo abroché bien. No quería pillar una neumonía en caso de que no me mataran. Sentí el peso del revólver contra el muslo.

No parecía que esto tuviese que ver con Martín. Nunca vi a Geralda en el grupo en torno al Carnicero. Estaba muy confuso, hecho un lío, y prefería no adelantar ideas e ir comprobando de qué se trataba.

 

Conducía yo. Geralda iba a mi lado, seguramente con una pistola en el bolso, y James detrás. No sabía hasta qué punto James estaba implicado o Geralda le había dicho «vamos a hacer un recado, no te preocupes».

Nos detuvimos en Punta Negra y bajamos, ella con una agilidad increíble, a la cala entre cuyas rocas cubiertas de algas había aparecido el cadáver de Violeta. Le pidió a James que esperase en el coche. Ella alumbraba con una pequeña linterna que emitía un potente haz de luz y que apagó abajo.

—Sabes muchas cosas. Sabemos que estuviste preguntando por Violeta, por Otto. Eres muy curioso.

—¿Con quién estás tú? —pregunté—. ¿Para quién trabajas?

Me acomodé de nuevo la capucha del chubasquero y metí las manos en los bolsillos. Empuñé la pistola. Ella no podía sospecharlo, exhibía una seguridad insultante.

—¿Qué sabes de la cueva? Cuéntame qué sabes. Te tengo cariño y no quiero matarte.

—Sé que Otto asesinó al científico Heinz Krug, con ayuda de agentes del Mossad, y escondió sus restos en una de las cuevas de monte Dianium. No fueron los egipcios quienes secuestraron a Krug sino Otto. Krug trabajaba en un proyecto egipcio de misiles y suponía un peligro para Israel. El Mossad localizó a Otto y le convenció de que trabajara para ellos. Y él eligió la traición a cambio de que le dejaran vivir en paz. Violeta lo sabía y se lo contó a mi amigo Salva, que también acabó sabiéndolo. Tengo las coordenadas de la cueva. James subió hasta allí. Yo no pude. Imagino que te lo contó.

—Así que lo sabes todo y lo único que te falta es verlo con tus propios ojos y contarlo a los cuatro vientos.

—Así es. ¿Me falta algún detalle?

—Mientras yo viva, este secreto seguirá siendo un secreto.

—El joven Sancho va detrás de esta información. Se huele algo, pero no sabe qué es exactamente. Si se enterase todo cambiaría, ¿verdad?

—Nuestra vida no ha sido fácil. No vamos a consentir que nos arruinen la poca que nos queda. Otto es un líder y seguirá siéndolo.

—Nunca te vi en la Hermandad.

—No sabes nada de la Hermandad.

Sonrió bajo la luz de la luna. Una sonrisa que me recordó otras horribles sonrisas.

Abrió el bolso con la clara intención de sacar un arma. Era un revólver con forma de bocadillo y era muy bonito, color café con leche brillante. Geralda llevaba una chaqueta del mismo color y unos botines de ante negro. Si no la matase podría vivir más de cien años. Pero empuñé la pistola y sin sacarla del bolsillo la dirigí hacia ella y disparé. El ruido del disparo se perdió en el ruido del oleaje.

Se sujetó el estómago con la mano. Se le cayó el bolso y las olas lo movieron hacia dentro y hacia fuera. Fue tambaleándose hasta las rocas y se sentó en un charco de arena y agua negra por las algas. Yo procuré que no se me mojaran mucho las botas al recoger el bolso. Luego fui hacia ella.

Me guardé su pequeño revólver, un revólver plateado como de fiesta, en el otro bolsillo del chubasquero y le arrojé el bolso. Me miraba desconcertada. No hablaba. Imaginé que el charco estaría tiñéndose de rojo y también los anillos de las manos. Incluso para esto se había puesto muy elegante. Le toqué el pulso, lo tenía ya muy débil, como mucho tardaría una hora en morir. No me pareció que pudiese pedir ayuda. Le arranqué los anillos, el reloj y el collar. A saber de qué víctimas procedían, de personas que un día los lucieron llenas de vida. Esta muerte era una justa venganza.

Subí como pude al terraplén donde había aparcado el coche y desde allí arrojé, con toda la fuerza que pude, las joyas al agua. Me metí dentro del coche y le pedí a James que arrancara.

—¿Y Geralda?

—Dice que quiere pensar un rato en sus cosas. No te preocupes —dije, tal como él me dijo a mí.

—Me ha dicho que un antiguo amigo tuyo y ella querían darte una sorpresa.

—Estarán juntos ahora, no te preocupes —repetí.

No hice caso de la cara de total desconcierto de James. No hice caso de sus sospechas. No hice caso de nada. Tenía que descansar porque a las ocho de la mañana me había citado con Sancho el empollón.

—Oye —le dije a James—. ¿Tienes algo que hacer a las siete y media?

Le prometí invitarle a un desayuno con zumo de verdad, huevos fritos y unas buenas salchichas grasientas. Le pedí que se pusiera el sombrero tejano que a veces exhibía en sus actuaciones en la residencia, porque si no se le veía bien la cara podía pasar por joven.

Y por si acaso se echaba atrás, le pedí las llaves del coche. Ante su resistencia, tuve que decirle que si no fuera por pura necesidad jamás volvería a meterme en ese coche. No es mi estilo, dije.

 

Ahora sin Geralda tenía su Mercedes, o, mejor dicho, el del Carnicero, a mi disposición.

Traté de descansar lo máximo posible, aunque solo conseguí dormitar a ratos. Me asaltaba la imagen moribunda de Geralda desangrándose entre las algas y me preocupaba que alguien pasara por allí y la llevara a un hospital. No, no era probable. No consideré oportuno rematarla. Un disparo podría confundirse con cualquier cosa, dos podrían llamar la atención.

Me levanté a las siete porque entre el afeitado, la puesta de lentillas y demás tareas se me pasaba media hora volando.

A las siete y media estaba tocando en la puerta de James con los nudillos. Me abrió en calzoncillos exhibiendo sus largas y flacas piernas. Había un póster de los Rolling en la pared y fotos de coches y de chicas en pelotas. La ropa estaba revuelta encima de la silla y los calcetines sucios hechos una pelota en un rincón, la guitarra colgaba de un gancho. Podría ser el cuarto de un adolescente a no ser por él mismo.

No cruzamos ni una sola palabra camino del parking.

—¿Crees que estará bien Geralda? Me resultó raro que se quedase allí sola.

—Está perfectamente, no te preocupes.

Conduje yo para tener el control sobre las llaves. No sabía cómo podrían desarrollarse los acontecimientos.

—Si no me tomo un café ahora mismo no te seré de mucha ayuda —dijo James.

No hice caso, no quería llegar tarde a la cita.

Iba a hacer una mañana maravillosa, uno de esos días de cielo azul, mar azul y fachadas blancas y radiantes. Pasé con el coche por el lateral del Bellamar, cuya entrada principal daba al mar. Parecía cerrado. Aparqué lo más cerca posible y cogí las llaves, aunque no cerré las puertas. Podría habérselas dejado a James, pero no me fiaba de un tipo que llevaba un brillante en un dedo. En los bolsillos del chubasquero guardaba las armas de Sandra y Geralda.

En la orilla había alguien haciendo estiramientos o yoga. Supuse que sería Sancho y fui hacia allí. Me hundía en la arena con las botas y el peso del chubasquero. Miré hacia atrás y vi a James medio sentado en el capó mirando hacia otra parte que no era yo.

Esperé a que Sancho terminase lo que estuviera haciendo, que parecía agotador.

—Es el saludo al sol —dijo al terminar—. Ahora voy a darme un baño, ¿te apetece?

Negué con la cabeza. Lo vi quitarse la camiseta y meterse en el mar. Me cansaba mucho estar de pie, pero no quería sentarme y que el empollón viese cuánto me costaba levantarme.

Salió fresco y reluciente. Era más fuerte de lo que parecía vestido, fibroso, sin nada de grasa. Cogió las gafas de encima de una toalla. En la espalda llevaba tatuado un sol negro, cuyos rayos se movían al contraerse los músculos para secarse. Irradiaban crueldad y peligro desde todo su ser. Me horrorizaba que el niño, si aún vivía, estuviese en sus manos. Se limpió las gafas con el pico de la camiseta. Quedaron tan relucientes que me hacían daño en los ojos.

—Frida me ha contado una historia sobre un niño y sobre un secreto. Dice que nosotros tenemos al niño y tú el secreto.

—Lo tengo. ¿Y tú al niño?

Me volví para comprobar que James seguía en su sitio y vi a Frida en la terraza del restaurante con las piernas separadas en plan defensivo u ofensivo o ambas cosas.

—¿Ese viene contigo? —dijo Sancho señalando con la cabeza a James.

—Lo mismo que Frida viene contigo. Haces bien, es una máquina de matar.

—Entonces estamos en paz.

—Martín dice que habéis secuestrado a su madre. Tenéis mucho mérito, yo no la soporto. Por mí os la podéis cargar.

Me lo imaginaba. Lo sabía. Sandra se había precipitado.

—Bueno, vamos al grano. Si nos dais al niño, yo te digo lo que quieres saber. Ellos creen que van a vivir para siempre, pero yo sé lo que es ser viejo. Hay que dejar paso a los jóvenes. Es justo que aspires a liderar la Hermandad, y cierta información te abriría las puertas de par en par.

—El trato es —dijo colgándose la toalla al hombro— que tú me das la información y yo te devuelvo al crío.

—¿Se encuentra bien el niño?

Me dio la espalda para decir sí. Sonó débil, sin credibilidad. Se puede ser un asesino, un fanático y no poseer el don de mentir. En algunas personas su poca fe en lo que dicen se cuela por las rendijas de las palabras, la falsedad de lo que dicen gotea como el agua. Me entró una gran angustia. Íbamos andando hacia Frida. Él ágilmente, yo hundiéndome en la arena.

—¡Espera! Si no veo al niño no sigo hablando.

Me cogió del hombro con tal fuerza que me hundió un poco más. Frida nos observaba. James no se enteraba de nada.

—Te vienes con nosotros —dijo mientras se ponía una camisa—. Si quieres verlo lo vas a ver.

Sus palabras sonaban a terrorífica esperanza. Le hizo una señal a Frida para que controlara a James. Ella fue hacia él y le cacheó, luego le pidió que se metiera en el coche.

James no tenía las llaves, así que no podría ir a ninguna parte.

Nos marchamos en un Opel. Yo iba de copiloto y Frida detrás. Alguna vez me giré para mirarla y no pude leer en sus ojos si estaba completamente del lado de Sancho ahora que él empezaba a tenerla en cuenta. Sin embargo, debía de imaginarse que yo iba armado y no lo mencionó, lo que hacía sospechar que no estaba segura de cómo iban a desarrollarse los acontecimientos.

Aparcamos cerca de la calle Principal y primero salió Sancho. Yo me limitaba a obedecer. El sol pegaba con mucha fuerza en el cristal y el chubasquero me estorbaba. Aún no había desayunado ni me había tomado las pastillas. El sudor me corría peligrosamente por la frente.

—¿Dónde vamos ahora?

Frida no contestó. Me hizo abandonar el coche a los diez minutos. Entramos en la tienda de electrodomésticos. Una mujer rubia me observó fijamente tras el mostrador. Debía de ser la que se llevó al niño con Martín.

—Buenos días —dijo—. Me marcho ya.

Salió y echó el cierre metálico. Nosotros pasamos a una trastienda llena de cajas enormes y otras pequeñas, con un dedo de polvo encima. Sancho abrió una puerta camuflada en unas estanterías industriales y desembocamos en un pasillo largo y oscuro que al final acabó en unas escaleras, que tendría que subir sin haber echado nada en el estómago, y estas en una habitación insonorizada por placas de poliestireno.

Había un par de ventanas alargadas en el techo. Debía de ser la típica buhardilla acondicionada y probablemente daba a otra calle. Cuántos nazis se habrían escondido aquí esperando saltar a Sudamérica o a que se olvidaran de ellos. Había una colchoneta en el suelo.

—¿Dónde está? —pregunté.

—Lo han sacado a dar una vuelta. Ahora el importante eres tú.

Sancho se quitó la camisa y las gafas. Su mirada se volvió lejana y oscura, los músculos se le tensaron. Por las ventanas pasaban las nubes. Fue hacia un mueble y empezó a buscar algo en el cajón, y sin volverse le ordenó a Frida que se marchara.

—Lo que tengo que hablar con él es cosa mía —dijo mientras la esfera negra de la espalda se contraía entre los omóplatos.

—Pero… ¿no me necesitarás? —repuso Frida dándole una oportunidad para poder respetarle y quererle.

Sin embargo, a él pareció molestarle tener que volverse para mirarla. Se le iban formando ojeras y la mirada era cada vez más lejana. Daba la impresión de estar transformándose en un ser de otro mundo. Cualquiera en mi lugar estaría realmente asustado. Yo en cambio estaba comprobando con curiosidad que este chico escondía sus símbolos y su verdadera identidad bajo una ropa más anodina que la mía. Nadie sospecharía que debajo de la camisa de cuadros había un monstruo.

—¿Para qué crees que puedo necesitarte? —le dijo.

Frida era un soldado de base y sus superiores acostumbraban a tratarla a patadas. Lo que no sabía Sancho es que venía herida de muy atrás y que si fue capaz de vengarse de la falta de amor que un gran sádico como el Carnicero tenía hacia ella, no iba a doblegarse ante un sádico de tres al cuarto.

Aunque yo clavaba la vista en la colchoneta del suelo, no estaba contemplándola, sino observando a Frida indirectamente y dándome cuenta de que mis desastrosos ojos abarcaban más de lo que creía y que en general vemos mucho más de lo que recordamos. Y pude atisbar una ligera sonrisa en sus labios finos y delgados tirando a crueles. Luego pasó por mi lado, casi rozándome. Posiblemente una forma suya particular de despedida. ¿Para siempre? No me había desarmado, literalmente hablando, y ahora creo que se alegraba.

—Está bien, me marcho. Buena suerte.

 

El empollón sacó del cajón unos artilugios de acero que no había visto en mi vida. No sé cómo describirlos: pequeñas sierras circulares unidas que giraban unas sobre otras y que funcionaban con pilas. Me fijé en su pelo corto de estudiante pasado de moda. Agradecí que a mi amigo Salva probablemente lo enveneraran y que no tuviera que enfrentarse a este pirado. Pero ¿y el niño? El sudor arreció, creía que iba a desmayarme y no podía quitarme el chubasquero. Miré alrededor mientras Sancho jugueteaba con las cuchillas. No había rastros de sangre. Los actos horribles, por mucho que intenten borrarse, permanecen en el aire y en algunos indicios visibles.

Ante el desconcierto de Sancho, le di la vuelta a la colchoneta. Dejó en paz las cuchillas por un momento. Al caer al suelo, la colchoneta soltó un golpe de polvo como si llevase en esa posición bastantes días. También en los rincones de la sala se arremolinaba pelusa. No habían barrido por lo menos en una semana, lo que era tranquilizador y al mismo tiempo extraño. Una extrañeza que suponía un alivio, por el momento.

Sancho volvió a hacer girar las cuchillas, que soltaban un silbido, y me pidió que me quitase el chubasquero.

—Estás sudando —dijo.

En las ventanas del techo daba el sol y creaba un efecto invernadero.

—Quítate el chubasquero —repitió— y túmbate en la colchoneta a descansar. Ahora recuerdo que un día te dije que mi abuelo era como tú. Os conozco y os comprendo muy bien. Sé que necesitas beber agua, cerrar los ojos, pensar en otros tiempos mejores. Los viejos sois la bomba. —Al ver que yo no obedecía empezó a alterarse—. Venga, túmbate, ¡joder! O dime qué esconde Otto. Dime si es verdad que es un traidor. Dame nombres, pruebas.

Con la palabra esconder quería decir muchas cosas, con la palabra traidor también.

—Si ahora mismo le entregas el niño a su madre te lo digo todo. Pruebas, nombres. Te convertirás en el amo.

Sancho cada vez tenía más ojeras y más moradas, y la mirada más ida. ¿De verdad ansiaba la verdad o hacerme picadillo? ¿Qué le haría más feliz?

Iba a decirle que él no era un asesino, pero sería como decirle que era un marciano. Así que le dije con las manos metidas en los bolsillos:

—Ya sé que no tienes escrúpulos y que estás como una chota, por lo que no me dejas otra opción. —Y saqué el arma—. Yo no soy tu abuelo, yo he tenido que lidiar con gentuza como tú desde que me metieron en un campo de concentración a los dieciocho años. Así que guarda esa mierda en el cajón y dime qué ha pasado con el niño.

Se quedó sin saber si tomarme en serio, y no tuve más remedio que dispararle en el pie.

Le costó reaccionar, no se lo podía creer. Gritaba y pegó puñetazos en la mesa del dichoso cajón. Era normal que le doliera bastante.

—¿Sabes lo más gracioso de todo esto? Que Frida sabía que voy armado. No entiendes de viejos ni de mujeres.

Escuchaba entre quejidos de dolor. Se vendó el pie con la camisa de cuadros. Tenía las manos rojas.

—Ahora voy a dispararte en el otro pie si no me dices dónde está el niño; después en los huevos y finalmente en el corazón. La bala te atravesará el sol negro.

Por un instante dudé si esta no habría sido la última bala. Aunque me quedaba el pequeño revólver de Geralda.

—El crío no está. Desapareció.

—¿Cómo es eso posible?

—Y yo qué sé. Lo dejamos aquí dormido una hora, no más. —Se quejó de dolor, las lágrimas le resbalaban por las mejillas enrojecidas por la sangre—. Cuando volvimos alguien se lo había llevado. Es la puta verdad.

—Pero ¿cómo? —Era la cosa más absurda que había oído en mi vida.

—Por la ventana, quien se lo llevo puso la mesa debajo. ¡Tengo que ir a un hospital! —gritó—. Tienen que sacarme la bala.

—¿Quién pudo llevárselo? Quizá uno de vosotros os haya traicionado y quiera chantajearme por su cuenta.

—Solo ha podido ser Martín. Voy a cargarme a ese hijo de perra.

—No lo creo —dije, y me aventuré a dispararle en el otro pie.

Afortunadamente sí había bala. Y se le clavó en la planta. Ya no podía salir corriendo detrás de mí. Me acerqué a él y le quité el móvil. Llevé con las puntas de los dedos las cuchillas hasta una papelera en el extremo opuesto de la sala adónde él no podría llegar. Tras una puerta había un aseo y allí tampoco vi rastros del niño, ningún pañal, ningún biberón.

De pronto cesaron los lamentos de dolor de Sancho y cuando quise darme cuenta se había desmayado. Le quité del bolsillo del pantalón las llaves con que había abierto la puerta, que volví a cerrar con varias vueltas. A partir de aquí, le podría ocurrir cualquier cosa, que alguien le salvase la vida o que muriese desangrado. Eso era lo que había.

Recorrí el camino de regreso sin dejar de empuñar la pistola. No quería escuchar la voz de mi conciencia, no quería escuchar a Raquel. No quería que se saliesen otra vez con la suya, no quería darles tantas oportunidades. Ni creí que por lo que estaba haciendo me esperase el infierno. Porque ya había estado en él.

Durante la huida por el pasillo sentí que me perseguía una sombra. Por supuesto eran solo aprensiones, pero anduve lo más rápido posible, como cuando de niño se me hacía de noche jugando en el parque y tenía que regresar a casa por calles oscuras, por las calles más oscuras que he recorrido jamás. Tu espíritu es el que te persigue, diría Raquel. Y ¿qué podía hacer yo? Al fin y al cabo no había matado a Sancho ni le había hecho la milésima parte de daño que a él le habría encantado hacerme a mí.

En la tienda se respiraba paz y silencio. La blancura de los frigoríficos, lavadoras y microondas le daba un aire celestial. Desde luego hasta aquí no llegaban los alaridos de Sancho, si es que había despertado. Subí el cierre metálico lo preciso para poder salir y luego busqué la llave que encajara en el cierre, situado a pocos centímetros del suelo. Tardé un poco y al levantarme me dolían las rodillas.

Cojeé hasta el coche de Sancho. La llave de arranque sí que se distinguía del resto. Tiré hacia el restaurante Bellamar, donde había dejado plantado a James.