Cuando llega la luz
Sandra
Lucy era una gran ayuda. Con ella en la casa Santi no podía dar rienda suelta a sus sentimientos por mí. Estaba envuelta en algo especial que no sé si Santi llegaba a captar. Con ella Janín era feliz. Lucy le frotaba las encías con la yema del dedo untada de una infusión hecha por ella y dejaba de llorar, se dormía en sus brazos mientras su vaporosa melena rubia le protegía la cabeza del sol. El solo hecho de que tratara con tanto cariño a mi hijo me obligaba a apreciarla. Y esperaba que esta relación prosperase y que Santi y ella vivieran juntos definitivamente o que se casaran, porque me tranquilizaba mucho pensar que cuando Janín estuviera con su padre la persona que tenía al lado también cuidaría de él y le querría.
Otra ventaja de Lucy era su infantilismo. Le encantaba jugar con Janín. Sabía acomodarse a su edad y empujar un camión sobre el césped del jardín sin aburrirse y reírse con ganas a coro con el niño cuando el camión volcaba. Me maravillaba su capacidad de retroceder en el tiempo hasta casi el útero materno. Por muy madre que yo fuese de Janín, me sentía incapaz de encontrar en mi interior a la niña que fui y ponerla a jugar con mi hijo. Me acomodaba a él a la fuerza y por poco tiempo, no podía resistir estar hablando en balbuceos, exagerando los gestos y las palabras. Decir ¡ohhhh! o exclamar ¡qué bieeen! para poder atravesar el fino cristal de los mundos que nos separaban. Me sentía como una mala actriz, que le hablaba forzadamente a un público con problemas de vista y de oído, y esperaba que Janín no se diese cuenta, porque para él todo era normal.
En cambio, a Lucy le salía natural, atravesaba el cristal como si fuese aire. Entendía lo que sentía Janín cuando lloraba o reía, si tenía calor o hambre. Ante sus gritos, desesperación y lágrimas, se volvía hacia él, lo miraba unos segundos y decía «Tiene gases, le duele la barriga». Su cuerpo de modelo se metía por un instante en el cuerpecillo desdentado y lleno de gases e incomprensibles dolores de mi hijo y sabía lo que le ocurría. Le duelen los dientes. Se aburre. Quiere llamar la atención. Quiere jugar. No quiere la papilla, ahora preferiría un zumo. Tiene sed. Tiene sueño. No tiene sueño y quiere jugar. Me fascinaba su empatía, su facilidad para ponerse en el lugar del otro. Y daba miedo. A veces me preguntaba si le ocurriría lo mismo con nosotros, con los que teníamos su edad, huesos grandes, pelo en el cuerpo y la cabeza con miles de millones de neuronas echadas a perder. De no haberse quedado su don anclado en la infancia posiblemente se habría dado cuenta de los sentimientos de Santi hacia mí y de los míos hacia alguien que no estaba en esta casa. Y sería cuestión de días que comprendiera que yo tenía puestos los cinco sentidos en algo que ocurría fuera de aquí, que andaba envuelta en un misterio, aventura o como ella lo llamara. Yo lo llamaba lucha o supervivencia o deber hacia Julián. Y eso sí que me parecía imposible que pudiera intuirlo.
En un primer vistazo, era una chica ingenua, rubia natural y de bote a partes iguales, como si no le bastara con su propio esplendor y debiera añadirle un poco más. Tenía la cara redonda y los ojos también redondos y azules, las piernas largas y delgadas como el resto del cuerpo en contraste con la cara. Estudiaba unas oposiciones de funcionaria que le permitían no hacer nada mientras no las aprobara, por lo que sacaba y metía los temas del bolso como las llaves o la cartera. Las oposiciones la protegían de alguna forma ante la temida pregunta de ¿qué haces? Ella no quería decir que prestaba partes de su cuerpo para anuncios de catálogos: las manos, el pelo, los ojos, las piernas. No le parecía serio, aunque ganase con esto más que Santi y yo juntos. Le ilusionaba que la gente pensara que se esforzaba mucho. A Santi le daba igual y al resto del mundo también.