Cuando llega la luz
Sandra
He oído tantas veces decir que la capacidad del ser humano para aguantar lo que le eche la vida es infinita. ¿Y qué pasa con los que se suicidan? No parece que todo el mundo tenga capacidad y aguante. La vida a veces es demasiado difícil e inhumana. La esperanza tampoco es fácil. Julián me contó que prisioneros que en el campo de concentración aguantaron las mayores penalidades, humillaciones y perrerías se quitaron la vida al salir y no soportar esa falta de esperanza que les habían arrancado dentro. Fuera del campo, en el mundo libre, ya no había otro sitio adónde ir ni donde les esperasen. El mundo puede ser un lugar muy negro. A Alberto lo habían matado y yo ahora ni siquiera podía recordarle, no tenía tiempo ni espacio dentro de mí.
Julián salió a comprarse una vespino de tercera mano. Le salía más barato que alquilar un coche, y yo en este asunto no podía ayudarle. Lucy se quedó en casa por si había alguna novedad o la policía necesitaba algún dato más. Mientras, Santi pegaba carteles y preguntaba por ahí. Yo regresé a casa de la desgreñada. Necesitaba urgentemente la respuesta de Martín.
Esta vez metí el coche hasta el fondo. Aparte de Thor, salieron otros dos perros que me dieron mala espina. No podía arriesgarme a que me hirieran y tener que estar en el hospital, así que permanecí dentro del coche tocando el claxon para que saliera alguien. La puerta, como siempre, estaba medio abierta, lo que no era de extrañar con esas fieras protegiéndola. Pero no salía nadie, la cortina de cuentas no se movía. No hacía viento esa mañana, más calurosa que el día anterior si cabe, más aplomada. El cuatro por cuatro, aparcado bajo un techo de brezo, tenía dos dedos de polvo y el espejo retrovisor brillaba como un cristal en la arena del desierto. No entendía por qué hasta ahora no había recibido una respuesta a mi propuesta. Era muy clara: Julián a cambio de mi hijo.
No podía consentir que la fiereza de los perros me disuadiera de insistir. Esperé un poco más. Grité por la ventanilla. Si la desgreñada estaba dentro con el revólver en el bolsillo de la bata iría irritándose cada vez más y no podría reprimir su cólera. Seguramente me pegaría un tiro, aunque esto no estaría bien visto por el resto de la Hermandad, que me querría viva.
Abrí la puerta del coche poco a poco, observando la reacción de los perros. Thor metió el hocico meneando el rabo. Aproximé la mano al morro, si intentaba morderme cerraría la puerta con fuerza. Le acaricié la cabeza y luego toda la cara. Me miró con sus inocentes ojos negros. Eres un sol, le dije solo a él mientras los otros clavaban las cuatro patas en el burdo cemento del patio y echaban espuma por la boca. Deseaban matarme. ¿Qué os he hecho yo?, grité. Miré fijamente a los ojos de Thor mientras abría más la puerta. Los otros perros intentaban meter la cabeza por donde podían. Parecía que hubiesen nacido odiándome. Saqué una pierna y noté diversos alientos y algo húmedo; no quise mirar, no quería separar mi vista de los ojos de Thor. Él me daba confianza y cierta valentía para sacar la otra pierna, y finalmente pude salir completamente y ponerme de pie.
Uno negro y marrón, un dóberman, me ladraba a la cara dispuesto a atacar hasta que Thor le enseñó literalmente los dientes. Se situó delante de mí, protegiéndome, y gruñó dispuesto a cualquier cosa, a luchar contra aquellos dos energúmenos adiestrados para matar. Daba la impresión de que Thor crecía por momentos, que tenía más pelo, más dientes y más grandes, y una mala hostia monumental. Los otros retrocedieron a una distancia prudencial de nosotros, la sombra de mi protector lamía sus patas. Estaba tan enfurecido que no me atreví a acariciarle de nuevo la cabeza hasta que la levantó hacia mí para mirarme. Gracias, le dije mientras daba unos pasos hacia la casa. Eres un perro muy bueno y noble, un auténtico caballero. Él iba a mi lado rozándome las piernas, me sentía segura. Las cuentas de la cortina se le deslizaron por el lomo llenándolo de colores; eran de plástico y al apartarlas hacían un ligero ruido, como las piedrecillas de un río al pisarlas. Penetramos en la fresca oscuridad del interior. Los otros perros se quedaron fuera resignados, dejaron de estar furiosos y de ladrar. Thor se tendió entre la entrada y la cocina, se merecía un poco de descanso.
El silencio era aplastante, no se apreciaban respiraciones aparte de la del perro. Anduve hacia adentro. La cocina estaba como la otra vez, con restos de pizza en su caja de cartón y botes de cerveza. Los toqué y no estaban fríos, por lo que deduje que se los habían tomado hacía rato. En cualquier otro momento el corazón me latiría a cien por hora, pero ahora no tenía corazón. Al fondo a la izquierda había una puerta gris que ocultaba un baño algo guarro con elementos masculinos y femeninos: maquinillas de afeitar desechables y cremas para la cara. No había gotas de agua en el lavabo ni en la ducha. Por una puerta se salía a un patio trasero en el que había bicicletas, chatarra y un níspero agonizante. A la derecha parecían estar las habitaciones. Una estaba cerrada y la otra la abrí con sumo cuidado, esperando encontrarme a alguien echando la siesta, quizá a Martín con un poco de suerte.
No hubo suerte. Tenía la cama hecha. Parecía de la desgreñada. De una silla colgaba la bata de flores con que me recibió la otra vez y en el suelo estaban las cangrejeras con que se sentía cómoda en la casa. Palpé la bata por si se hubiese dejado la pistola en el bolsillo y luego abrí un armario desvencijado que hizo ruido a madera vieja sin engrasar. Me quedé paralizada, escuchando. En una balda vi una manta doblada y pensé que la desgreñada no sería tan ingenua de guardar ahí la pistola.
Pues lo había sido.
Era la primera vez en mi vida que tenía un arma en la mano, sin la menor idea de cómo usarla. Busqué balas y las encontré en una caja de bombones. Cogí un puñado, no más. Me había dejado el bolso en el coche y no sabía dónde guardar todo aquello para no llevarlo en las manos, porque podría verme alguien o los perros podrían enfadarse si olían a pólvora. Lo único que pude hacer fue metérmela detrás del pantalón, como había visto tantas veces en las películas, entre la cinturilla y los riñones. Estaba fría, pero enseguida comenzó a tomar mi temperatura. Temía que se me escurriera hacia abajo o que se disparase. Las balas me sudaban en la mano.
Regresé rápidamente hacia la puerta recorriendo el pasillo y cruzando la cocina. Me tentó la idea de darle agua a Thor, pero no podía entretenerme; me imaginé que los perros tendrían algún bebedero, no parecía lógico que los dejasen morir de sed, los necesitaban. Mi guardaespaldas se levantó y se dispuso a acompañarme cansinamente. En la puerta los otros se levantaron con esas caras avinagradas con las que el pobre Thor tendría que convivir y que vérselas. Andábamos despacio para no alterar a las fieras y el trayecto hasta el coche se me hizo eterno. Una vez en el interior me saqué el arma y la dejé en el asiento. Debía salir de allí lo más rápido posible. Ahora sí que todos los perros me persiguieron ladrando. Tendría mucha suerte si no me cruzaba con la desgreñada. Si no me veía, no podría saber que yo le había quitado el arma, y afortunadamente los perros no podían hablar ni contarle nada. Esperaba haber pasado desapercibida para los vecinos, lo que con el calor que hacía era muy probable, aparte de lo bien resguardado que estaba ese escondrijo. Traté de aguardar lo menos posible en la intersección entre el camino de la casa y el que llevaba a la carretera, era probablemente el único lugar en que algún curioso podría ver el coche. No me gustaba nada la idea de que alguno le dijera a la desgreñada: he visto salir de tu casa un Ford Fiesta gris metalizado, dentro iba una chica morena. Probablemente se enfurecería y le trasladaría esta furia a Martín, y Martín a quien retuviese a mi pobre Janín.
No aprecié durante el camino de regreso a la casita que nadie me siguiese. En cualquier caso, la Hermandad sabía perfectamente dónde vivía y allí me dirigía. En un stop aproveché para guardar el arma y las balas en el bolso.
Cuando llegué, Lucy estaba hablando con uno de los dos policías nacionales de la vez anterior. No habían tenido suerte, nadie había visto nada y el tiempo corría. La única pista que podían seguir era muy endeble: un niño que lloraba mucho en una sillita Jané Muum empujada por un chico moreno y una mujer rubia por la calle Principal. Todos los niños se parecen, todas las sillitas se parecen, todas las parejas se parecen. Era como buscar una aguja en un pajar.
Le pregunté si yo podría hablar con la persona que les había aportado esa pista. Dudó, ya vería, ellos sabían cómo sonsacar información sin aportar detalles que luego el testigo creería haber visto. Yo podría confundirla, podría decir cosas que completaran la imagen que ella estaría ansiosa por completar en su mente. Era una mujer que en el momento del rapto o secuestro o pérdida estaba en la calle esperando a su marido y que, como no tenía otra cosa que hacer, se fijaba en la gente que pasaba y de paso en esta pareja. Al día siguiente, después de tropezarse con uno de los carteles que Santi estaba pegando desenfrenadamente por Dianium, recordó a la pareja y al niño y acudió a la comisaría.
—¿Esa mujer reparó en la ropa del niño?
—No lo recuerda. Dice que parecía que le dolía la boca. Ella ha tenido cuatro hijos. Es lo único que tenemos, o sea, muy poco, casi nada. ¿Por dónde no hay en esta playa padres jóvenes con bebés?
Estaba conteniéndome para no perder toda esperanza, para no derrumbarme. El policía con el uniforme representaba la realidad implacable. No quería que me mirase ni que mirara su cuaderno. Me desplomé en una silla de la cocina.
—Tranquilícese, hacemos todo posible, déjelo en nuestras manos. ¿De dónde viene ahora mismo?
Era una locura pensar que iba a tranquilizarme porque él me lo dijera, ¿cómo iba a dejarlo todo en sus manos? Ellos no sabían nada, no tenían ni la más remota idea de lo que estaba pasando, ¿cómo iban a saberlo?
—Disculpe. Me gustaría saber de dónde viene —insistió.
Si se lo dijera, ¿qué haría? No porque tuviese cara de niño, parecía bastante responsable, sino porque él se esperaría cualquier cosa menos lo que yo le contaría, tardaría mucho en reaccionar y quizá lo estropearía más aún. ¿Qué pensaría si volcara el contenido del bolso sobre la mesa y viese la pistola y las balas? Quizá sospecharía de mí.
—Vengo de dar una vuelta por ahí, por la playa, por el paseo Marítimo. No puedo estarme quieta.
—¿Por qué no ayuda a su marido a pegar carteles?
—Porque todos los niños se parecen, a no ser que tengan una marca muy característica. No creo que resulte.
—Pero habrá que intentarlo, ¿no? ¿O no cree que deba intentarse?
—Tiene un año. Dentro de nada empezará a andar sin ayuda. Están saliéndole los dientes y estoy deseando saber qué voz tiene al hablar. Estoy desesperada. Me gustaría hablar con esa mujer que cree que lo ha visto.
Sabía que él esperaba que llorase. No esperaba unos ojos secos y duros. No esperaba lo que él llamaría exagerada entereza y yo llamaba desesperado ánimo de lucha. Le desilusionó que la voz no me flaquease, oír la voz neutra de quien no puede permitirse salirse de un tono monótono para no enloquecer. Sabía muchas cosas que él no podría adivinar.
Lucy me trajo un vaso de agua y le ofreció otro al policía. Él rechazó el ofrecimiento como si fuera un vaso de whisky y yo me lo bebí de un trago, lo que tampoco se esperaba el policía, como si no querer morir deshidratada resultara sospechoso. Tenía la boca pastosa del polvo y la arena de la casa destartalada de la desgreñada.
—Otra cosa —dijo el policía—. ¿Dónde puedo encontrar al anciano amigo de la familia? —Miró el cuaderno—. Julián, si no recuerdo mal…
Debía pensar con rapidez. No podía darle el nombre de Tres Olivos y que se presentaran allí, alguien ataría cabos inmediatamente. Pero no podía detenerme mucho en pensar porque el policía me miraba sin pestañear.
—Está en unos apartamentos. —Me puse la mano en la frente—. No recuerdo el nombre. Es uno de esos nombres como Almendros o Adelfas. Le diré que le buscan en cuanto venga.
Cerró el cuaderno y salió.
Un caso raro, pensaría, y lo era. Desde que vine a Dianium la primera vez supe para siempre que todo en esta vida es raro aunque no nos lo parezca.