Cuando llega la luz
Julián
Siempre la misma canción. Me quedo dormido viendo la televisión en la sala contigua al comedor después de cenar y a las cuatro de la mañana me despierto completamente despejado. Cuando era joven y fumaba, me encendía un pitillo en la terraza, le daba unas cuantas caladas y volvía a la cama. El calor de Raquel —mi compañera durante treinta años— acababa adormeciéndome, su olor me daba seguridad, la oscuridad quedaba fuera, cerraba los ojos y me dejaba llevar por nuestras respiraciones. Un baile lento, rítmico, entre una pesadilla y otra, y a veces algún dulce sueño me sobresaltaba más que las propias pesadillas, como si no estuviera destinado a mí. Me despertaba definitivamente a las siete. Pero ahora no tenía a Raquel y además debía arreglármelas sin fumar. Leía hasta que me escocían los ojos, poco rato. También me quedaba mirando al techo o la puerta del armario como si dentro del yeso y la madera estuviera escondido el espíritu de Salva. Me habría gustado creer en espíritus y pensar que el suyo permanecía en esta habitación, acompañándome y señalándome a su manera algo en lo que debería fijarme, algo en lo que aún no había caído. Sentía que me gritaba desde montañas muy altas y muy lejanas que aún no lo había descubierto todo, y sentía que yo estaba muy torpe y que tenía telarañas en los ojos y en el cerebro, y que quizá solo había visto la punta del iceberg.
Desde que tengo tanto tiempo para pensar bajo las palmeras del jardín y entre el zumbido de los insectos, he empezado a preguntarme por qué Salva no denunció directamente él a la Hermandad. Era fácil dar sus nombres y direcciones como hice yo. En cambio, me obligó a descubrir algo que él ya había descubierto. ¿O quería mi ayuda para que fuésemos más allá?