Cuando llega la luz
Julián
Era alrededor de la una cuando Bolita y yo llegamos a mi cuarto, tras la entrevista con Pilar en el despacho, y después de llenar el bidé con agua para que bebiera el perro, me tumbé en la cama y él se tendió a mi lado en el suelo. Era marrón, más claro o más oscuro según la luz, y la mano se hundía cuando lo acariciabas entre suaves ondas de pelo; era muy agradable. La habitación olía superficialmente a lejía. Nunca limpiaban a fondo, sino que pasaban la misma bayeta escurrida por todas partes, desde la taza del váter hasta la mesilla de noche y un ligero zigzag de fregona; luego dejaban las cortinas corridas en señal de que estaba en perfecto estado de revista. Era mejor no pensarlo.
Raquel habría sufrido con esta negligencia higiénica. Quizá era una de las manías más fuertes que había perdurado en ella tras abandonar el campo de concentración: la obsesión por la limpieza. No soportaba que yo al orinar dejara caer unas cuantas gotas en el suelo que bordea la taza del váter, ni un solo plato sin fregar en la pila, ni pelos en el desagüe de la bañera, ni una mota de polvo, ni ningún olor corporal, ni fluidos en las sábanas, que había que cambiar inmediatamente después de hacer el amor o porque hubiésemos sudado. La lavadora siempre estaba funcionando y la plancha también. Éramos sin duda las personas más aseadas de todo el barrio. Durante cierto tiempo las manos se le agrietaron por culpa de tanto jabón y agua y yo le prometí que aprendería a hacer esas labores tan meticulosamente como ella para que pudiera curarse. Raquel era maravillosa y excepcionalmente poco rencorosa, pero se había empeñado en borrar de su vista, de su olfato y oído la inmundicia del campo. Sin embargo, cuando nació Esther nada de ella le daba asco y pudimos bajar un poco la guardia.
Para no dormirme, antes de comer descorrí las cortinas marrones, a juego con la colcha y a juego con nuestra edad. Geralda solía quejarse de este mal gusto, decía que sería preferible una tela suave naranja o roja para que cuando la luz se filtrase por ella creara un ambiente cálido y acogedor, que era lo mínimo que a estas alturas podíamos pedirle a la vida. También decía que los muebles, abundando en la misma idea de calidez, deberían ser de madera auténtica y no de contrachapado. En cambio, nunca se quejó de la limpieza.
La luz entró llena de reflejos verdes de los árboles. Nadie podía verme, ni pudo ver a Salva. Y del mismo modo que yo podía ocultar cosas en el cuarto del Carnicero, también Salva podría haberme dejado un mensaje en el suyo. Tenía la fuerte intuición, el presentimiento, desde que tomé posesión de esta habitación, sentía en el estómago la certeza de que Salva sabía que yo algún día estaría aquí y querría dejarme un saludo, algún regalo. De tener algo que esconder, ¿dónde lo ocultaría? En el colchón no, porque es un elemento desechable. Ni siquiera sabía si era el mismo que usó él. Parecía bastante nuevo, sin rastro de vida ni de muerte. Probablemente lo habrían cambiado tras su fallecimiento. Aun así palpé las costuras y, como pude, le di la vuelta. Me tumbé encima y me volví a derecha e izquierda por si notaba algún pequeño ruido, bulto o roce fuera de su sitio. Pero era imposible detectar su contenido sin meter las tijeras, algo que consideré lo último de la lista.
En el cuarto no había gran cosa: un armario con altillo donde se guardaban una manta y una almohada adicionales, perchas para las chaquetas y pantalones, también para las camisas si no cabían en los cajones, y luego unas baldas para jerséis. Al lado, separado por un panel, un hueco más alto para abrigos y debajo sitio para los zapatos de vestir —relegados a muy contadas ocasiones—, las deportivas y unas botas con cordones forradas de borrego que me habían librado en el invierno de alguna que otra neumonía. Todo el interior, como el resto, estaba forrado de contrachapado de pino. Tendría que destrozarlo para comprobar si Salva lo había despegado y luego vuelto a pegar —cosa que requería una profesionalidad increíble— para ocultar algo dentro. Sin contar con los ruidos, que enseguida alertarían a los más nerviosos. De todos modos, pasé la mano hasta donde me llegaba el brazo estirado para palpar la superficie. Odiaba mi falta de musculatura. Odiaba mi debilidad. La fuerza tendría que ser proporcional a la necesidad de usarla. Las piernas se me cansaban subiendo unas cuantas escaleras, los brazos se me cansaban en cuanto tenía que sostener un libro de cuatrocientas páginas en la cama. Pilar me había aconsejado acudir a las sesiones de gimnasia de los miércoles y los viernes y hacer pesas, y quizás lo hiciera, aunque también me daba miedo quemar mis últimas energías en ponerme en forma.
No noté nada especial en el armario. ¿Y el tablero de la mesa, del mismo contrachapado que el armario y todo lo demás? Estaba de acuerdo con Geralda, no se habían molestado en buscar muebles con encanto para las habitaciones, aunque tampoco podría decirse que fuesen desagradables. Era una decoración ligera y sencilla, paredes pintadas de blanco, con muebles claros en los que el culo de un vaso no permanecía para siempre, una pequeña televisión colgada de la pared y una buena ventana desde donde se veían los olivos, la huerta y, según como estuviera orientada cada habitación, el jardín o el parking. Yo veía esto último, y por encima de ello, a lo lejos, el monte, por lo que lamentablemente no podía controlar los movimientos del jardín. Desde aquí no podía vigilar al Carnicero ni a Elfe.
Pensé en el posible fondo de alguna de las mesillas, pero la base era bastante fina. En el cajón de una de ellas el anterior inquilino se había olvidado unas pastillas para el colesterol, las mismas que tomaba yo, así que me las guardé. Me faltaban por revisar el baño y el suelo de tarima flotante. Los tablones estaban tan pegados unos a otros que me habría resultado difícil separarlos. Debía pensar en algo sencillo, algo que yo mismo pudiese hacer con facilidad y que pasara desapercibido. Nada de subirme a una escalera, me daba terror caerme y romperme una pierna o la cadera. La cadera de un anciano es como un vaso de fino cristal en unas manos temblorosas, puede hacerse añicos. Ni de usar martillos, que habrían llamado la atención. Y también cabía la posibilidad —si me dejaba de presentimientos e intuiciones— de que Salva no se hubiese molestado en dejarme ningún recuerdo, tal vez no pensó que yo acabaría ocupando su habitación.
En cualquier caso no iba por el camino correcto, había algo que se me escapaba, algo sencillo. Me di unas palmadas en la frente, con tal fuerza que Bolita empinó las orejas. Yo era Salva. Si fuese él, tendría una visión más profunda de la situación y de este cuarto. Si esta habitación fuese el barracón del campo de concentración y tuviese que ocultar algo, ese algo debería merecer la pena. La pregunta sería: ¿dónde no llegaban la bayeta ni el cepillo de las limpiadoras de la residencia? Seguramente encima del armario habría varios dedos de polvo, pero al igual que yo, Salva no correría el riesgo de encaramarse hasta ahí. Me quedaba el baño, aunque el agua siempre complicaba las cosas. Bolita me siguió cansinamente, casi por obligación.
Eché un vistazo general: ducha, bidé, váter, lavabo, espejo sobre el lavabo. Miré detrás, no había nada. Di en las baldosas con los nudillos por si alguna sonaba hueco, desde luego lo que no podía hacer era arrancarlas todas. Abrí el armario que sostenía el lavabo, donde guardaba la crema de afeitar, las cuchillas, el desodorante, el gel, que también me servía de champú, y una colonia muy buena que me regaló Pilar, que ocupaban toda la balda. Fui poniendo objeto por objeto en el suelo, lo que Bolita interpretó como una obligación de olisquearlo. Pasé la mano por encima de la balda y por debajo, y después me agaché y la pasé por la tubería del desagüe por delante y por detrás. Fue entonces cuando toqué algo, un pequeño bulto.
Al principio me dio aprensión y retiré la mano en el acto porque podría ser cualquier cosa pegada a la tubería, incluso un ratón fosilizado. Sin embargo, decidí seguir, algo era algo. Volví a tentar el bulto con los dedos. Debía meter el brazo bastante a fondo y luego girar la muñeca por detrás de la tubería, algo que nadie haría salvo que tuvieran que repararla, en cuyo caso tampoco se molestarían en despegar aquella cosa, que también podría tratarse de una reparación chapucera con masilla. Me pareció que estaba sujeta con cinta adhesiva, así que me levanté y fui a buscar la navajita con que me pelaba las manzanas, para despegarla con sumo cuidado y con gran dificultad. Pero al final ahí estaba mi recompensa. Ese lo-que-fuera envuelto en plástico. Sentí ganas de llorar, lástima que no fuera capaz de hacerlo. Salva estaba conmigo, no eran ideas de viejo chocho. Él había pensado en este momento, lo había creado para mí, y habría sido desastroso no haber estado a la altura.
Hasta ahora creía que mi labor consistía en desesperar al Carnicero y hacerle creer que estaba demente, que estaba perdiendo la memoria y que no solo había perdido el control del mundo, sino también el de su vida. Pero el hallazgo de este paquete podría significar que había algo más, aunque quizá se tratase de un recuerdo de Salva, su reloj, por ejemplo, regalo de su padre cuando terminó el bachillerato. Los hombres damos mucha importancia a nuestro reloj, como si al marcar los segundos de paso fuese grabando nuestra vida.
Antes de abrirlo con la navaja me tomé las pastillas de mediodía sin esperar a comer porque no quería que ningún sobresalto me dejara en el sitio. Me subí un poco la dosis de la del corazón, tal como me había recomendado el médico para casos excepcionales. Esperé a que me hicieran un poco de efecto y entonces, como un cirujano, rasgué la cinta y el plástico.
Lo que me encontré fue un carrete de fotos.
Llamaron a la puerta y el perro ladró. Le indiqué silencio con un dedo en los labios y también me ladró a mí. Volvieron a llamar con más fuerza.
Era una enfermera.
—¿Es que no bajas a comer? —dijo tras asomarse, mirando a Bolita, luego a mí y de nuevo a Bolita.
—Pilar me ha pedido que lo distraiga un rato —le conté mientras ella ataba cabos.
—Pues ya lo has distraído bastante —replicó metiendo la mano entre la correa y el cuello del animal, y abriéndome paso hacia la salida.
Me guardé el carrete en el bolsillo de la chaqueta y me marché al comedor con una satisfacción que ninguno de los que trataban de apurar los últimos momentos de su vida podría soñar. Mi unión con Salva era inquebrantable. Ni la distancia, ni el tiempo, ni la muerte habían podido con ella. Y además, ahora era realmente consciente de que Salva había hecho cosas de las que nadie, ni siquiera yo, se había enterado. Y no entiendo por qué nunca me lo contó, quizá para que yo no me impusiera la obligación de hacer algo parecido y poner mi vida más en riesgo de lo que ya estaba.
Comí rápidamente. Acababa de darme cuenta de lo lento que masticábamos todos y de la parsimonia con que servían los platos. Elfe estaba sentada con Geralda, que me hizo una seña con la mano para que luego tomásemos café juntos. Y era admirable la paciencia de Frida con el Carnicero, cuando él no era precisamente agradable con ella. Solía hacerle un gesto displicente para que le retirase el vaso de agua o el plato. Apenas la miraba. Para envidia de la mayoría, era el residente que más atenciones recibía. Casi todos pensaban que Frida era su nieta y el resto de miembros de la Hermandad otros nietos y algún hijo. Creían que tenía mucha suerte y que posiblemente había sido mejor persona que ellos para ser merecedor de tanto cariño y cuidados extras o bien que era dueño de una fortuna, lo que equivaldría a ser querido.
Me levanté antes de la lenta llegada del postre y de que Geralda se desplazara a mi mesa.
—¿Estamos desganados hoy? —dijo la misma enfermera que se había llevado a Bolita al ver que me dirigía a la puerta. Siempre usaba el nosotros en estos casos para que no nos sintiéramos solos en nuestra debilidad.
El rollo de fotos me quemaba en el bolsillo.
—Las natillas están demasiado dulces —dije.
—Pero ya sabes que lo que llevan es un sucedáneo de azúcar y no pueden hacernos ningún daño.
Le sonreí para salir de sus garras. Les preocupaba mucho que nos desnutriésemos y que la residencia tomase mala fama. Había que admitir que la comida era buena, aunque no exquisita. Me encaminé al despacho de Pilar.
Estaba sentada trabajando con Bolita a sus pies.
—He pensado que le vendrían bien un par de carreras por la playa —dije señalando al perro.
—Si no tuviera tanto papeleo me iría con vosotros. —Me tendió las llaves con cierta reserva—. A las siete necesito el coche de vuelta, tengo cosas que hacer.
El baile de los jueves, pensé. Me gustaba que Pilar aprovechara su vitalidad, su bronceado y su dinero para divertirse. Nunca le había preguntado a fondo por su vida, aunque no me gustaría que hubiese más en Pilar de lo que veía, alguna historia trágica, por ejemplo. Necesitaba pensar que había personas que se libraban de todo mal.
A la media hora, más o menos, estaba aparcando el coche en el centro comercial. Dejé a Bolita dentro con la ventanilla medio bajada y me dirigí a unas puertas de cristal, que se abrieron a mi paso. Un golpe de aire acondicionado me provocó un escalofrío. Busqué un local de revelado de fotografías y después de subir y bajar las escaleras mecánicas varias veces di con él. Me atendió un chico uniformado con una camisa de rayas y una chapa donde ponía Gaspar, al que hice ver la enorme importancia de que trataran el carrete con sumo cuidado porque no conocía su antigüedad. Por toda respuesta, Gaspar me tendió el recibo y me dijo que estaría listo en dos días. Leí en sus ojos que nada que fuese importante para mí podría serlo para él. Solo me quedaba confiar.
Diseminados por el parking había carros de la compra de aluminio brillante. No estábamos lejos del mar y la brisa lo envolvía todo en una alegría somnolienta. Solo se veían pantalones cortos y chanclas, bombonas de agua embotellada y packs gigantes de cerveza. Ya los estaba imaginando en sus terrazas y jardines, bajo un toldo, con sus cervezas y su despreocupación y sus ganas de saborear el plácido momento hasta el fondo.
Bolita se agitó al verme regresar. No se había angustiado porque conocía el coche y me conocía a mí, con esa sabiduría perruna que distingue el bien del mal y huele a sus amos y el peligro a kilómetros de distancia.
—Vamos a la playa. Prepárate para una buena carrera.
Me entendió con su sobrenatural empatía y empezó a babear. Pilar cubría los asientos traseros con una manta para que las patas de Bolita no mancharan nada, así que era necesario que encontrara granos de arena sobre ella para justificar mi viaje.
Lo dejé revolcarse a placer y regresamos a la residencia. Quizá eran tontas estas precauciones, pero necesitaba intactos la confianza de Pilar y sobre todo su coche. Porque ella escuchaba tantos cuentos chinos de los familiares de los residentes que sabía separar muy bien el grano de la paja.