Cuando llega la luz
Sandra
Janín, con los brazos en alto, sujeto por las manos de su padre, vino hacia mí lleno de alegría. Estaban esperándome para salir a tomar algo por la calle Principal. Por supuesto, Santi no se creyó que solamente hubiera ido a dar una vuelta. Estaba seguro de que me veía con alguien. La verdad es que nunca llegué a contarle al detalle lo que me había ocurrido en este lado del mundo, y no tuve que hablarle de Alberto para que intuyese que existía alguien. Y he de reconocer que el hecho de que él lo creyera y le inspirase intranquilidad y celos me daba fuerza y esperanza de que lo vería. Pero ¿cómo encontrarle? ¿Cómo podría dar con él? La antigua Hermandad estaba desarticulada y Julián no parecía saber nada de su paradero. Lo cierto es que cuando vivía aquí qué poco me fijé en ciertas cosas. Estaba tan atolondrada primero y asustada después que solo tenían importancia los lugares que me hacían sentir bien o mal, lugares a través de los que podía salvarme o morir: el Faro, Villa Sol, la casita de las flores, el hotel Costa Azul…, total, una isla en medio del mundo. El resto de sitios importantes para la gente normal no contaban, ni siquiera los veía. Así que nunca antes había reparado en lo que vi esa tarde cuando salimos a dar una vuelta por la calle Principal.
Se trataba de un bulevar con árboles en medio, en el que proliferaban zapaterías, heladerías, bancos, un cine reconvertido en tienda de ropa, restaurantes, marisquerías. Santi dijo que al fondo, en la zona menos turística, posiblemente encontraríamos alguna terracita agradable donde tomarnos una buena pizza. Me parecía bien, me dejaba llevar mientras pensaba en quiénes serían ahora los nuevos jefes de la Hermandad y si debería ser discreta o dejarme ver para que Alberto se enterase de que estaba aquí y viniera a mí. A veces pensaba que tendría que poner a Santi sobre aviso, tendría que decirle que en mi otra vida en Dianium me secuestraron, que tuve la sensación de que querían apoderarse de nuestro hijo y que me enamoré. Tendría que decirle que se anduviese con cien ojos porque quizá no estábamos seguros. Tendría que hablarle de Julián y explicarle pormenorizadamente todo lo que había hecho por mí. Aunque ¿por dónde empezar? Era mucho que contar y prevenir, y, sobre todo, conociéndole, me miraría con incredulidad, me preguntaría si no estaba exagerando, pensaría que en el fondo de esta pesadilla estaba esa persona que me obsesionaba.
Y así era, no andaba desencaminado, en el fondo de todo estaba Alberto, que no conocía mi auténtica vida, ni cómo era yo fuera del peligro y de Dianium. En cambio, Santi pertenecía al mundo de afuera, no a este. Y contagiada seguramente por la excesiva realidad del Santi del aquí y el ahora, me fijé en aquella tienda encajonada entre el portal de un edificio semimoderno y seminuevo —destinado a gente a la que no le importan lo más mínimo las vistas al mar— y un bar de tapas, que a Santi le dio buena impresión porque los parroquianos eran del pueblo y no turistas.
Permanecí clavada unos segundos en la puerta de la tienda contemplando lavadoras y placas de vitrocerámica. Sobre la puerta ponía Electrodomésticos Soimens. Pertenecía a la misma cadena que la tienda de Madrid donde entró Martín. La colocación de los artículos en los dos locales a primera vista era igual. Ante el escaparate había una pareja de jubilados extranjeros en pantalón corto, de unos sesenta años, observando una tetera como si fuera un tesoro. A lo lejos se oía gritar a las gaviotas.
—¿Quieres que entremos? —preguntó Santi.
—No, esta zona no me gusta demasiado; además, preferiría regresar a casa, Janín está cansado.
Deseaba alejarme de allí lo más rápido posible. Santi hizo el gesto de no entender nada, aunque se resignó. Emprendimos la marcha por una calle lateral en la que no cabíamos con la silla por la acera, pero no quería pasear por lugares que no me daban buen pálpito. Nos tomamos unas cervezas en el jardín de la casita sin hablar apenas. Santi iba atontándose poco a poco, pegándole profundas caladas a un porro, y yo no paraba de darle vueltas al descubrimiento de la tienda. Posiblemente ya existía cuando Villa Sol estaba en activo. Quizá la licuadora donde le hacía los zumos a Karin procedía de allí. Y lo más llamativo era que ella, a quien le encantaba ir de compras, nunca me hubiese pedido que la llevara a esa tienda.
Mientras le daba la cena a Janín, un huevo escalfado con puré de verduras, y él lloraba, yo trataba de consolarle pasándole la mano por la espalda y con la otra buscaba en internet la dichosa tienda. Había sido fundada en 1960 con capital alemán y español y había contribuido a modernizar los hogares españoles y a liberar a las mujeres de la tiranía de las labores domésticas. Pero si la implantación de la cadena era tan antigua, ¿por qué no me sonaba? Había sufrido periodos bajos, e incluso durante los ochenta y noventa apenas permanecieron abiertas unas cuantas sucursales; en cambio en los últimos tiempos había experimentado un notable crecimiento y confiaban en que en una década se extendiera por medio mundo y fuera líder en el sector. Janín había dejado de llorar y ni me había dado cuenta. Ahora tenía los ojos medio cerrados. Le pasé el dedo por las encías con cuidado, le estaba saliendo un diente. Rezongó. Las pestañas brillaban llenas de lágrimas. Sentí mucho que en esta vida Janín no fuera a ser siempre completamente feliz.
Santi se quedó mirando embobado la luna un buen rato y yo me fui a la cama. Janín y yo dormíamos en el mismo cuarto, en las camas de mis sobrinos, Santi en la de matrimonio, donde mi hermana habría exhibido todos los posibles conjuntos de ropa interior con transparencias. No me dormí del todo hasta que escuché cerrarse la puerta de la calle con cerrojo.