Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 83 de 96

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Cuando llega la luz

Julián

El no disponer de móvil me limitaba mucho, pero nada más llegar a Dianium decidí no tener más gastos de los imprescindibles, lo que hacía que fuese una especie de fantasma de otro tiempo entre gente de verdad. Y precisamente esto me salvaba de no estar localizable ni detectable. En el fondo, todo lo que se inventa tiene como fin último controlarnos más cómodamente.

Tras mi excursión a casa de Frida decidí regresar a la residencia, aunque allí no me esperaba ya ningún cometido. Pero no podía desprenderme así como así de mis pocas y últimas costumbres: entrar en mi cuarto, donde tenía mis pocas pertenencias, y entrar en el comedor, donde tenía mis pocos amigos. Me ducharía, me cambiaría de calzoncillos y de camisa, que lavaría en el baño y dejaría colgados de la barra de la cortina de la ducha, me quitaría un rato las lentillas y después desayunaría con mis compañeros. No tenía edad de vagabundear sin parar, necesitaba algo de rutina para no desintegrarme en el aire. Al mediodía regresaría a la mansión con algo de comida para cuatro.

Antes de desayunar y de hacer todo lo que tenía pensado fui a mi cuarto y revisé el tablero de la mesa, que nadie había tocado. En cambio, alguien había abierto el armario. Los cajones estaban mal cerrados, algo imperceptible para los demás, pero no para mí. Mis calcetines ya no estaban colocados igual. Puede que fuese cosa de la curiosidad de alguna chica de la limpieza, que pensaba encontrar dinero o algo de valor. Me tumbé en la cama todo lo largo que era intentando calmarme, pero no pude. ¿Y si no había sido una limpiadora? ¿A quién dentro de la residencia le podían interesar mis cosas?

Cuando consideré que había recuperado algo de fuerza me dirigí a ver a Pilar.

Ahora yo le era indiferente, así que me hizo esperar cinco minutos fuera y una vez dentro no me pidió que cerrara la puerta. Me senté en los incómodos asientos de las visitas incómodas.

—Así que de vuelta.

Si no la hubiese tratado más íntimamente no me creería que era una mujer cariñosa y sensible. Y comprendía que en lo vital necesitase distanciarse de mí emocionalmente, no admirarme, no involucrarse con un futuro problema. Vital era una palabra que me repateaba pero que le venía bien a la exuberante Pilar.

Afirmé, y le pregunté si había entrado algún miembro nuevo de limpieza.

—No, ¿por qué?

—Creo que han hurgado en mis cosas.

Levantó las cejas con toda la incredulidad del mundo y con algo de ironía. ¿Quién iba a querer hurgar en las cuatro cosas de un viejo? Me arrepentí mucho de haberle dado esta información, por lo que me despegué del asiento y le di las gracias.

—De nada —dijo sintiendo pena por mí, no podía evitarlo.

No había andado ni cuatro pasos cuando me tropecé con Geralda. Me cogió del brazo muy agitada.

—Pensaba que te había ocurrido algo. Menos mal que la coordinadora me dijo que estabas bien. ¿Puede saberse dónde has estado?

No, no podía saberse, por lo que le di la misma información que a Pilar: que me había quedado en casa de un amigo pintor. Luego le pregunté si había visto a alguien entrar en mi cuarto. Tardó en contestar más de lo previsto.

Entraron ella y James por si me había ocurrido algo. Después fueron a dirección.

—Nos preocupas —dijo—. Somos una familia, ¿o no?

—¿Y no entró nadie más?

Solo sabía lo que acababa de contarme. Lo importante era que ya estaba de vuelta.

Me sentí muy confuso. ¿Les habría dado a James y a Geralda por mirar mis cosas? Me pareció feo preguntárselo. En el comedor todo seguía igual, el mismo olor del jardín mezclado con el olor a café y el futuro pescado de mediodía. James nos hizo una señal. Nos sentamos juntos, por lo que iba a resultarme difícil guardarme alguna pieza de fruta para luego.

—Así que entrasteis en mi cuarto, ¿con qué llave?

—Nos la dejó el conserje. Dijo que prefería que descubriéramos nosotros el fiambre —dijo James.

A continuación se rio a carcajadas enseñando las muelas de oro. No me imaginaba a James revolviendo entre mis pobres calcetines y calzoncillos a no ser que pensara que era un viejo avaro con millones escondidos, eso sí que podría encajar con él.

Me tomé los consabidos cereales con leche a toda prisa y un pequeño tetrabrik de zumo. No presté atención a la charla de mis compañeros, solo imaginaba a Santi y Sandra en el sótano sin saber qué hacer. Mis compañeros no tenían prisa, podían comerse las tostadas con parsimonia. A Geralda le sonaban las pulseras que heredó de Elfe en la operación de llevarse la tostada a la boca; si había alguien en la residencia a quien se pudiese robar con provecho era a ella. Les dije, mientras estiraba el brazo para coger un yogur y dos manzanas, que debía descansar.

—Me los tomaré en mi cuarto.

—¡Un momento! —dijo Geralda un tanto imperiosamente—. ¿No pensarás desaparecer otra vez?

No supe qué decir. Estaba de pie con el yogur y las dos manzanas en las manos, y todo era muy complicado. Ella se preocupaba por mí. Después de Sandra y Esther era la persona a la que más le importaba. Actuaba como una madre. Yo no quería pensar en mi madre verdadera porque ese pensamiento me conducía a mi desaparición y a la de todo el universo.

—Quizá vuelva a quedarme en casa de mi amigo. Si no me veis esta noche, no os preocupéis.

Me encerré en mi cuarto para pensar y descansar, había salido a las seis de la mañana de la mansión y había tenido que enfrentarme a Frida. Estaba hecho polvo. Por fin pude quitarme las lentillas, me tumbé en la cama y puse el despertador a las doce. Puede que Martín ya hubiese mandado alguna prueba de que el niño estaba bien. Lamentablemente, Sancho el empollón, que a todas luces parecía haber tomado el mando, no estaría dispuesto a renunciar al secreto de Otto a cambio de la madre de Martín. Porque la madre de Martín no le importaba a nadie. Si Sandra me hubiese consultado no le habría recomendado secuestrarla. A Sancho tampoco le importaría quitarse de en medio a Martín si se ponía tonto. Solo accedería a intercambiar al niño por mí y mi privilegiada información.

Estaba impaciente por saber cómo le habían ido las cosas a Frida con Sancho, contando con que Frida hubiese trasmitido bien mi mensaje: el niño por mí. Dudé si volver o no por su casa. No quería meterme en una encerrona, así que pensé que antes de ir al supermercado para comprar la comida me pasaría por el Faro.

 

Antes de bajarme de la moto, di una vuelta junto a las cristaleras de la cafetería-restaurante y entre los coches del parking. En la terraza había poca gente, era un día laborable y amenazaba lluvia. Según avanzaba la mañana el cielo se había ido agrisando. No me pareció que hubiese por allí nadie indeseable. Aparqué y me introduje entre las palmeras salvajes, me senté en el banco de siempre y levanté la piedra. Había un papel cuadriculado doblado. La sangre me subió de repente, lo que me recordó que no me había tomado todas las pastillas, distraído con Geralda y la necesidad de sustraer unas piezas de fruta; era algo que en la residencia nos estaba totalmente prohibido porque luego la fruta se pudría en las habitaciones y acudían las moscas y mosquitos. Desdoblé el papel. No podía ser nada más que la letra de Frida: grande, irregular, de deficiente escolarización. Decía: «Problemas. Ven a mi casa. Si en el buzón hay un lazo blanco entra. Si lazo negro, no».

Dudé si regresar a tomarme las pastillas. Y encima apenas había bebido agua. Me remordía la conciencia por Esther, no por mí. Sudaba dentro del chubasquero. Me pesaban los bolsillos, todo yo olía a manzana. Al llegar al camino que daba a casa de Frida se me metió polvo en los ojos y me escocían. No había ningún lazo en el buzón, aunque la vi a ella viniendo hacia mí con unas mallas ajustadas y una camiseta grande encima.

—Ahora venía a poner el lazo.

Me lo enseñó. Era blanco. Le dije que no hacía falta que lo colocara puesto que ya estaba aquí, pero se empeñó. Por lo visto tuvo que ir al pueblo a comprar la cinta, cortarla y salir hasta el camino, así que la iba a atar por narices. No tuve nada más que objetar, estaba deseando largarme de allí. Le propuse dar un paseo por el campo entre los olivos, los viñedos y los pinos.

Aunque ahora Frida no tenía más remedio que estar de mi lado, no olvidaba que era una asesina y no dejé de empuñar el arma. Ella no llevaba nada, no lo necesitaba. Con sus piernas, sus brazos y sus manos podía hacerme puré. Saqué las manzanas de los bolsillos y le ofrecí una. No la quiso y las tiré, también el yogur; ya tenía bastante con el peso de mis cansadas piernas, las llaves, la cartera y la pistola. Me alivió la idea de que las picotearían los pájaros y las disfrutarían.

—¿Por qué no tienes móvil? Es absurdo ir hasta el Faro, no es normal.

¡Dios!, sabía lo que iba a decirme y no era nada bueno.

Se apoyó en un almendro de un penetrante color rosa completamente irreal. Ella era más fuerte que el tronco y temí que lo tumbara.

—Sancho quiere hablar contigo. Quiere que le aclares de qué estás hablando. Mientras tanto, él se niega a mencionar a ningún niño —dijo.

—¿Tú has visto al niño? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Me gustaría saber qué piensas de todo esto. Me interesa tu opinión.

—¿Y por qué crees que les traicionaría por ti?

—Porque estás harta de que te escupan en la cara. No te lo mereces. Te he visto trabajar, primero con los Christensen, luego con el Carnicero, te has dejado la vida ayudándoles. Ahora podrías haberme tendido una trampa y haberme entregado a Sancho.

—Aún puedo hacerlo. Y no me apuntes con esa pistola en el bolsillo, no me das miedo.

—¿No te da miedo la oscuridad total, la nada, no tener cuerpo, no sentir, desaparecer?

Se separó del tronco y se estiró todo lo que pudo, con los brazos en alto, exhibiendo su cuerpo atlético frente a un guiñapo como yo.

—Eso son tonterías —dijo.

De todos modos, dio un paso hacia atrás cuando saqué la mano del bolsillo. Le enseñé la nota que había dejado en el Faro.

—Aquí dices que ha surgido un problema. Yo no diría que ver a Sancho sea un problema. Tienes una letra muy bonita, muy auténtica.

—No, ese no es el problema.

Se cogió la cabeza rabiosamente rubia con las manos para pensar mejor. Tenía que jugar una pequeña partida de ajedrez en su mente y necesitaba tiempo y soledad; yo la distraía, no quería perder ninguna posibilidad, su última posibilidad quizá de caerle bien a Sancho.

—¿Sabes bien lo que estás haciendo? Sé buena persona y te salvarás —insistí.

—¿Hablas en serio? ¿Eres un cura o algo así? Podrás ver a Sancho mañana a las ocho en la playa junto al restaurante Bellamar. Estará sentado en la arena contemplando las olas. Le gustan mucho.

 

Me marché más intranquilo que nunca a comprar pan, mantequilla y unas porciones de pizza que llegarían algo frías e hice otro juego de llaves de la mansión en la sección de ferretería.

Aparqué la moto en una calle lateral y fui andando con la bolsa de la compra. Tuve que pasar de largo porque en ese momento salían y entraban vecinos. Esperé a que la calle estuviera muerta otra vez para entrar. Unté mantequilla en la cerradura para poder cerrar con llave sin alertar a nadie y lo mismo hice con la puerta de entrada. Ahora ya nadie podría sorprendernos. En el vestívulo noté, con un vuelco del corazón, que alguien descendía del primer piso por las escaleras de mármol.

No vi que era Sandra hasta que la tuve ante mí. Bajamos al sótano sin hablar, yo con grandes palpitaciones. Era como volver al hogar después de haberse ido uno por tabaco veinte años atrás.

En el sótano Santi tenía la cabeza hundida entre los brazos sobre una mesa de coral. Dejé la compra en la mesa alargada de los desayunos de la Hermandad, en la que aún se conservaban algunas migas duras, que tiré a una papelera. Les señalé con la cabeza a la desgreñada y la comida indicándoles que debíamos hacer lo posible para que tomara algo.

—Aquí tenéis un juego de llaves. Las cerraduras ya están engrasadas.