Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 87 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

La desgreñada desprendía un tufo que llegaba hasta la escalera, pero se encontraba bien. Santi y Julián habían logrado que se comiera un trozo de pizza y bebía agua con regularidad. Antes de salir, volví a llenarle el jarrón que en otro tiempo debió de contener bellas rosas y bellos gladiolos. En estos momentos, ¿a quién le importaban el cambio de pañal y el aseo personal salvo a ella? Y ¿a quién le importaba ella?

—Ahora vamos a ver a tu hijo —dijo Santi—. Si nos ayudas a buscar al nuestro, Martín no tendría que pasar por esto, tal vez ver morir a su madre. O, mejor aún, que tú lo veas morir a él.

Negó con la cabeza. No sabía dónde estaba Janín o no quería que hiciésemos nada de lo que decíamos. No hubo ningún movimiento afirmativo, así que emprendimos la retirada. Martín ya estaba esperándonos en un chiringuito de playa, cerca de la casita, más o menos por donde me abordó aquel día en que yo corría por la orilla. Hoy el ambiente era desolador, desesperanzado, lluvioso, más acorde con lo que sentíamos.

Le pedí a Santi que vigilara desde el coche para evitar que Janín pudiera quedarse huérfano. El chiringuito consistía en una construcción rápida de cemento tosco que se mimetizaba bien con las rocas sobre el mar, de modo que con oleaje fuerte el agua llegaba hasta la barra. En algún momento el ayuntamiento pensó derribarlo, pero luego decidieron que le daba encanto al lugar. Lo llevaban unos hippies de coleta larga que habían decidido ser pacientes, lentos y contemplativos, por lo que si Martín y yo nos matábamos no se enterarían de nada.

Esperaba sentado en la pequeña plataforma de fuera. Las finas gotas de lluvia y las de bruma marina danzaban sobre su cazadora iluminada por las luces del chiringuito. Era el mismo de siempre. Una de sus manos, empequeñecida por el ancho anillo de plata recia, sostenía un pitillo, que arrojó a la espuma negra al verme.

Se puso en pie.

—Vamos a dejarnos de preámbulos y de gilipolleces. Tu madre está hecha un asco. Y agonizará hecha un asco y completamente sola si no puedo ver ahora mismo a mi hijo.

Llevaba las patillas descuidadas y el pelo le estaba creciendo dejando al descubierto unas pronunciadas entradas.

—Yo también quiero verla. Si no, no hay trato.

—Lo que tú puedas querer a tu madre no es comparable con lo que yo quiero a mi hijo. Estoy deseando deshacerme de ella. Te la devuelvo con mucho gusto. De lo contrario acabará ahí. —Le señalé la panza oscura e hinchada del mar—. Adiós.

Me di la vuelta. De estar Janín vivo me lo diría. Estaba jugando conmigo a la desesperada. Santi salió del coche asustado. Mi cara lo decía todo: era el final, se había acabado, ya no había más opciones. Entonces Martín salió corriendo detrás de mí y de Santi.

El oleaje iba a inundar de un momento a otro el bar, y había que gritar para hacerse oír. Su voz llegaba húmeda y aterradora.

—¡No sé dónde está! —gritó—. Ha desaparecido y lo estoy buscando como un loco.

Le hice una seña a Santi para que prosiguiéramos el camino hacia el coche.

Pensaba cumplir mi palabra. Si no veía a mi hijo, él no vería nunca más a su madre. Podía inventar todas las disculpas absurdas que quisiera, porque se las llevaría la lluvia y el ruido del mar.

—¡Lo juro! —siguió gritando—. Alguien se lo ha llevado de la buhardilla donde lo escondíamos.

Las ráfagas de lluvia llevaban y traían trozos de su voz y de sus palabras. Cuando llegamos al coche, Santi me detuvo.

—Espera, tenemos que escuchar lo que nos dice. No tenemos nada más.

—¿Por qué querías al viejo Julián? ¿Si lo entregamos nos devuelves a nuestro hijo? Julián y tu madre a cambio de él.

—No sé dónde está el niño —dijo separando las palabras como si le costase hablar o a nosotros entender.

No se sabía si eran lágrimas o gotas de lluvia lo que le resbalaba por la cara.

—Julián sabe dónde escondió Otto algo que le interesa mucho a mi jefe.

—¿Quién es tu jefe?, ¿Fred? —pregunté para atar cabos.

Hizo una mueca de desdén.

—Mi nuevo jefe es Sancho. Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste.

—¿Dónde está la buhardilla esa donde escondíais a Janín?

—Es igual, se lo han llevado. Allí no hay nadie.

En cambio sabía dónde se ocultaban los que huyeron tras la denuncia de Julián: Fred y Karin, Otto y Alice. No llegaron a salir del país. Primero se retiraron a una finca de caza de un exministro franquista. Pero luego, poco a poco, fueron volviendo y recluyéndose en el Nordic Club. No salían de allí, no se dejaban ver nada más que para jugar al golf en los hoyos de las instalaciones. A mí ya no me importaba, y a Santi menos.

De pronto, notamos que Martín hablaba desde abajo. Se había caído al suelo o hincado de rodillas.

—Mi madre y yo tendremos que marcharnos lejos cuando se enteren de que los he delatado, pero no me importa si estamos juntos.

—Levántate —ordenó Santi cogiéndole del brazo—, vas a llevarnos al lugar donde viste a Janín por última vez.

La lluvia rociaba la piel y se quedaba prendida en las puntas del pelo de una forma tan agradable que la odié.

Martín se revolvió y se soltó.

—Es inútil.

—Eso lo veremos nosotros.

Era increíble que fuese tan buen hijo siendo tan mala persona. No quería enfadar a Sancho, al fin y al cabo él tenía menos que perder que Martín. Prefería verle y contarle cómo estaban las cosas y si había podido averiguar el paradero del niño. Nos veríamos a las once de la mañana en este mismo lugar. Nos dijo que Sancho tenía algo importante que hacer y que terminaría sobre esa hora.