Cuando llega la luz
Julián
Lucy temblaba de frío. Llevaba el mismo vestido de flores con el que se marchó de la casita hacía ya mil años y ese día había refrescado. El pelo le caía sucio y deshilachado sobre los hombros. Las ojeras se le habían azulado sobre la piel exageradamente blanca. Parecía un fantasma.
—¿Lo has encontrado tú? —dije mientras corría detrás de Sandra por el pasillo. Me palpitaban las sienes.
—He tenido mucha suerte —dijo ella siguiendo mis pasos.
El niño dormía boca arriba, era un milagro ver su pecho subiendo y bajando, y abracé a Lucy por la necesidad de compartir esta emoción, justo antes de que Sandra se desmayara. Lucy trajo del baño una toalla mojada.
—Eres un ángel —le dije realmente convencido de ello.
Entre ella y yo llevamos a Sandra a la habitación principal y la tumbamos en la cama. Saqué de un armario una chaqueta azul marino con botones dorados de hombre y la puse encima del ligero vestido de Lucy. Me dio las gracias.
—Me marcho —dijo—. Ya no tengo nada que hacer aquí.
Mientras Sandra iba recuperándose de la emoción, hablé con Santi para decirle que había noticias nuevas y buenas, y que bajara a la casita. Le pedí que cogiera mi coche, aparcado bajo una cascada de madreselva en la calle de al lado.
—¿Desde cuándo tienes coche? —preguntó de pasada mientras subía las escaleras del sótano.
—Es largo de contar. Conduce despacio, no tengas prisa.
No le dije que su hijo había aparecido porque no quería que circulase como un loco y se diera un golpe.
En cuanto vio a Sandra supo que el niño estaba bien. Los dejé solos. Salí al jardín. Sentía los pies fríos. Desde que cumplí los ochenta siempre tenía los pies fríos y más delgados, por lo que todo el calzado me pesaba.
Di una vuelta entre las plantas sin pensar en nada, absolutamente en nada aunque parezca algo imposible, y respiré profundamente. Cuando las soluciones llegan uno se olvida enseguida de los problemas. Lo único que importaba es que el niño estaba vivo.
Por segunda vez en mi vida, después del nacimiento de Esther, sentí una completa paz. Vi más estrellas que nunca, me mareaba mirarlas. Al rato noté pisadas y una pequeña luz roja a mi lado. Luego una bocanada de humo. Santi suspiró aliviado y también levantó la cara hacia el firmamento.
—Ha llamado Martín. Sancho ha recobrado el conocimiento y le ha contado que alguien que podrías ser tú le hirió y le dejó tirado en la buhardilla.
Ni siquiera me volví hacia Santi.
—Hicisteis bien en salvarle la vida, así no tendréis ese peso sobre vuestra conciencia.
—¿Te alegra que ese tipo viva?, ¿qué sientes?
—Qué más da lo que yo sienta, ni siquiera a mí me interesa lo que siento.
Santi me cogió por los hombros. Iba en mangas de camisa.
—Vamos a llevar a Janín al hospital para que lo examinen y a la policía le diremos que alguien anónimo nos lo ha devuelto, que salimos a buscarlo y al regresar lo habían dejado en su cuna. En cualquier caso, seguirán sospechando de nosotros.
—Todo lo que no se entiende es sospechoso. Y lo que se entiende también acaba siendo sospechoso.