Cuando llega la luz
Julián
James no olvidó. Durante la comida y mientras trataba de descansar repantingado ante el televisor, James se me acercaba para susurrarme que Geralda sí que llevaba un montón de joyas la noche del asesinato. Yo le pedía que, por favor, me hablase por el otro oído, y cuando pillaba la palabra joyas le decía que se trataba de un atraco clarísimo, pero que como él habría recibido algún regalito como el brillante que lucía en el dedo o el cinturón de la turquesa, y como éramos nosotros quienes la habíamos acompañado a Punta Negra, más le valía estarse calladito. Yo no quería moverme de Tres Olivos para controlar a James en caso de que nos interrogaran.
Pilar nos reunió en el comedor, no tanto para darnos la noticia de que Geralda había pasado a mejor vida, sino para alertarnos y prevenirnos de que no hiciésemos locuras si no queríamos acabar como ella, tirada entre las rocas con un tiro en el estómago. Los más despiertos consideraban que algún gigoló la había arrastrado hasta allí para robarle los pedruscos que siempre llevaba encima. James me miró de reojo. Esperábamos que nadie nos hubiese visto meternos con ella en el coche. Pero lo que de verdad me importaba, lo que me quitaba el sueño, lo que me obligaba a cruzar y descruzar constantemente las piernas, era no tener ni idea de quién se había llevado al niño de la buhardilla. No podía permanecer más tiempo escuchando como mis compañeros le daban vueltas al asunto de quién sería el chulo de Geralda, que ellos llamaban un tanto anticuadamente gigoló.
Ya me había adueñado del coche de Sancho y era cuestión de minutos que alguien me preguntase de dónde lo había sacado.
El bueno de Sancho, salvo que Frida se apiadase de él, estaría en las últimas si no muerto. La verdad era que no sentía ningún placer con el suplicio sufrido por este chico y procuraba apartar su imagen de la cabeza.
Al anochecer me encaminé a la mansión para contarle estas novedades a Sandra y explicarles que alguien había arrancado a Janín de las manos de sus primeros secuestradores. Pensé que hacía mucho que no hablaba con Esther y también que hacía mucho que no escuchaba los consejos de Raquel; no aprobaría nada de lo que había hecho. Me diría que también yo me había convertido en un monstruo y que no me reconocía. Y yo le contestaría que no me habían dejado otra salida y que solo había tratado de que el Carnicero, Geralda y Sancho supiesen que no se puede jugar con la vida de los demás. Raquel me diría que a ella no la engañaba, y que lo que yo hacía se llamaba venganza y que el secuestro del niño me liberaba de cualquier sentimiento de culpa por vengarme. Puede ser, Raquel, puede ser, pero esto es lo que hay. Y por suerte para ti no tienes que verlo.
Aparqué en una calle lateral, bajo la cascada de madreselva en que también solía dejar la moto. No es que lo ocultara del todo, pero pasaba más desapercibido.
Abrí la cerradura del portón con cuidado y anduve despacio sobre los adoquines, no quería tropezar y hacerme daño. No se oía nada y no se percibía ningún olor que pudiera encubrir el agua estancada, las hojas podridas y las perfumadas enredaderas. Por los ventanucos del sótano, aunque tapados, se escapaba algún rayo de luz, imposible de ver desde la calle. Y cuando cerré la puerta de la entrada suspiré porque una vez más me había librado de que alguien me siguiera.
—Soy yo —dije desde arriba.
Sandra iluminó las escaleras con la linterna.
—Lo siento —añadí—, se me ha olvidado traer algo de comida.
—Es igual —dijo Santi—. No tenemos hambre, estamos esperando la llamada de Martín. Está en el hospital con uno que se llama Sancho. Lo hemos encontrado herido, medio muerto en la buhardilla donde tuvieron retenido a Janín hasta que alguien se lo llevó.
—¿Habéis llevado al hospital a Sancho?
—El que le hizo eso es uno de ellos sin duda. Una persona normal no es capaz de algo así.
Me preocupaba lo que Sandra pudiera pensar de mí si se enteraba de que el responsable era yo. Pero me preocupaba mucho más que Sancho se salvara y que intentase tomar represalias. Sería sencillamente horrible. Tendría que haber acabado con él.
—Por lo visto no volverá a andar —dijo Santi distraídamente.
La madre de Martín me miró aterrada porque de los presentes solo ella y yo éramos capaces de comprender la dimensión del asunto. Santi continuó.
—Martín no entiende lo que ha podido ocurrir en la buhardilla y espera que cuando Sancho despierte sepa quién se llevó al niño. Alguien arrimó una mesa bajo la ventana y lo sacó por ahí.
No tenía ninguna pregunta y no quería que siguieran explicándome una historia que conocía muy bien. Ellos jamás imaginarían lo bien que la conocía. La única que no me quitaba ojo era la madre de Martín.
—No puedo estarme quieta —dijo Sandra, caminando de un lado al otro del sótano—. No puedo estar aquí esperando a que llame Martín. Voy a la casita a cambiarme de ropa. Necesito tomar el aire. Me ahogo.
Hablaba entrecortadamente, estaba al final de sus fuerzas.
—Voy a volverme loca —dijo.
Santi y yo nos ofrecimos a ir con ella.
—No es conveniente que conduzcas en este estado —intervino Santi.
—¡Déjame en paz! —contestó ella.
Dio un portazo al cerrar la puerta del sótano y otro al cerrar la puerta de la entrada. Empezaba a darle todo igual, había perdido la esperanza.