Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 74 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

¿Qué conexión había entre la tienda de electrodomésticos y los bungalows? ¿Era Janín la conexión entre estos dos puntos u otros asuntos que estos cabrones se llevasen entre manos? Dicen que las galaxias forman una intrincada red unida por partículas de materia oscura que hoy no sabemos cómo es y ni siquiera si es real. Mientras no se descubra esa materia, siempre será misteriosa y una mera posibilidad. Mientras yo no supiese dónde estaba Janín todo se reducía a una especulación, pensaba contemplando la luna, las estrellas. La oscuridad entre ellas era angustiosamente profunda y extraña. Oía a Santi dar vueltas en la cama de la habitación de al lado. Su nerviosismo ya no tenía que ver conmigo. Y yo de buena gana habría ido a su cama y me habría escurrido a su lado. Le habría abrazado para no sentirme sola en la inmensidad del cielo, de donde Alberto había desaparecido y donde era tan fácil desaparecer. El calor de Santi me habría reconfortado. Estaba al lado, podía hacerlo, y por eso mismo no lo hice, porque no quería usar mi poder en beneficio propio. Cerré los ojos intentando descansar. Una noche más, un día más, el tiempo pasaba volando. Me quedé traspuesta de las tres a las seis de la mañana.

Me despertó el fresco, había dejado la ventana abierta. Me tapé con la manta y cuando entré en calor me levanté. Por muchos amaneceres que hubiese visto en mi vida nunca llegaba a acostumbrarme a ellos. Eran traumáticos y no me gustaban. El cielo comenzaba a despejarse y, como si un decorador colocase un foco en un lado, empezaba a volverse azul. Hice café con frío y un nudo en el estómago.

Mientras me lo tomaba me puse los vaqueros, el sujetador debajo de la camiseta que llevaba y la sudadera del día anterior. A media mañana tendría que quitármela y anudármela a la cintura. Me tomé otro café más con una leche un poco agriada que me dio ganas de vomitar y una magdalena que había por allí. Me lavé los dientes y la cara, cogí la pistola del cajón de mi mesilla, la cargué con dos balas teniendo mucho cuidado de apuntar a la pared, la metí en la mochila, cogí las llaves del coche y salí. En el jardín la noche había dejado una fragancia fresca que me desagradaba profundamente. Preferiría oler a cañerías podridas y a ratas muertas. Santi me llamó desde la puerta, descalzo. En calzoncillos y con lo delgado que se había quedado parecía muy alto.

—¿Dónde vas? —preguntó con cara de no haber dormido más de dos horas—. Ayer la Frida esa de los cojones casi mata a tu amigo.

Esperé la explicación completa. Tratándose de Frida me lo creía. Después de haberse cargado a su líder máximo, el Carnicero, tendría muchas ganas de cargarse a un enemigo de verdad. Pero no era lógico, ¿por qué iban a quitar de en medio a Julián nada más dar con él sin torturarle ni sacarle la información que deseaban?

—Le pinchó en el estómago y él se puso a sangrar. Lo dejé en la residencia.

—¿Os encontró ella?

—No, fuimos a su casa. Yo le esperé en el coche, no pude hacer nada.

—Tienes café hecho en la cafetera. La leche está mala.

Esto quería decir que Julián, por su cuenta y riesgo, sin decirme nada, había ido a entregarse a Frida. Me parecía extraño que se pusiera en sus manos sin una transacción clara: Janín por Julián. No me lo contaba todo, quizá porque no teníamos tiempo de comentar los pasos que dábamos cada uno. Como él no sabía los que estaba dando yo.

 

Me encaminé hacía el monte. Me sabía el camino de memoria. En cuanto dejé el casco urbano atrás, me metí por caminos estrechos entre naranjales. Y luego por otros más estrechos todavía que me obligaban casi a encaramarme en la pared cuando me cruzaba con otro coche. Por fin llegué a mi destino y pasé despacio por la casa destartalada de la desgreñada. El todoterreno no estaba y no se apreciaba movimiento, por lo que temí que no hubiese nadie, que estuviesen en ese lugar donde tendrían retenido a Janín. Me desplacé un poco más y eché el freno de mano. Esperaría hasta oír a los perros ladrar o el ruido de la cortina de cuentas. No quería meter la pata más de lo necesario. Daba palos de ciego, pero no podía estarme quieta. Tenía que actuar, no consentir que las aguas se estancaran.

En otras circunstancias, a estas horas, habría necesitado otro café bien cargado, pero ahora no, ya me encontraba bastante excitada. Esperé desde las siete menos cuarto hasta las ocho y media atenta a cualquier soplo de brisa y a cualquier ruido de motor. Tendría que contar con la posibilidad de que Martín regresara en cualquier momento y entonces echarlo todo a perder.

A las ocho y treinta y cinco, las cortinas de cuentas rompieron el silencio. Los perros ladraron y corretearon por el patio. Bajé del coche y me agaché tras una chumbera ennegrecida. Los perros danzaban alrededor de las cangrejeras de la desgreñada. Echó algo en los cuencos y luego se estiró todo lo larga que era, que no era mucho. Llevaba una de sus batas de flores intemporales, que servían tanto para el frío como para el calor. Aunque ella no venía de países fríos como sus jefes, los imitaba en todo lo que podía y también los imitaba en no tener frío y en ser una hija de la gran puta.

Se metió para adentro. Me guardé el arma en el bolsillo de la sudadera sin estar segura de que el arma tuviera el seguro puesto, lo que me creaba una sensación de peligro extra. Me fui directa hacia la casa. Los perros no sabían si seguir a lo suyo o morderme. Thor meneó el rabo. La desgreñada no se percató de mi intrusión porque era normal que a esta hora y comiendo estuvieran un poco revueltos. Procuré que las cuentas de la cortina no chocaran y pasé muy despacio. La casa daba al norte y toda la luz que podía tener al cabo del día la tenía ahora. Entraba por la ventana de la cocina y llegaba como un gran charco de agua hasta la mesa de madera, siempre llena de restos asquerosos de comida. La abarcaba a ella. Las flores de la bata resplandecían como en un jardín lleno de montículos y hondonadas. Algunas lucían ajadas, como si la Hermandad no le soltase bastante dinero para renovar la tela. El pelo se le abría por detrás y dejaba ver una gruesa raya blanca del cuero cabelludo. Tampoco debían de darle bastante para peluquería, quizá todo se lo llevaba Martín en su puesta a punto neonazi.

Lavaba una taza muy despacio, quizá me estuviera viendo en el cristal de la ventana y pensando cómo sorprenderme. Entonces se me ocurrió que tenía que hacer algo que debería haber hecho antes: cerrar la puerta de la calle para que no pudiese llamar a los perros. Usaría un tipo de silbido o palabra especial para el ataque. Hice ruido y ella echó a correr hacia su habitación, juraría que a buscar la pistola. Y a no ser que guardase otra por allí se llevaría una gran decepción. Se oía ruido de cajones. Y «me cago en la puta», «hijos de Satanás», «os voy a cortar los huevos» y otras lindezas por el estilo. Tenía una boca peor que la mía. Dudé si esperar a que saliera o entrar.

Me decidí a entrar.

Sobre las cajas de cartón, zapatos y otros enseres que vi en mi visita anterior ahora había tirado sábanas y toallas buscando el arma.

—No la busques más, la tengo yo —dije mostrándole el bulto en el bolsillo derecho de mi sudadera.

Se notaba la forma y se notaba que pesaba porque ese bolsillo colgaba mucho más bajo que el otro. Aun así, me observaba con incredulidad y tuve que descubrirle la culata.

—¿Nos vamos entendiendo? —dije metiendo la mano en el bolsillo y rogando no tener que sacar la pistola o revólver o como se llamara ese chisme, pues en tal caso ella se daría cuenta de que no sabía sujetarla ni mucho menos disparar y se descojonaría de mí, por lo que no tendría más remedio que intentar apretar el gatillo diese donde diese la bala, posiblemente en alguna de las flores de la bata.

Permaneció reflexionando, sopesando qué hacer.

—¿Dónde está Martín?

Hizo una mueca de desprecio. Moriría antes de decirme dónde estaba su niño, su amor, el ser por el que ella odiaba a toda la humanidad menos a los que le habían acogido.

—Si no me llevas donde está mi hijo, el tuyo va a tener que demostrar cuánto te quiere. Esperemos que no te lleves una sorpresa.

Abrió los ojos tratando de leer en el aire alguna pista sobre lo que debía hacer.

—No sé de qué me hablas.

—Pues entonces andando. Nos vamos de excursión.

No se movió. Me miraba escudriñando hasta qué punto yo podría ser fría y peligrosa.

—¿Qué habrías hecho tú si alguien hubiese raptado a Martín cuando era un bebé? Piénsalo —dije con todo mi ser en tensión. Podía sentir las pupilas y la raíz del pelo, los labios.

Dio unos pasos indecisos.

—No quiero mataros ni a Martín ni a ti si no es necesario.

Empuñé el arma con decisión dentro del bolsillo.

—Vámonos —ordené.

Ella iba a cerrar la casa y se lo impedí.

—¿Dónde vamos? ¿Qué pasa con los perros?

—Métete en el coche. Conduces tú.

Me dio asco que pusiera sus posaderas en nuestros asientos y que tocase el acelerador y el embrague con las cangrejeras. De alguna forma esta mujer furiosa y fanática estaba entrando de lleno en nuestro mundo. Iba dirigiéndola mientras examinaba su nariz, su mandíbula, su piel tosca y algo grasienta, demasiado brillante, y me preguntaba cómo habría sido su niñez, su juventud y cómo acabó siendo el perro más arrastrado de la Hermandad después de Frida.

—Aún estás a tiempo. Después no sabemos qué puede pasar. Esto va a descontrolar completamente a Martín. Las dos sabemos que no es precisamente un genio. —Me miró dolida, lo que me llevaba a imaginar a Martín de niño como el tonto de la clase, ignorado por sus compañeros y por los profesores, jugando solo en su cuarto hasta que empezó a meterse en pandillas de su estilo y su madre descubrió que ahí se le consideraba como uno más y que era feliz—. No sabemos hasta qué punto podría enloquecer y meter la pata.

Había una mezcla de ira y tristeza en su mirada. Volví a la carga.

—Si me dijeras ahora mismo dónde está el niño y pudiese llevármelo, yo os diría dónde podéis encontrar a Julián y aquí se acabaría todo. Libraríamos a Martín de tener que matar o de morir.

—No es tan fácil —dijo ella para sí, sin mover apenas unas mandíbulas fortalecidas de tanto gritar en las manifestaciones ultraderechistas y probablemente en su casa o en la cumbre del monte Dianium—. ¡Martín no es un traidor ni yo tampoco! —exclamó con varios signos de admiración. Estaba recuperando la fuerza que ardía en alguna parte de su cerebro.

—Os están utilizando. Y puedo asegurarte que el perdedor como siempre será Martín.

—O tu hijo —dijo.

—Entonces mataré a Martín con todas las balas que guardabas en el cajón de tu mesilla.

En este momento movió la cabeza negativamente. No tenía que haber dejado la casa abierta ni un segundo. Malditos perros. Y tendría que haber escondido la pistola. No debió caer en la tentación de sentirse segura. Había llegado a creer que ellos llevaban las riendas y se descuidó.

Yo no iba a cometer su error y no dejé de empuñar el arma en ningún momento. Iba dirigiéndola con la gran calma de la desesperación.

—Recto, ahora gira a la derecha, a la izquierda.

Estaba claro que ella no sabía dónde íbamos, no conocía el camino y en ningún momento se adelantó un milímetro a mis indicaciones.

—¿A dónde vamos? —preguntó con la autoridad que emanaba de su ser furioso.