Cuando llega la luz
Sandra
Al llegar a casa, Lucy estaba haciendo el equipaje, si llamamos equipaje a meter ropa hecha un rebujo en la mochila; ni siquiera cogió los temas de las oposiciones, cada vez más doblados y sucios. Estaba mucho más delgada que al llegar a Dianium, todos estábamos más delgados, demacrados y tristemente rabiosos, enfadados. Poníamos el vaso con un golpe en la mesa; cerrábamos dando portazos; nos dejábamos caer en las sillas como si quisiéramos hundirnos en la madera y pasar a otro mundo; nos duchábamos llorando para que los otros no nos vieran, y tomábamos pastillas para dormir y pastillas para poder soportar el despertar y poder seguir buscando a Janín sin desesperarnos más de la cuenta. Lucy ponía velas que no había que apagar y cuando una corriente de aire las apagaba enseguida volvía a encenderlas. A mí me asustaba que una simple corriente de aire pudiera acabar con la vida.
—¿Qué haces? —le preguntó Santi tirando las llaves del coche contra el fondo del frutero de cristal.
Lucy se sobresaltó, más que por el ruido de las llaves porque se sobresaltaba por todo; hasta el sonido de una mosca la hacía estremecerse.
—No sé lo que hago. No sé lo que debo hacer. Dime qué quieres que haga y lo haré.
Santi abrió el grifo y lo cerró. Seguramente tenía sed, pero no le apetecía beber.
—Haz lo que quieras —dijo.
—Necesito salir de aquí, no porque yo quiera, no quiero desentenderme, ni aunque estuviera a un millón de kilómetros podría desentenderme, pero algo me dice que tengo que irme.
Fui a la cuerda del jardín y recogí un bikini y unas camisetas suyas que llevaban allí tendidas desde lo de Janín.
—No creo que puedas hacer más de lo que has hecho.
La frase no fue muy afortunada y ambas miramos hacia la mochila. Luego le pregunté en voz baja, tratando de que no me oyese Santi, cómo sentía que estaba Janín. Lo pregunté con miedo porque me extrañaba la intempestiva decisión de marcharse. Y al segundo me arrepentí de haberlo preguntado. Santi tenía razón, lo único que valía era encontrarlo.
—No tiene hambre, no tiene sed, te busca con la mirada y llora por el diente, pero a veces se ríe, a veces está contento. De momento, lleva una vida más o menos normal.
Respiré, sentí profundamente a mi hijo con su olor, con sus lágrimas, con dolores por los gases, por los dientes, y por el dolor en sí y jamás perdonaría los días de su vida que me estaban robando.
Santi salió de la cocina al jardín, aunque el jardín le desesperaba más que la cocina. La vida abierta, el aire puro, los árboles, las flores nos atormentaban más que cualquier agujero y que la oscuridad. Cuando salimos, estaba sentado en un escalón con la cabeza entre las rodillas; cualquier alegría o belleza del mundo le sobraban.
—Adiós —dijo Lucy con la mochila al hombro.
La miré hasta la saciedad sin saber por qué: un vestido arrugado de algo como la seda, quizá demasiado trasparente, unas sandalias y el pelo revuelto.
—¿Tienes dinero? —preguntó Santi sin sacar la cabeza de entre sus rodillas, cada vez más picudas.
—Tengo todo lo que necesito —dijo Lucy sentando cuáles eran los principios de su vida.
Nos quedamos más solos; el dolor de Lucy me reconfortaba, me hacía compañía, su irrefrenable llanto y su sentimiento de culpa llenaban un poco el inmenso vacío de mi corazón.
Me senté en el escalón junto a Santi, notaba el roce de su brazo. Este brazo había sujetado a Janín y aún conservaba algo de su calor y puede que de su olor. Agaché la cabeza y acerqué la cara al brazo buscando un rastro de olor de mi hijo. Santi me pasó la mano por la cabeza.
Mi familia no tenía ni la menor idea de lo que estábamos pasando. Por nada del mundo quería que viniesen y montaran la de Dios. Lo estropearían todo. Le pedí a Santi que no dijera nada. Solo nosotros podríamos conseguir algo, ni siquiera la policía podría luchar con esta gente.
—Pero ¿qué gente? —se exasperó Santi—. Tú y tu amigo estáis volviéndome loco.
—La gente que ha inventado la crueldad, el sadismo, las cámaras de gas, la gente que piensa que otra gente no es humana, sino animales como los cerdos o los conejos o las ratas.
—¿Estás hablando de esos viejos nazis que te obsesionan?
—Tienen seguidores jóvenes, y de todas las edades, quizá conozcas a alguno y no lo sepas. Muchos se esconden tras caras agradables, parecen personas decentes. Están por todas partes.
—¿Y qué les habéis hecho para que se ensañen con nuestro hijo?
Santi no podía comprender la magnitud de la situación ni de las pretensiones de la Hermandad hacia nosotros.
—Sencillamente les descubrimos. Es como descubrir un alfiler entre esas plantas —dije señalando los geranios y sin estar segura de que fuera una buena comparación —. Sabíamos quiénes eran y Julián los delató. Dejaron de ser invisibles, ¿comprendes?
Me escuchaba con el ceño fruncido sin comprender por qué yo había tenido que meterme en semejante gilipollez.
—Pues entonces que se entregue. No veo dónde está el problema.
—Sería así de fácil si solo le quisieran a él, pero pretenden que les entregue algo que él no tiene, y lo está buscando para dárselo a cambio de Janín.
Me miró incrédulo. Y según me miraba también yo sentí una enorme incredulidad sobre la posibilidad de encontrar a Janín.
—¿Crees que realmente la mujer-testigo vio a nuestro hijo? —dije para escapar de mis pensamientos.
—Puede ser. No es ninguna desocupada que tenga que inventarse historias para entretenerse, tiene mucho curro con el restaurante.
Santi hizo el amago de sacar el papel de liar, pero volvió a meterlo en el pantalón; no se merecía relajarse, no se merecía ningún placer, ninguna evasión mientras su hijo estuviera atrapado.
—Había una persona que hubiera podido ayudarnos, pero me han dicho que ha muerto. Si no fuera verdad, él encontraría a Janín.
Santi deshizo el entrecejo, necesitaba toda la amplitud de la frente para comprender que acabábamos de llegar al punto donde estaba esa otra persona que él siempre había sospechado, de la que siempre había recelado y de la que yo siempre había evitado hablarle.
—Se llamaba Alberto y pertenecía a la Hermandad, pero era distinto a ellos. Era sensible, era compasivo y me ayudó a escapar.
—No entiendo nada. ¿Para qué te quería esa gente? —dijo andando de un lado para otro y moviendo la cabeza con toda la negatividad del mundo.
—Es igual. Te lo contaré en otro momento, ahora me siento muy mal, estoy tan cansada…