Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 45 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Llegué al Faro antes que Julián. Debería buscar un lugar más cercano para encontrarme con él. Cuando lo vi descender de la moto con sus flacas piernas y sus flacos brazos y su delgado cuello cada vez más ennegrecido por el sol, me dio miedo de que se desplomara. Me dio miedo de que un día no lograra llegar hasta aquí. De que el resplandor o alguna mota le obligaran a cerrar los ojos un instante y entonces perdiera la dirección y se estampara contra algún almendro u olivo o, lo que es peor, contra un coche. Sin embargo, él no era cualquiera, había sobrevivido en un campo de concentración. Sabría sobrevivir a la flojedad y la sensación de desmayo. Sabría esquivar los mareos y la muerte, porque aún no habíamos terminado lo que habíamos venido a hacer. Estaba esperándole dentro del coche y vino hacia mí con dos bolsas de plástico en las manos. Entró y me pidió que fuésemos a algún lugar solitario de la playa.

—Parece un buen chico —dijo mientras yo conducía hacia la Almadraba, donde en lugar de arena había piedras redondas, lo que la hacía menos apetecible para la gente.

—¿Santi? Sí, no tengo nada en su contra, simplemente no estoy enamorada.

—Ya, ese es un gran hándicap. Es mejor estar enamorado de la pareja, lo que ocurre es que cuando nos desenamoramos la sensación es peor que la de no haber estado nunca enamorado.

No podía creerme que alguien que siempre tenía el nombre de su difunta esposa en la boca me dijera algo así.

—No te digo que vayas a casarte con él, pero quizá algún día lo que estás viviendo con él no te parezca tan poca cosa.

No consideré oportuno preguntarle por Alberto en este momento, no quería que pensara que era una desalmada.

Aparqué en un terraplén y bajamos como pudimos hasta unas rocas que nos servían perfectamente de escondrijo. Le ayudé con una de las bolsas y le pedí que se apoyara en mi brazo para no resbalar. Hacía buena tarde, en el mar se formaban crestas blancas, parecía irreal, un invento de alguna mente fantasiosa. De vez en cuando pasaba por nosotros una ráfaga de frescor y nos salpicaban pequeñas gotas escupidas por las olas. Entonces Julián se quitó la gorra, se limpió el sudor con el pañuelo y a continuación abrió una de las bolsas y sacó una calavera, que parecía artificial de lo perfecta que era.

—No sé a ciencia cierta de quién es —dijo—, pero creo que merece ser enterrada con respeto.

No es que una calavera fuera lo que más me impresionara del mundo. Me impresionó más que Julián la sacara de una bolsa de plástico del supermercado del centro comercial y que la dejara sobre las piedras redondeadas de la Almadraba. Me impresionó ver que algunas gotas se estrellaban contra el cráneo y que estuviera a nuestros pies. No pude decir nada.

Julián retiró piedras e hizo un hoyo. Metió la calavera entre la arena húmeda, la cubrió con piedras y dijo que necesitaría lavarse las manos, despegarse la arena, pero que no se atrevía a ir hasta la orilla por si se caía. Lo hice yo. Cogí la bolsa de plástico, la llené de agua y luego la vertí sobre sus manos. Se las pasó por la cabeza y volvió a lavárselas. Le mojé el pantalón sin querer.

—No importa —dijo—. Si eres creyente, quizá puedas rezar algo por este pobre hombre.

Recé un padrenuestro y me santigüé.

—La tenía el Carnicero en el escritorio de su cuarto. Ahora que ha muerto, este pobre muchacho podrá descansar en paz —dijo, y sacó de la otra bolsa una botella de champán protegida por una funda térmica y dos copas de plástico.

En otro momento de mi vida, si hubiese sido yo otra Sandra, esta situación me habría parecido bastante macabra, pero el champán estaba frío y el mar lleno de vida. Solo se oía su rumor y el chillido de las gaviotas, algunas piedras parecían doradas, el cielo no podía estar más azul.

Chocamos las copas de plástico.

—Por el hombre de la calavera —dije, y a Julián le pareció bien.

Julián dijo que estaba absolutamente seguro de la muerte del Carnicero, pero que la Hermandad quería mantenerla oculta para no desanimar a sus acólitos. Prefirieron decir que había regresado a su país para morir en su cama. Julián me contó cómo se las había ingeniado para hacerle creer que tenía alzhéimer. Todo indicaba que se había suicidado, por lo que al final él mismo había sido su última víctima.

Julián saboreaba el champán con una gran sensación de paz y del trabajo bien hecho. Yo también sentía paz. Poco a poco la botella iba bajando. Me pregunté cuánto le habría costado este auténtico champán francés, pero consideré que era el momento de disfrutar del éxito de Julián, que había querido compartir con la única persona que sabría apreciarlo. Consideré que por encima de todo, en lo bueno y en lo terrible, Julián tenía algo de romántico.

Estuvimos una hora contemplando el mar y llevándonos las copas a los labios. No teníamos ganas de hablar, habíamos decidido tomarnos este respiro. A mí se me pasaban por la mente imágenes de Villa Sol, del lavabo de grandes girasoles donde eché la papilla cuando me encerraron y del sol negro pintado en el suelo del sótano, y a Julián se le estarían pasando otras que prefería guardarse para él solo.

Regresamos al Faro en silencio. Al despedirnos me dijo que debía marcharme lo antes posible, que no tenía la menor idea de lo que quería esta gente y que esto nos hacía tremendamente vulnerables. Me dijo que lo ideal sería cambiar de ciudad y no comunicarle absolutamente a nadie mi nuevo paradero. «Santi te ayudará», dijo.

—¿Y Alberto? —pregunté tímidamente como si no tuviera mucho derecho a pronunciar ese nombre.

—Ya hablaremos otro día, te lo prometo, pero ahora tengo que marcharme —dijo, subiéndose a un cacharro que también lo hacía bastante vulnerable.

Cuando pensaba en Alberto me parecía que hacía algo prohibido o absurdo, me daba la impresión de que solo yo lo había conocido, que solo existía para mí y que no tuvo importancia para nadie más. ¿Por qué había dejado escapar a Julián sin decirme nada de Alberto? Decidí creerle, confiar en que él sabía algo de su paradero y me lo diría en otra ocasión. Ya le había avisado de que le buscaban, entonces ¿por qué continuaba yo en Dianium? ¿Solo para ayudarle? ¿En qué podría ayudarle? Él tenía razón, me estaba exponiendo y conmigo exponía a mi hijo y a Santi.

La verdad era que no quería marcharme sin ver a Alberto. Estaba convencida de que Martín y su madre mentían, y que cuando menos lo esperara tendría noticias de él.

Un poco más, me dije.

 

Regresé de la playa de la Almadraba, después de despedirme de Julián en el Faro, con cierta alegría que no nacía de mí sino del champán. Porque yo en el fondo estaba preocupada y triste desde que la desgreñada me dijo eso de que Alberto había muerto. Aunque no la creí en absoluto, me entristecía haber escuchado esa frase. Aparqué en la calle de la casita con la brusquedad de una euforia falsa y me temí que cuando Santi se percatara del olor a alcohol se pusiera borde. Él lo aborrecía, como mucho se tomaba una cerveza, y le parecía que lo más sano y terapéutico para atontarse era la maría. A mí me daba igual lo que hiciera mientras no fumara estando con Janín. Lo maravilloso de no amar es que no amas su salud ni su bienestar, no amas que sea inteligente, ni que quede bien ante los amigos, no amas que no se emborrache ni se drogue ni sea un gilipollas. Lo maravilloso de no amar es que no eres responsable de su perfección ni de sus imperfecciones. Lo terrible de amar a Alberto es que amaba que siguiera vivo y hundirme en sus ojos, en su cuerpo y en su manera de pasarse la mano por el pelo.

Respiré hondo. Aún me rondaba por la cabeza el enterramiento de la calavera, la delicadeza con que Julián le había dado sepultura. A quien quiera que perteneciese le gustaría esta elección. El agua salada llegaría hasta ella y alguna gaviota se posaría sobre el pequeño montículo de piedras.

Al abrir la cancela escuché música y conversación. La voz de Santi, la voz de una mujer y el llanto de Janín mezclados. Puede que hubiese más gente. Abrí despacio y allí estaba ella: Lucy, la pareja de Santi, que quizá no soportaba estar lejos de él más tiempo. Era normal que se sintiera intranquila sabiendo que estaba conmigo, y tuve remordimientos por no tomarme en serio su sufrimiento ni a ella.

Había sido una visita sorpresa y pensaba quedarse unos días. Santi se mostraba resignado. Yo le dije que me alegraba de verla, lo cual era verdad. Ahora Santi no podría tocarme las narices con sus insinuaciones y absurdos celos, y me sentiría más libre de ir y venir. Lucy cogió a Janín en brazos entre las cascadas de pelo dorado y Janín se rio.

—Mañana iremos a la playa, ¿verdad, cariño?

Fenomenal, pensé, así podría volver por la casa de la desgreñada para que me explicara esa mentira de que Alberto había muerto.

Le saqué a Lucy toallas limpias y en un aparte le dije a Santi que ella podía dormir con él en la cama de matrimonio de mi hermana, que por mí no había problema. Él asintió sin alegría y miró a Lucy con cierta ternura, se encontraba atrapado en sentimientos tristes.

Santi subió al cuarto una enorme mochila con muchas cremalleras y bolsillos. Sobre la cama resbalaba una tonalidad acuosa que llegaba de los árboles y del mar. Desde ahí se veía a Lucy y a Janín en el jardín. Parecía que por estar enamorada de Santi también quería a su hijo, que quizá le hacía imaginarlo a él de pequeño y así poder extender su amor al pasado y al futuro.

—El armario está lleno de ropa, pero podéis coger perchas de otros sitios —dije sin mirarle.

—Se ha presentado casi por sorpresa. No creí en serio que fuese a venir.

—No importa. Al niño le cae bien. Eso es lo importante.

—La verdad es que necesito encerrarme a trabajar algunos ratos —dijo mirando la mochila.

Al bajar me fijé en la barandilla como nunca antes lo había hecho. De madera de pino bastante trabajada, sostenida por barrotes demasiado torneados. Una barandilla excesiva para lo pequeña que era la casa.

—Es una casa muy bonita —me dijo Lucy al verme aparecer.

Le aconsejé que se sintiera cómoda y que lo pasara bien.