Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 63 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

La dirección de la mujer testigo era una pizzeria en la plaza del Castillo. Cuando llegamos, estaba muy atareada poniendo servilletas y cubiertos sobre manteles de cuadros rojos y blancos. El local no era grande y aunque no era fin de semana probablemente se llenaría para cenar. Sobre las mesas, aparte de las servilletas y cubiertos, había un vasito con una vela aún sin encender y un jarrón con dos florecillas de tela, con los que habría que jugar para colocar las pizzas.

Le dijimos quiénes éramos, y habríamos añadido que estábamos desesperados pero no queríamos condicionarla. Solo le rogamos que nos ayudara mientras la seguíamos de mesa en mesa.

—Ya no estoy segura de nada, la verdad —dijo colocando las copas—. Creo que fue una tontería acercarme por la comisaría, hay tantos niños por todas partes.

—Sí, pero usted tiene cuatro hijos, sabe de lo que habla. Sabe distinguir bien a los niños.

Abrí el bolso para sacar la fotocopia con la cara de Janín, y Santi me cogió la mano y me la apretó un poco; no debía enseñársela, no debía darle pistas.

Era una de esas mujeres que le han hecho frente a la vida, que han criado a los hijos, han montado un negocio y se conservan ágiles y fuertes, lo que se dice una mujer con los pies en la tierra.

—¿Podría describir lo que vio?

—Lo he contado varias veces y ya no sé si todo es cierto. No quiero que se hagan ilusiones, yo les comprendo muy bien. Cuando algún hijo mío se ha perdido he sentido morirme de angustia. Perdonen, no quería decir eso.

Me senté en una silla ante aquel mantel en que enseguida habría vino y risas y ganas de pasarlo bien.

—El niño iba en una sillita Jané. Llevaba sandalias de goma azul cielo con calcetines blancos, lo que me hizo gracia. Me pareció que llevaba un peto vaquero y la típica cara entre llorosa y sonriente de estar saliéndole un diente. Tenía muchas pestañas. La policía me preguntó cómo podía haber visto todo eso desde la distancia en la que me encontraba. Yo estaba enfrente de ellos sentada en la heladería y les dije que por mi trabajo estoy acostumbrada a fijarme en la gente y que por eso me fijé en ellos, que estaban esperando cruzar el semáforo que hay entre el quiosco de prensa y la boutique del pan.

—¿Y cómo era la pareja que acompañaba al niño?

—Él era moreno y cuadrado, y a ella no la vi bien. Él iba como van ahora todos los jóvenes, enseñando brazos musculosos, nada del otro mundo. Tendrían de treinta y cinco a cuarenta.

El corazón se me aceleró. Era cosa de Martín y Frida. Ellos tenían a Janín. Por supuesto había más parejas como ellos en Dianium, pero esas otras parejas no iban con un niño parecido a Janín, ¿o sí?

—¿Y qué pasó a continuación? ¿Qué hicieron?

Se quedó pensativa con una bayeta en la mano.

—No lo recuerdo.

—Por favor, haga memoria. Necesitamos encontrar a nuestro hijo.

—A ver —dijo apoyando la bayeta en la frente—. Creo que tiraron para arriba. Tengo la sensación de haber seguido viendo las piernas de la mujer entre el gentío que buscaba sitio en las terrazas.

—Unas piernas fuertes, ¿verdad?

—Creo que sí.

Le lance una mirada significativa a Santi, que no comprendió. Julián lo habría captado al segundo. Seguro que la mujer era Frida.

La mujer testigo ya no podía ayudarnos más. Ojalá pudiera hacerlo. Yo la creí. De hecho, ella no había perdido a ninguno de sus cuatro hijos y a mí me habían arrebatado al único que tenía. Saqué del bolso la fotocopia y se la entregué.

—La pondré en la puerta —dijo.

No nos deseó suerte, no nos dio ninguna esperanza, no dramatizó más la tragedia. Solo dijo que pondría la cara del niño en la puerta.

 

Habíamos aparcado en la explanada junto al puerto y decidimos ir a pie a la calle Principal y recorrer el posible itinerario de la, para Santi, misteriosa pareja. Podría contarle quiénes eran, pero le resultaría demasiado extraño; en el fondo era una información que le sobraba, lo único que debía saber ahora es que íbamos tras el rastro de un hombre moreno y una mujer probablemente rubia y probablemente fornida. ¡Qué más daba quiénes eran! Había que localizarlos.

Cruzamos el paso de peatones frente a la heladería sintiendo la mirada de la testigo sobre nosotros y preguntándonos si también la habrían notado la pareja de secuestradores. Tiramos hacia arriba, observando las terrazas extendidas en las aceras, tratando de penetrar las respiraciones y los pensamientos que hubiesen dejado allí; aspirábamos el aire con fuerza como si en el aire estuvieran flotando sus intenciones.

No podrían haber ido muy lejos andando, a no ser que les esperase algún coche, lo que habría sido muy arriesgado porque era una calle muy transitada y saturada de terrazas y hubiese sido farragoso plegar la sillita y meterla en el maletero y al niño en el coche. Seguramente alguien se habría entretenido contemplando esta operación mientras se tomaba una cerveza y se habría fijado en el niño. Seguimos caminando un poco más buscando el lugar idóneo donde pudieron subir a un coche y pasamos por la tienda de electrodomésticos Soimens y por la taberna en que nos habíamos tomado algo.

Casi me había olvidado ya de la tienda. Creía que podría localizar a Martín a través de su madre y que lo encontraría en su destartalada casa de campo, algo que no ocurrió, por lo que parecía inútil volver por allí; y además la desgreñada habría echado de menos su revólver y no quería que lo relacionara conmigo. El otro lugar en que había visto a Martín y donde debería volver a preguntar por él era la tienda. En cuanto me lo echase a la cara le diría que Julián se entregaría a cambio de mi hijo, y que primero me lo entregaran y yo les diría dónde encontrar a Julián. Julián estaría completamente de acuerdo conmigo, qué más le daba morir un poco antes, me había dicho. También podría buscar a Frida para hacerle la misma oferta, pero no quería anticiparme y meter la pata porque no tenía ni idea de cómo manejarla ni de cuáles podrían ser sus pensamientos ni sus debilidades, y porque probablemente no tenía ningún pensamiento ni ninguna debilidad. Me daba mucho miedo que fuese ella quien se ocupaba de Janín.

 

La tienda estaba cerrada aunque por una de las ventanas laterales se veía una luz, una bombilla colgando del techo. Se la habrían dejado encendida o estarían haciendo la contabilidad. Me quedé a la espera de poder ver algo más y Santi me preguntó qué miraba con ese gesto de amargura que le había deformado la cara y que también parecía de desprecio.

—Es una intuición. Alguno de los que han secuestrado a Janín ha estado en las casas que hemos visitado en el Tosalet y en esta tienda.

Agitó la cabeza para remover todos los pensamientos.

—Si sabemos quién lo ha secuestrado, ¿qué hacemos aquí, por qué no vamos a la policía?

—No es tan fácil. No tenemos pruebas.

—No lo entiendo.

—Es igual. Ya lo verás por ti mismo.

Vi pasar la cabeza del chico con gafas y pelo cortado a lo seminarista con el que hablé cuando vine a la tienda preguntando por Martín. Ante la inquietud de tener que esperar al día siguiente, no me lo pensé dos veces y llamé con los nudillos en el cristal. Al principio no hizo caso.

—¿Qué haces? —preguntó Santi con voz de enfado, pero que era en realidad de tristeza.

No contesté y llamé de nuevo.

El chico volvió la cabeza y cerró y abrió los ojos para verme mejor. Estaba asombrado. Le pedí por señas hablar con él. Él hizo la seña de que no podía y volvió la cabeza. Di más fuerte con los nudillos. El cristal no era muy allá y casi me lo cargo. Se giró hacia mí irritado. Miró a Santi, su cara de malas pulgas, de depresión y de no importarle nada. Yo puse un gesto amable para darle confianza y que no pensara que íbamos a robarle o a meterle en un lío. Le rogué con las manos juntas que abriera la ventana, pero él dudó un segundo y me indicó que fuésemos a la puerta.

Subió un metro el cierre metálico con gran estruendo. Se agachó y salió a la calle.

—¿A qué viene esto? —dijo—. No abro hasta mañana.

Llevaba la misma camisa de cuadros de la última vez, u otra muy parecida, y los mismos vaqueros. Tras los cristales de las gafas los ojos parecían más grandes de lo normal.

—No es eso —dije—. Estoy buscando a un chico moreno cuadrado, rapado y con un sol tatuado un poco más arriba de la nuca. Sé que viene por aquí.

—Tu cara me suena —dijo.

Santi se limitaba a mirarle de arriba abajo odiándole o perdonándole la vida.

—Ya he venido otra vez preguntando por la misma persona. Se llama Martín.

—¿Y para esto me has hecho levantar el cierre? Si ha venido por aquí no lo recuerdo.

—Venga, vámonos —dijo Santi cogiéndome del brazo.

¿Por qué me costaba despegarme de aquella malla metálica y de aquel tipo? ¿Qué esperaba que sucediera? Sería el cansancio el que de pronto me clavó los pies en el suelo como si hubiese llegado al final del camino. El chico se impacientaba, imaginé que debía terminar lo que estuviera haciendo en la trastienda.

—Lo siento —dije—. Creía que podría ayudarme. Creo que ese tal Martín ha secuestrado a mi hijo. —Rectifiqué—. A nuestro hijo.

De pronto, toda su atención se dirigió a Santi. Lo observó muy concentrado, arrugando el entrecejo para verlo mejor. Luego desprendió su mirada de él como si hubiese dejado de interesarle.

—Creo que debería dirigirse a la policía, no aquí.

—Claro —dije, y seguí a Santi, que ya caminaba calle abajo harto de todo.