Cuando llega la luz
Lucy
Desde el mismo momento en que le conocí, me enamoré de Santi. Todas las tonterías que hacía las hacía porque quería gustarle, y sentía que siendo yo misma nunca le gustaría lo suficiente. Él siempre querría a Sandra, la madre de su hijo, del mismo modo que el sol sale cada mañana, que el día tiene veinticuatro horas y que necesitamos oxígeno para vivir. Hay cosas que, por mucho que lo intentemos, no cambian. Llevaba su foto en la cartera, y no podía tirarse a la basura nada que se hubiese dejado ella por la casa de Santi, ni siquiera un recibo del supermercado. Me daba cuenta de que Sandra me despreciaba un poco, de que le parecía una boba. Y tenía razón, no daba una cuando ella estaba delante; y cuando no estaba siempre me comparaba con ella, y cuanto más distinta me sentía de Sandra menos creía que le atraía a Santi. El colmo de todas las sandeces en que se puede caer fue marcharme a Dianium con ellos. Lo hice para que él no me olvidara, para que la presencia de Sandra no me sepultara completamente en el pensamiento de Santi.
Eché cuatro cosas en una mochila y me metí en un autobús camino de la costa. Tardé cinco horas en llegar. En una estación de servicio me dieron ganas de volverme, pero subí otra vez y me quedé mirando por la ventanilla, los árboles, los peñascos, las casas de campo, los pueblos, hasta que paramos definitivamente en la estación de autobuses.
La dirección de Sandra estaba a unos tres kilómetros del pueblo, cerca de una playa rocosa. No le pedí a Santi que fuese a buscarme, así que hice autostop hasta casi el camino en que estaba la casa. Hacía pendiente hacia el mar y al ser tan estrecho las ramas de las adelfas y las enredaderas caían sobre el asfalto. Busqué despacio el número, muy arrepentida de haber llegado hasta allí, un lugar en que todo me hacía sentir una intrusa, desde el fuerte olor de las plantas hasta la luz verdeazulada que bañaba la cerca blanca de madera.
La casa era pequeña en comparación con otras que había visto desde la carretera, por eso seguramente Santi la llamó «casita» cuando me dio la dirección. Me sentí bastante ridícula al abrir la cerca, ¿qué pintaba yo ahí, por muy novia de Santi que fuese? Uno sabe muy bien qué lugar ocupa en el corazón de otra persona. Y sobre todo en el de Santi, que nunca tuvo la mínima intención de engañarme. Para él lo primero en su vida eran su hijo y Sandra, o al revés; luego venía yo, lo que no estaba nada mal para alguien con la autoestima por los suelos. Casi nunca me había sentido querida por alguien a quien yo amara, y Santi me quería un poco.
A Sandra pareció aliviarle mi visita. Quizá le agobiaba el amor de Santi. Los comprendía muy bien a los dos. Una vez en mi vida, con un inglés llamado Tom, me sentí como Sandra, y en el resto de mis relaciones, como Santi, y es mejor lo segundo que lo primero. Es infinitamente mejor hacer el amor con alguien que te guste mucho a hacerlo con alguien que te guste poco.
Aunque los tres procurábamos que la situación pareciera lo más normal posible, me desquiciaba, me aturdía, y por eso me centré en el niño y en arreglar la casa. Lo quería mucho, era una preciosidad, un caramelo. Cuando le besaba estaba besando a Santi de niño y todo el tiempo que pasaba con él jugando en el fondo era como si lo pasara con su padre. A Sandra no le importaba que lo besuqueara y me echase la siesta abrazada a él.
No me extrañaba que Santi estuviera loco por ella. No era guapa, mucho menos que yo, desde luego. Tenía un poco de caballete en la nariz y los ojos un poco curvos, pardos tirando a verdosos embarrados, con muchas pestañas, eso sí; los labios finos, nada del otro mundo, y, sin embargo, pesaba mucho en el ambiente, como si estuviera hecha de bronce o de plata. Santi me dijo que antes de tener al niño era una cría caprichosa, con un mechón de pelo teñido de rojo, piercings, pero que en Dianium le ocurrió algo que la hizo como era ahora. De la otra Sandra solo le quedaban los tatuajes y unos minúsculos agujeros en la nariz.
Yo tendía la ropa, la doblaba, cuidaba de Janín, regaba el jardín, no sabía qué hacer para no sentirme tan incómoda, un estorbo, así que invité a mi amiga Bea a pasar unos días con la intención de que fuese mis otros ojos, de que los observara y me dijera si mis esfuerzos con Santi eran o no inútiles. Y, sobre todo, para no encontrarme sola en un mundo ajeno.
Cuando mi amiga y yo estábamos a solas no paraba de contarle mis impresiones. Me obsesionaban los detalles, las miradas, el tono de la voz. No veía el momento de escapar de aquella casa con ella y el niño a dar vueltas por la playa y por los puestos del paseo Marítimo. Era como llevarme a Santi conmigo, solo conmigo.
Era sábado por la tarde y había mucha gente pasando lentamente por los puestos. Nosotras nos acercamos a varios con la sillita del niño. No me di cuenta de nada. Me distraje pensando en lo mucho que Santi amaba a Sandra. Sufría por ese amor que no era para mí, era como un misil fuera de trayectoria. Creo que estaba llorando mientras contemplaba un collar de coral y le preguntaba a mi amiga si no estaría volviéndome loca. En medio de esa borrachera de sensaciones no me enteré de que alguien se llevaba al niño. Debieron de pasar cinco minutos o más sin que percibiera nada raro.
No sabíamos qué hacer, si buscar por el paseo entre los puestos o avisar a Santi. En ese instante toda mi vida se convirtió en una inmensa tontería, incluso la frustración que tanto me hacía sufrir no tenía ningún sentido, un pasatiempo frente a lo que acababa de ocurrir. Se me nubló la vista y no oía bien. No entendía que mi amiga me animaba a que yo recorriera el paseo mientras ella esperaba allí por si aparecía el niño. ¿Cómo era posible que alguien se lo hubiese llevado? Sería un error, lo devolverían. Como cuando alguien se confunde de abrigo. Tal vez no le puse el tope a las ruedas y la silla se deslizó, y alguien estaría esperando a que lo viniesen a buscar.
Recuerdo que llevaba un vestido ligero de flores hasta los tobillos, con el que sudaba subiendo y bajando por el paseo. Crucé la calle para preguntar en los bares de enfrente con la esperanza de toparme con la carita de Janín en cualquier momento. No era posible que me ocurriera esto. Era una confusión y de pie entre los puestos saturados de collares, pendientes y máscaras africanas le pedí al universo que se volviera del derecho. Cerré los ojos, pedí que la realidad ocupara su verdadero sitio y eché a correr donde esperaba mi amiga. Me miró con pánico. Tenemos que avisar a sus padres, no podemos perder más tiempo, dijo.
Ahora nada tenía importancia, ni Santi, ni Sandra, ni yo. Me encontraba atrapada en el terror. Mi amiga se marchó enseguida, huyó de la tragedia y no volví a saber de ella. La casita se volvió oscura y silenciosa, incluso a pleno día parecía oscura. En el corralito donde jugaba Janín estaban sus juguetes de goma y en la habitación los pañales, la ropita y el jarabe para la tos. Tenía algunas flemas agarradas al pecho que le hacían toser y me preocupaba que acabaran en una infección con fiebre.
Sus padres se pasaban el día de un lado a otro buscándolo y la policía decía que también lo buscaba, pero Sandra y ese amigo suyo, un hombre bastante mayor llamado Julián, no les tomaban en cuenta.
Ese hombre, Julián, se empeñaba en preguntarme muchas cosas. Quizá no llegaba a fiarse de mí, quizá pensaba que yo sabía más de lo que decía. Creía que mi cabeza había estado trabajando mientras alguien secuestraba al niño cuando en realidad estaba distraída tratando de desentrañar mi relación con Santi. Para que no siguiera agobiándome, le di la razón en algunos detalles como que fue una mujer rubia la que pudo deslizar la sillita hacia ella y luego confundirse con la gente. La verdad era que no lo recordaba. Me hizo cerrar los ojos y centrarme en aquel momento, pero yo solo recordaba las últimas palabras de mi amiga cuando giré la cabeza y no vi al niño. «Santi acabará queriéndote, no te preocupes».
Parecía que esta simple frase de consuelo había abierto las puertas del infierno. Sin ella saberlo, había pronunciado un conjuro para que Santi me odiara.