Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 40 de 96

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Cuando llega la luz

Julián

El cuaderno estaba en la maleta y las fotos en un sobre bajo el colchón. Con ambas cosas en las manos, me senté en la cama tratando de descubrir algún ángulo o recoveco nuevo. Salva había encontrado uno para el rollo con los negativos, que ya no me servía. Para el cuaderno necesitaría un hueco estrecho y alargado o una superficie plana donde pegarlo. No me encontraba demasiado lúcido. Últimamente ni siquiera descansaba después de comer, no podía desperdiciar el tiempo. Quizá sea importante lo que sienta al final de todo, un segundo antes de la muerte, porque después no lo recordaré, no habrá un después. En el fondo es igual que alguien se muera con la conciencia tranquila o no, puesto que no influirá en el futuro. Da igual que la vida haya sido o no plena. Todo da igual, salvo para el que se queda. Cuando una mano me cierre los ojos, los deseos cumplidos y no cumplidos habrán desaparecido. Y, sin embargo, no puedo dejar de hacer lo que tengo que hacer.

Me arrodillé en el suelo y pasé la mano por debajo de la mesa escritorio. Coloqué el cuaderno. Si a las empleadas de la limpieza no les daba por limpiar allí, sería el lugar perfecto. Bajé al cuarto de mantenimiento, donde había herramientas, y cogí un rollo de cinta aislante. Por lo menos, si me localizaban y registraban mi cuarto, no lo tendrían tan fácil.

Hice un gran esfuerzo para volcar la mesa sin demasiado ruido y lo conseguí. Tuve que sacudirme los brazos varias veces para que circulara la sangre. Tomé el cuaderno y la cinta dispuesto a colocarlo junto al listón del borde. Y entonces vi unas letras algo desvaídas sobre la madera. Me quité las lentillas y me puse las gafas de culo de vaso para ver mejor.

 

Era la letra de Salva en bolígrafo negro, que se había corrido en algunas letras. «38º48’30’’N Oº 07’00’’E. Amigo mío». Era todo lo que ponía.

¿Qué significaba esto? ¿Era yo el destinatario de este extraño mensaje? En cualquier caso, había llegado hasta esta habitación y esta mesa. Yo era el único que lo había visto y por tanto era su «amigo mío». Lo apunté en un papel y pegué el cuaderno a la madera. Desde luego, si Salva lo había elegido para mandarme un mensaje es que era lugar seguro. También pegué el sobre con las fotos de Otto y Violeta.

Sentía una gran emoción y me palpé el bolsillo donde guardaba la pastilla de nitroglicerina; luego recordé que hacía bastante que no bebía agua y me tomé dos vasos seguidos. Seguro que Esther vivía preocupada por estos detalles.

El enigma Violeta iba señalándome un camino que no sabía adónde me conducía, pero al que necesitaba llegar. Si Salva me había legado los negativos de Otto y Violeta era porque la clave estaba en Otto. Ya había descubierto que a Violeta la mataron. ¿Por qué? Por algo relacionado con Otto. Salva se acercó a Violeta para conocer ese secreto y también lo mataron. Pondría la mano en el fuego de que quería que yo llegara hasta el final, ¡qué bárbaro! Como si fuese a vivir doscientos años.