Cuando llega la luz
Sandra
En mi cuarto había una cama grande en la que solo se usaba el lado izquierdo, el más cercano a la puerta. Casi habría preferido una más pequeña y así no sentir esa melancolía que me invadía algunas noches y algunas mañanas al acostarme y al levantarme. Me daba la impresión de ser tragada por el colchón, por mucho que lo cubriese con unas sábanas de hilo y una colcha de la India con pequeños cristales que brillaban cuando me movía. Y por eso más de una vez me quedaba dormida en el sofá con la televisión encendida hasta que en algún momento de la noche su ronroneo me despertaba y la apagaba. Me levantaba con alguna contractura pero sin esa extraña angustia de cama grande.
Frente a la cama había un jarrón con flores secas sobre una cómoda de madera envejecida, destinada a documentos, mantelerías y a mi ropa interior que, pensando en la de Lucy, la novia de Santi, no me atrevería a llamar lencería. Nunca me ha dado por adornarme por dentro.
Abrí el primer cajón, donde había guardado la nota metida por Martín en la bolsa de ositos, otra nota que me había escrito Alberto en Dianium, unas fotos y algunos números de teléfono, todo lo que conservaba de mi otra vida, y las clavé en el corcho de la cocina para examinarlas con detenimiento mientras desayunaba, mientras comía y mientras fregaba los platos. Las letras eran iguales.
Era sábado y el niño no tenía guardería, pero no tuve más remedio que pasarme por la tienda para turnarme con mi hermana.
Iba arreglada como lo hacía siempre para ir por ahí con su marido. Zapatos de tacón, medias trasparentes.
—Vete cuando quieras. Estás muy guapa —le dije.
Al decir guapa quería decir limpia, depilada, perfumada, maquillada, peinada. Cualquier hombre podría ir sobre seguro con ella. Su marido se llamaba Richi y era directivo de una multinacional. Los domingos se ponía unos vaqueros con la raya planchada para ir a comer a la sierra con mi hermana y sus dos hijos, a los que a veces me unía yo con Janín. En el fondo me consideraban una carga, porque en caso de problemas ellos no podrían negarse a ayudarme, no podrían ser unos desalmados, y eso a Richi le ponía nervioso. A veces me preguntaba por Santi. Santi y yo nos entendíamos, decía, nos llevábamos bien… ¿Por qué no nos casábamos? Santi parecía un buen chico, y seguro que le gustaría ver a su hijo todos los días y no solo los fines de semana. La pasión al final se pierde, aunque con un poco de imaginación puede volver, decía mirando con picardía a mi hermana.
Estaba deseando ver salir de la tienda a mi hermana para hacer una llamada internacional a Buenos Aires. Desplegué el parquecito que tenía en la trastienda para estas ocasiones y senté a Janín con algunos juguetes de goma. Esperé diez minutos para asegurarme de que no iba a volver de improviso a recoger las llaves o algo de dinero y les pedí a dos clientas que esperasen un momento. En Argentina serían las ocho de la mañana. Sabía que la hija de Julián se levantaba temprano para ir al colegio donde daba clase y rogaba que hoy también estuviese despierta, que no se hubiera cambiado de casa, ni de ciudad, ni de país, o algo peor: que no hubiese muerto, que continuase siendo tal como su padre me la había descrito: grandes ojos negros, trabajadora, tranquila, alérgica a la aventura y las sorpresas. Nunca pudo darle ninguna el día de su cumpleaños para no asustarla, no soportaba los sobresaltos ni los giros inesperados en la vida, e inconscientemente se había propuesto esquivar los altibajos no cambiando nada de su entorno ni de su persona. Se llamaba Esther y siempre me la había imaginado serena y poco habladora, casi una sombra alrededor de la tragedia vivida por sus padres en el campo de Mauthausen.
Al cuarto timbrazo me cogió el teléfono. En el fondo no me lo esperaba y no supe qué decir cuando preguntó quién hablaba. Tenía un acento muy rehilado, suave, aunque con ciertas asperezas que la endurecían. De pronto me pareció una mujer que había elegido su camino y que había elegido no ser como su padre ni probablemente como su madre. Me pareció que había elegido no compadecerse.
—¿Hablo con Esther?
—Sí —respondió—. ¿Con quién hablo yo?
—Soy amiga de tu padre. No sé si alguna vez me habrá mencionado. Me llamo Sandra.
Un profundo silencio cruzó el cielo, las montañas y el mar. Dudé de si se habría cortado la línea.
—¿Hola? —insistí yo, ante el mutismo al otro lado de la línea.
—Estoy aquí —dijo con precaución, como si estuviera pronunciando palabras mágicas capaces de hacer saltar el mundo por los aires—. ¿Vos sos esa Sandra, la chica que vivía en la casita de las flores?, ¿la chica del pelo rojo?
—Imagino que sí, pero ya no tengo el mechón rojo —le aclaré, pensando en la bonita imagen que Julián le había trasmitido de mí.
—¿Le ocurrió algo a ese cabezota? Tiene el corazón roto literalmente hablando.
—No le ha pasado nada. Bueno, no lo sé. Necesito verle, advertirle de algo…, y no sé dónde está ahora.
—¡Ya! No sos la primera que llama pidiendo su dirección. ¿Es que esto no va a terminar nunca?
—¿Quién ha llamado? Es muy importante.
—Una voz de mujer. Dijo más o menos lo mismo que vos.
—¿Cómo puedo demostrarte que soy Sandra, la chica que tu padre encontró en Dianium a punto de cometer el mayor error de su vida?
—No podés. No te conozco. Todo lo que me digas podría ser mentira.
—Cuando conocí a Julián estaba embarazada de cinco meses. El padre de mi hijo se llama Santi. ¿Te vale esto?
—El caso es que si la otra que me llamó conoce mi existencia y mi número de teléfono también podría conocer otros detalles, como vos, compréndelo.
Tenía la sensación de que me creía pero no podía arriesgarse.
—Quiero ver a mi padre por última vez, haz lo posible para que no muera o le maten antes de tiempo —dijo.
Comprendió mi silencio, mi impotencia. No podría ayudarle solo con el deseo. Entonces continué hablando.
—Dile que echo de menos la tarta de chocolate a las cinco y media en el Faro, los tesoros debajo de las piedras, y que aún conservo las botas con herrajes que compramos juntos.
—Volvé a llamar mañana. Si tengo suerte, podré decirte algo.
Al menos no parecía que Julián hubiese muerto.
Esa noche no llevé a Janín a la cuna. Dormí abrazada a él, sintiendo su intenso calor, su respiración. Otra madre, de ser madre de esta preciosidad, jugaría más con él en la mantita. Le enseñaría a distinguir los colores y los tamaños para que después fuese el más listo de la clase. Más de una vez he creído que todo lo hacía por mi hijo, pero si lo pensaba bien hacía lo básico, lo urgente, y si lo pensaba mejor no me sentía una madre excepcional, solo lo cuidaba y no me esforzaba más de la cuenta.
Al despertarme por la mañana, Janín tenía el pelo mojado de sudor y yo el hombro lleno de babas. Me hice un café pensando en mi eslabón con Julián, su hija Esther.