Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 94 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Al final no le dijimos nada a la policía. Estábamos demasiado cansados. Después de la revisión médica de Janín compramos una botella de vino y un pollo asado, y nos marchamos a la casita. El niño se encontraba bien, aunque Sancho, Martín y a saber quién más le habían administrado un sedante. El médico no sabía qué pensar, se mostró receloso y dijo que tendría que dar parte a Asuntos Sociales. Nos parecía bien. Ahora Janín lo miraba todo con los ojos muy abiertos, lloraba de vez en cuando, como si se acordase de algo, y nos tendía los brazos para que le cogiésemos.

—Es un niño con buen carácter y con ganas de ser feliz, no dejará que esta experiencia le amargue la vida —dijo Julián.

Santi me cogió por los hombros para que contemplásemos juntos a nuestro hijo jugando con sus juguetes de goma. Aguanté así unos segundos hasta que logré escabullirme de su brazo discretamente para no herirle. Santi contrariado, resignado o sencillamente cansado por tanta tensión dijo que iba a poner una cerradura nueva.

Me encerré en el baño. No quería que nada ni nadie perturbara este momento. Me tapé la cara con la toalla. Era milagroso poder ver y tocar a Janín, que el universo me hubiese acercado de nuevo a él como se acercan los átomos y las olas a la playa, como se acercan los niños a sus padres en el parque y las personas que se quieren. Sentí una enorme gratitud por tener la posibilidad de ser feliz. Para eso había muerto Alberto. Algún día trataría de buscar a Elisabeth —su antigua compañera de trabajo — para que me hablara de él y quizá trataría de conocer a la familia de Alberto. Se merecía estar en la historia de mi vida.

Cuando regresara a Madrid cambiaría a Janín de guardería para que no pudieran localizarlo y le advertiría a mi hermana que no le hablara a nadie de nosotros. Ella me pediría que adornara el escaparate y yo lo haría con gusto. Ya no me sentía sola. Tenía a Santi de aliado y también a Lucy. Habían pasado por la prueba del mal y se habían salvado, y ya nunca volverían a ser tan inocentes como antes.

Salí del baño con la cara enrojecida y empecé a hacer la maleta. Nos esperaba un viaje largo. Julián se acercó a mí. Sonrió con esa sonrisa seria suya. ¿Aquí ha terminado todo?, pareció decir con los ojos. A mí me resultaba imposible sonreír. Julián tenía las manos muy delgadas y los ojos hundidos por el cansancio de todos estos días, había envejecido un poco más; también había adelgazado, si eso era posible. Se me grabaron en la memoria para siempre las rayitas verdes de su camisa. Pensé que ya no lo vería más. Me quedé mirándole las botas, que sabía que le pesaban, y el borde de los pantalones beige, que llevaba siempre. Me abrazó.