Cuando llega la luz
Julián
Al día siguiente de nuestra visita a la exposición del pintor no tuve que buscar ninguna excusa para ir a ver a Pilar y preguntarle algo que no me dejó pegar ojo en toda la noche. La visita a los bungalows en los que había vivido Violeta y lo que me habían contado de ella el jardinero y el pintor añadía una nueva luz a la vida y muerte de mi amigo. ¿Hasta dónde quiso llegar Salva en su descubrimiento de la Hermandad? ¿Sabía algo más importante aún que haberlos descubierto a ellos mismos pegándose la gran vida en pantalón corto, sin preocupaciones, sin remordimientos, sin culpa, sintiéndose ejemplos vivientes para seres embrutecidos y simples como Martín?
Bolita me recibió ilusionado, me identificaba con correrías por la playa y quizá con su infancia. Para él yo debía de ser como un tío lejano que a veces visita a la familia repartiendo regalos.
Pilar esperó con los brazos cruzados a que yo me diera cuenta de algo novedoso con lo que ella estaba entusiasmada; esperó a que me sorprendiera, estaba contenta. Una situación difícil para mí, porque podría tratarse de un nuevo peinado o de que hubiese adelgazado, aunque podría ser que no se tratase de ella. Raquel siempre me decía que el problema de los hombres es que creemos que las mujeres son tan vanidosas como nosotros.
Y en esta ocasión también tenía razón. De pronto vi el cuadro de Raúl frente a su sillón, y respiré.
—Así puedo contemplarlo cuando quiera —dijo mirándolo embelesada.
—Perfecto. Queda perfecto.
Puede que Salva sospechara un asesinato donde nada más hubo un accidente y que realmente Violeta hubiese resbalado en el acantilado de Punta Negra y que abajo se hubiese golpeado la cabeza con una roca. Porque si la hubiesen empujado, desde luego no era para robarle. No llegué a conocer a esta mujer ni había tenido noticia de ella hasta ahora. No fui capaz de ver todo el conjunto y, sin embargo, ahora ella sobresalía como el pico de una montaña o un brillante, como un color chillón en medio de marrones y grises.
Me senté en el silloncito incómodo reservado a las visitas cortas y Bolita se arrastró hasta tumbarse junto a mi pierna, tan arrimado a ella que me daba demasiado calor y podía sentir su respiración. Me giré hacia el cuadro; Pilar me ofreció agua y se sentó en el borde de la mesa balanceando sus piernas rotundas y bronceadas con unos folios en la mano que indicaban que la entrevista tendría que ser breve. Calculé durante unos segundos cómo abordar el asunto de Salva sin alarmarla.
—¿Sabes? Me alivia que Salva tuviese una amiga con la que disfrutar de la vida. Es una pena que Violeta se suicidara y le dejara solo los últimos días de su vida.
Ella cabeceó desde su vida llena de energía.
—Un duro golpe para Salva —dije como reflexionando en voz alta—. No soy capaz de imaginar cómo reaccionó al enterarse.
—No sé, no se impresionó mucho, parecía que de alguna manera se lo esperaba. Claro que yo no estaba presente cuando leyó la noticia. Salva era el primero que revisaba la prensa todas las mañanas. Le interesaba mucho estar al día, era muy culto. No me extraña que fueseis amigos.
Por lo visto, el suceso venía ilustrado con una foto de Violeta tal como la encontraron unos niños que buscaban caracolas, entre las rocas, espatarrada por la caída o por la bravura de las olas. Nada más saberlo, Salva se dirigió al despacho de Pilar con el periódico en la mano. «Ya no volveremos a ver más a Violeta por aquí», dijo pensativo.
—¿Y ahí acabó todo, con esa frase? —pregunté.
—Bueno, al poco de morir Violeta vinieron a ver a Salvador unos señores muy elegantes en un cochazo. Dijeron que eran familiares de Violeta y que deseaban hablar con sus amigos más cercanos. Se llevaron a Salvador en el coche, querían invitarle a una mariscada.
—¿No notaste nada raro?
—¿Y qué iba a haber de raro en eso?
—Haz memoria. —Le quité suavemente los folios de las manos y la conduje por el codo al otro silloncito. El borde de la mesa le había dejado una profunda línea roja en los muslos.
Por detrás del sillón le cogí sus fuertes hombros y se los oprimí un poco. No se sobresaltó, me conocía lo suficiente como para saber que no pretendía nada más que oprimirle los hombros; luego le pasé levemente la mano por la cara cerrándole los ojos.
—Por favor, no abras los ojos y observa aquella escena con detenimiento. Concéntrate, piensa solo en eso. ¿Estás viendo a Salva con los hombres elegantes?
Estas cosas fuera de lo normal le encantaban a Pilar. Consideraba que hacían su vida interesante por venir de un hombre al que ella consideraba interesante.
—Sí, lo veo —contestó con una sonrisa.
—No, no lo ves, estás distraída, crees que esto es un juego. Y puedo asegurarte que es algo muy serio. Cuando pueda aclararlo, te lo explicaré.
—Está bien —dijo frunciendo el ceño enfadada o concentrada—. Uno era muy alto y delgado. Un extranjero viejo y guapo. Llevaba pantalones grises de lana y chaqueta azul marino con un escudo en el bolsillo y debajo un jersey de cuello vuelto gris como los pantalones. Zapatos negros de cordones. El otro era bastante más bajo y moreno, podría parecer español, llevaba un traje negro y un fular de cashmere marrón tapándole el cuello y media chaqueta, un estilazo. Por una parte me chocó que estos dos fueran parientes de Violeta, una mujer tan ruda. Y por otra no, sobre todo por los complementos tan caros que solía lucir, como el reloj Cartier de oro blanco y zafiros que le asomaba por la manga del anorak.
Pilar estaba cayendo en la cuenta de que le habían llamado la atención más de lo que creía y esto podría distraerla.
—Céntrate en él.
—Va entre los dos cruzando el jardín. Me da pena, es tan frágil.
—¿Te da más pena que de costumbre, es más viejo y débil que normalmente?
—Sí, me da más pena. Es por algo, como si se encogiese excesivamente entre los dos hombres.
—Bien, así que va encogido entre estos dos hacia el coche. ¿Terminan de cruzar el jardín y atraviesan el comedor hacia el vestíbulo o abren la verja que da a la calle?
—Abren la verja. La mayoría de la gente no sabe que también por ahí puede entrarse a la residencia. Ellos sí que parecían saberlo. Pensé que se lo habría dicho el propio Salvador.
—¿Y después?
—Hay un momento en que Salvador vuelve un poco la cabeza hacia mí. Lo que pasa es que él no podía girar la cabeza para mirar atrás o a los lados por la artrosis y puso de medio lado medio torso, y ahora caigo en que eso me entristeció.
—¿Porque te parecía que te pedía ayuda? ¿Que iba un poco a la fuerza hacia el coche?
—No sé —dijo Pilar abriendo los ojos—, son cosas mías. No pasó nada raro, solo que parecía que se despedía.
—Pero regresó.
—Sí. Lo trajeron de vuelta a eso de las ocho, a la hora de cenar, cuando ya iba a marcharme para casa. Y lo encontré como siempre, incluso me dijo una de sus frases: «¿Qué sería de esta fortaleza sin su reina?». No tengo la sensación de haber visto nada especial. No me crees dudas.
—Pero a los dos días murió —dije.
Pilar cabeceó.
—No pudo hacerse nada. Puedes estar seguro de eso, tienes mi palabra. Se echó la siesta y ya no bajó a cenar. Llamaron a su cuarto y al no oír ningún ruido se temieron lo peor. Lo sentí mucho. A veces, como comprenderás, debo mantener la cabeza fría.
Iba a decirle que, por lo que pudiera pasar, había hecho mal involucrándose emocionalmente conmigo más de lo conveniente, pero me contuve. Era absurdo tratar de proteger los sentimientos de una persona que tenía juventud, salud, trabajo y tardes de salsa.
—¿No se os ocurrió hacerle la autopsia?
Me miró con los ojos muy abiertos. Los llevaba siempre muy pintados.
—Julián, Salvador vivía con un pie en el otro mundo. A veces me asombraba verle aparecer para desayunar.
Pilar no tenía ni idea de lo que es tener un pie en el otro mundo, saber con toda certeza que tu vida puede acabar en cualquier momento porque a alguien le dé la gana. Cuando se es viejo se tiene esperanza, incluso cuando se está muy enfermo se tiene esperanza.
Le pedí a Pilar que le preguntara a Geralda si conocía a una alemana llamada Violeta, y también a Elfe cuando la pillara sobria, pero que no me mencionara a mí por nada del mundo. Confiaba en su absoluta discreción. Como explicación a su curiosidad, podría decir que una vez Violeta solicitó plaza en la residencia y que no volvió a saber de ella.
—¿Y a ti por qué te interesa tanto esa tal Violeta?
—Porque creo que la asesinaron y después tiraron su cuerpo al mar.
—Y quieres escribir una novela policiaca —exclamó Pilar sonriendo—. Venga, Julián, me parece que te imaginas cosas, que has visto muchas películas.
Sonreí. Sonreí por muchas cosas, aunque no me hicieran gracia.
—Si lo supieran, si supieran mis intenciones, nadie contaría nada sobre Violeta.
No podía decirse que le mintiera a Pilar, solo dejaba que ella le diera una justificación más razonable a todo.
Por la descripción de Pilar, los que vinieron a buscar a Salva fueron Fredrik Christensen y otro más de la Hermandad. ¿Se sorprendería mi amigo al verles aparecer? Si lo hizo, no se le notaría. En Mauthausen decidió no darle al enemigo más de lo que le arrebataba a la fuerza, ni un sentimiento, ni una emoción, ni una lágrima, ni una sonrisa. Podrían apoderarse de su cuerpo, pero no de su corazón. Éramos contadas las personas que le habíamos visto fruncir el ceño enfadado o con un gesto de placidez en la cara. A Raquel y a mí siempre nos preocupaba su inexpresividad. Era imposible calibrar la angustia por la que pudiera estar pasando en algún momento. No permitía que se derramara a su alrededor, la contenía, la controlaba, la escondía tras sus modales de escritor refinado. Este era el oficio que elegía con más frecuencia para ir por el mundo, lo que en cierto modo era verdad. De no haber tenido una gran misión que cumplir habría acabado publicando libros y dando conferencias. Se recreaba en cualquier cosa que escribía como si las generaciones futuras ya estuvieran esperando leerlo. Nuestra organización le asignó una cantidad de la que una mínima parte era para su subsistencia, el resto lo empleaba en sus pesquisas o lo devolvía. Decía que para vivir disfrutando de libertad basta con poco y que solamente gasta mucho la gente sin imaginación, por puro aburrimiento.
En cambio yo no podía devolver nada, sobre todo cuando nació Esther. Al poco tiempo supuso un alivio que Raquel encontrara aquel trabajo de secretaria, que nos permitió ahorrar y comprar un piso. No sé por qué recordaba ahora el día en que nació nuestra hija y Salva se presentó en el hospital con un caballo balancín que ocupaba la mitad de la habitación. Los más optimistas dicen que el tiempo es el ahora; pues yo les digo que mi tiempo también es Raquel y Salva, y que ya no están en el ahora.
La Hermandad debió de sentirse vigilada por Salva. Lo verían merodeando por Villa Sol, por el Nordic Club, por la mansión de Otto y Alice, se enterarían de que se interesaba por sus datos en los diferentes registros administrativos y se preguntarían quién era aquel individuo. Algo así podría haber ocurrido si no fuese porque Salva era extraordinariamente cuidadoso. Lo más probable es que lo localizaran a través de su relación con Violeta. Violeta era uno de ellos, y todo lo que rozara a la Hermandad no escapaba a su control. Pero al llegar a este punto me atascaba. ¿Mataron a Violeta porque era amiga de un cazanazis? No parecía posible que Violeta lo supiera. Violeta era nazi de pura cepa, pata negra. Y por las conclusiones que estaba sacando suponía un apoyo logístico del grupo en Dianium desde hacía muchos años. Le había buscado refugio a Otto en el castillo cuando salió por piernas de Alemania, le llevaba allí la comida y además estaba enamorada de él. Después se dedicaba a acomodar a los filonazis que venían al santuario de Dianium, donde aparte del calor del sol también encontraban el calor de los suyos. Aquí también me atascaba: ¿por qué a Salva le interesaba tanto estar en buena armonía con Violeta hasta el punto de ponerse en el punto de mira? Me dolía la cabeza. Empezaba a ver emparejadas las muertes de Violeta y de Salva.
Fuera lo que fuese lo que unía a Violeta y Salva, la visita a la residencia de Fredrik y el otro es la que le hizo a mi amigo temerse lo peor y escribirme aquella carta de despedida junto con la foto de Fredrik y Karin Christensen tomada en una fiesta de cumpleaños: la simple punta del iceberg de la trama que ahora debía desentrañar.